Testigo de cargo

Testigo de cargo

Testigo de cargo

Orson Welles le dijo una vez a Peter Bogdanovich: “Peter, la de director es la única profesión en todo el mundo en la que un hombre puede mantenerse alegremente durante cuarenta años sin que nadie descubra que es un incompetente. Dale un buen guión, un buen reparto y un buen montador –o sólo uno de esos elementos– y todo lo que el director tiene que decir es <<¡Acción!>> y <<¡Corten!>> y la película se hace sola… ¡Lo digo como lo siento, Peter! La dirección de películas es un refugio perfecto para el mediocre. Pero cuando un buen director hace una mala película, el mundo entero sabe quién es responsable.”[1] Podríamos pensar en Wilder, casi siempre acusado por la crítica seria de ser un director-guionista y confrontarlo a Welles, al que no se valoró nunca suficientemente su gran talento como guionista y sí el de creador visual, el de genio puro como cineasta. Hoy, en pleno siglo XXI, esas distinciones excluyentes entre el director preocupado por plasmar el guión, el director de actores o el director obsesionado por la puesta en escena, carecen de sentido. Transcurridos tantos años los cineastas que prevalecen sobre otros olvidados (injustamente o no, esa es otra cuestión) son los que dominan todas las facetas del arte cinematográfico, que comienzan en la escritura o reescritura del guión literario y del técnico, continúan en la puesta en escena y la dirección interpretativa durante el rodaje y prosiguen en el montaje y todo el proceso de postproducción. Wilder dominaba al milímetro todas estas facetas con un oficio y una visión personal al tiempo que profesional (el cine es un arte industrial, nos guste o no) que le hicieron único e inimitable.

Testigo de cargo, en tanto que thriller de intriga o whodunit (contracción en argot de who done it? ¿Quién lo ha hecho?), plantea estas y otras cuestiones, inscrito en la filmografía wilderiana. Veamos. ¿Wilder maestro de la comedia? Sí. ¿Wilder director de comedias? No tanto. No siempre. Muchos de sus grandes logros no son comedias (y algunas comedias en el fondo son dramas o dramas románticos revestidos del falso tamiz de la comedia, que por cierto es el más verdadero de los tamices). Recapitulemos: dramas bélicos o de ambiente bélico o carcelario (Cinco tumbas al Cairo, Berlín Occidente, Traidor en el infierno), dramas sobre el alcoholismo (Días sin huella), cine negro, puramente noir o incluso policial (Perdición, El crepúsculo de los dioses), biografías heroicas de aviación (El héroe solitario), dramas trágicos, casi tragedias ambientadas en el mundo periodístico (El gran carnaval), dramas de ambiente detectivesco teñidos de amargura (La vida privada de Sherlock Holmes), dramas mortuorios (Fedora)… Y la que nos ocupa, Testigo de cargo, obra teatral de, ni más ni menos, Agatha Christie, es decir, intriga, en este caso revestida de drama judicial. Once obras maestras en sus respectivos géneros, en la que ninguna es comedia. Lo cual desmiente la tesis de Wilder director de comedias o Wilder sucesor de Lubitsch con las que la crítica especializada nos viene machacando los sentidos, con la habitual retahíla de tópicos, lugares comunes e ideas recibidas.

Drama judicial decíamos; lo que constituye casi un extendido subgénero en el cine de Hollywood de cualquier época, al menos del cine sonoro (allí lo llaman courtroom dramas o legal thrillers). Si el cine judicial es un subgénero del drama, el whodunit es un subgénero del género policiaco, en consecuencia, un drama judicial con whodunit como éste tiene que ser, necesariamente, un híbrido genérico. Y Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, cuya traducción literal sería Testigo para el procesamiento) lo es. Cabe preguntarse no ya si Testigo de cargo necesita un whodunit (y lo hay porque es Agatha Christie la adaptada, y ella era la principal y mejor cultivadora del whodunit), sino si a Wilder realmente le interesaba el whodunit. Creemos que no. A Wilder le interesaban los personajes, sus motivaciones, sus verdades y sus mentiras, sus psicologías profundas, sus frustraciones, sus actos y, sobre todo, sus omisiones. Podemos pensar, como seguramente pensaría Wilder, que hay grandes películas judiciales sin whodunit, obras maestras clásicas posteriores a la que nos ocupa, como  Impulso criminal (Compulsion, 1959; Richard Fleischer), Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Morder, 1959; Otto Preminger) o Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962; Robert Mulligan); aunque también habrá quien nos refute esto indicando que existen otras películas célebres, courtroom dramas clásicos y contemporáneos, que sí contienen su whodunit, en las que, por supuesto, la identidad del culpable se sabe en el final. Claudius Seidl en su monografía sobre Wilder escribe: “Una de las mejores películas de Hitchcock –dirigida por Billy Wilder–. Un thriller, aparentemente, excepcional en la obra de Wilder.” (Cátedra, Madrid, 1994, 252) No podemos estar más en desacuerdo. Ni nos parece un thriller, ni, de haberla dirigido Hitchcock, se trataría de una de sus mejores películas. Básicamente porque Hitchcock odiaba el whodunit (él era un humanista, como Wilder, le interesaba la conducta humana, no la intriga detectivesca, que detestaba, por eso nunca adaptó a Agatha Christie; a Hitch le gustaban Simenon, Chesterton, Hoffmann, Poe, etc., escritores que nunca se preocuparon por el whodunit) y consideraba una de sus peores películas o la más fallida, precisamente, El proceso Paradine (The Paradine Case, 1947), junto a Pánico en la escena (Stage Fright, 1950), que también transcurre parcialmente en una sala judicial y en donde también aparece Marlene Dietrich. Además, a Hitchcock no le gustaba Charles Laughton (“Nunca trabajes con animales, ni con niños…, ni con Charles Laughton”, dijo una vez) por lo que es probable que no le gustase Testigo de cargo. Ni a Wilder la Christie.

El argumento, pese a sus numerosos giros y subtramas, es bastante elemental: el joven caballero Leonard Vole (Tyrone Power, en la cima de su fama) es acusado de asesinato y contrata al abogado Sir Wilfrid Robarts (Charles Laughton, en uno de sus mejores papeles, y hubo muchos) para que le lleve el caso. Pese a su reputación y a que parece un caso perdido, Robarts acepta el caso, pues no entiende como un joven honorable como Vole puede ser acusado de un crimen tan atroz (asesinar a una rica viuda, ni más ni menos, otro topicazo), cuando parece incapaz de hacer nada malo a nadie. Hasta que Robarts conoce a la esposa de Vole, Christine (Marlene Dietrich, que está sensacional), de mayor edad que él y que sí parece capaz de matar o aplastar a cualquiera que se oponga a sus designios. Lo más sorprendente para el orondo, viejo y enfermo abogado, no es la fuerza magnética de Christine, ni que sea de mayor edad que Leonard, sino que ¡se niega a testificar a favor de su marido! ¿Qué motivos oculta?  ¿Qué deseos anhela? La curiosidad es lo que mueve a los hombres y Sir Wilfrid Robarts, no podía ser de otro modo, es un curioso por naturaleza, hasta la médula. Y se descubrirá la realidad: Christine es la asesina, y aunque Sir Wilfrid Robarts la admira profundamente, no podrá amarla, ni salvarla.

Pero el cine de Wilder no hay que valorarlo por su argumento, ¡abajo los argumentos! ¡el cine no es literatura!, sino por su dirección de actores, por la resolución de las situaciones creadas, por la puesta en escena escrutando ese espacio escénico magníficamente creado por Trauner (reproduce de manera exacta, dicen, la sala judicial londinense real), por su brillantez expositiva, por sus inolvidables secuencias y sus planos portentosos, recordemos, por ejemplo, la secuencia del ascensor con Charles Laughton sonriente, el plano del monóculo, el de Marlene Dietrich probándose un sombrero, los cruces de miradas entre Tyrone Power y la Dietrich, etcétera.

Sin embargo, la película no tuvo el prestigio crítico que merecía, según decía Miguel Marías en ¡Qué grande es el cine!, por dos aspectos esenciales, el primero es no parecer una película de Billy Wilder (ya hemos dicho que no es una comedia), y el segundo es su punto argumental, la obra de Agatha Christie, una autora muy popular, sí, pero de bajo nivel literario y despreciada por la haute culture (en este caso, y sin que sirva de precedente, con todas las razones).

Además, no era una película de autor (en 1957 estaba comenzando el auge de la politique des auteurs, que tanto estragos ha hecho entre la crítica de cine) y sí de actor, de Laughton, más que de Billy Wilder, algo que los puristas no podían, no querían tolerar. Pero lo cierto es que si la película se puede ver hoy con agrado varias veces, sin que canse, es por la interpretación de Laughton, sobre el que recae casi todo el peso dramático de la obra. Un portento. Es una gozada ver las secuencias con su enfermera Miss Plimsoll, no sólo por la hilaridad, pues ella quiere que lleve una vida sana y él lo evita, sino porque el personaje lo encarna la gran actriz Elsa Lanchester, esposa de Laughton en la vida real, lo que no deja de ser una ironía wilderiana, pues de todos es sabido que el actor era homosexual, aunque nunca se divorció, porque se llevaba a las mil maravillas con su mujer, la Manchester, como dos viejos amigos, lo cual no deja de ser aún más wilderiano que la película en sí.


Título original: Witness for the Prosecution. Producción: Arthur Hornblow Jr., Edward Small. Dirección: Billy Wilder. Guión: Billy Wilder, Harry Kurnitz y Larry Marcus, a partir de la obra teatral de Agatha Christie. Fotografía: Russell Harlan (blanco y negro). Música: Matty Malneck. Montaje: Daniel Mandell. Dirección artística: Alexandre Trauner. Intérpretes: Tyrone Power, Marlene Dietrich, Charles Laughton, Elsa Lanchester, John Williams, Henry Daniell. Duración: 116 min.

 

 

[1] WELLES, O, BOGDANOVICH, P. Ciudadano Welles, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1995, p. 182.

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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