Cien poetas en mi vida

Cien poetas en mi vida

Cien poetas en mi vida

Madrid y Galicia, primavera de 2025, por Diego Moldes.

Incluyo aquí 100 poetas de mi memoria lectora durante más de 40 años, autores que escribieron la mayoría de los poemas que han marcado mi vida, desde la niñez y la adolescencia hasta la vida adulta. (Muchos de esos versos están recogidos en http://amediavoz.com/)

En mi  adolescencia, los que más me habían marcado de este centenar fueron Miguel Hernández, Lorca, Rubén Darío, Celso Emilio Ferreiro, Cernuda, Pedro Salinas, Rosalía de Castro, Pessoa, Espronceda, Poe, Whitman, Aleixandre, Vallejo, Huidobro, Tagore, Dylan Thomas y Neruda, y, en las dos o tres últimas décadas, Cavafis, Borges, Cirlot, Jodorowsky y su amigo Adonis…, Vilariño, Pizarnik, Valente, Gil de Biedma, de Cuenca, Wallace Stevens, William Carlos Williams, García Montero y, muy especialmente, el mexicano José Carlos Becerra. También fue un descubrimiento fulgurante, en la FIL de Guadalajara, México, la originalísima poeta Rocío Cerón.

Hay algunos, de los siglos XIV al XIX, que leí en su día y no me atrevo a volver a leer, porque es posible que lo que entonces me deslumbró hoy ya no entusiasme tanto, o no me entusiasme de ningún modo. Por ejemplo, Leopardi o Camões, que leí a los catorce o quince años y  que, ahora, al releerlos, no me causan ninguna emoción. Sin negarles, por supuesto, su importancia absoluta en la historia de la poesía italiana y portuguesa. Supongo que cada lectura tiene una edad y una memoria determinadas…

He seleccionado cien por convencionalismo, podrían ser doscientos o más. Seguro que coincidimos en muchos de ellos querido lector o lectora. Si es así me encantaría saber cuáles y que lo compartas conmigo y con los lectores de estas líneas.

Incluyo tras la lista algunos poemas esenciales que me han emocionado  o impactado más. El primero de ellos, fue lo primero que recuerdo haber leído, un poema de Lorca que mi madre me leía cuando yo tenía apenas cinco años y estaba aprendiendo a leer cursando prescolar.

EL LAGARTO ESTÁ LLORANDO

A MADEMOISELLE TERESITA GUILLÉN
TOCANDO SU PIANO DE SEIS NOTAS

El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer
su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran,
¡ay! ¡ay! cómo están llorando!

 

A esa misma edad recuerdo… Mi padre tenía en su despacho un póster de Miguel Hernández que reproducía el dibujo que Antonio Buero Vallejo le hizo en la cárcel. En la parte inferior del poster, a los lados, había unas estrofas del gran poeta del pueblo. Es por este motivo que las primeras frases que leí eran versos de Lorca y de Miguel Hernández.

Lo primero que memoricé en mi vida fue esta estrofa, de El niño yuntero (1937).

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Después comencé a memorizar poemas como la extensa Sonatina, de Ruben Darío:

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave de oro;
y en un vaso olvidado se desmaya una flor.

 

Memoricé entera, con ocho o nueve años, La canción del pirata, de Espronceda, Longa noite de pedra («Larga noche de piedra»), publicada por Celso Emilio Ferreiro en 1962, o, gracias a mi profesora Maite, el Romance del prisionero, anónimo:

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
dele Dios mal galardón.

 

Pero volvamos sobre los cien poetas. Los ordeno en orden cronológico.

  1. Dante Alighieri (1265-1321)

  2. Francesco Petrarca (1304-1374)

  3. Jorge Manrique (c.1440-1479)

  4. Garcilaso de la Vega (c.1491-1536)

  5. Luís de Camões (1524-1580)

  6. Fray Luis de León (c.1527-1591)

  7. San Juan de la Cruz (1542-1591)

  8. Luis de Góngora (1561-1627)

  9. Lope de Vega (1562-1635)

  10. Francisco de Quevedo (1580-1645)

  11. Sor Juana de la Cruz (1597-1675)

  12. John Milton (1608-1674)

  13. William Blake (1757-1827)

  14. Lord Byron (1788-1824)

  15. John Keats (1795-1821)

  16. Giacomo Leopardi (1798-1837)

  17. José de Espronceda (1808-1842)

  18. Edgar Allan Poe (1809-1849)

  19. Walt Whitman (1819-1892)

  20. Charles Baudelaire (1821-1867)

  21. Cyprian Kamil Norwid (1821-1883)

  22. Eduardo Pondal (1835-1917)

  23. Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)

  24. Rosalía de Castro (1837-1885)

  25. Lautréamont (1846-1870)

  26. Arthur Rimbaud (1854-1891)

  27. Rabindranath Tagore (1861-1941)

  28. Constantinos Cavafis (1863-1933)

  29. Rubén Darío (1867-1916)

  30. Antonio Machado (1875-1939)

  31. Rainer Maria Rilke (1875-1926)

  32. Wallace Stevens (1879-1955)

  33. Guillaume Apollinaire (1880-1918)

  34. Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

  35. William Carlos Williams (1883-1963)

  36. Umberto Saba (1883-1957)

  37. Itsjok Katzenelson (1886-1944)

  38. S. Eliot (1888-1965)

  39. Fernando Pessoa (1888-1935)

  40. Ramón López Velarde (1888-1921)

  41. Jean Cocteau (1889-1963)

  42. Ósip Mandelshtam (1891-1938)

  43. Pedro Salinas (1891-1951)

  44. César Vallejo (1892-1936)

  45. Vicente Huidobro (1893-1948)

  46. Aldous Huxley (1894-1963)

  47. León de Greiff (1895-1976)

  48. Gerardo Diego (1896-1987)

  49. Carlos Pellicer (1897-1977)

  50. Vicente Aleixandre (1898-1984)

  51. Federico García Lorca (1898-1936)

  52. Anna Ajmátova (1899-1966)

  53. Jorge Luis Borges (1899-1986)

  54. Itzik Manger (1901-1969)

  55. Luis Cernuda (1902-1963)

  56. Nicolás Guillén (1902-1989)

  57. Rafael Alberti (1902-1999)

  58. Silvina Ocampo (1903-1994)

  59. Pablo Neruda (1904-1963)

  60. Miguel Torga (1907-1995)

  61. Cesare Pavese (1908-1950)

  62. Miguel Hernández (1910-1942)

  63. Czesław Miłosz (1911-2004)

  64. Álvaro Cunqueiro (1911-1981)

  65. Celso Emilio Ferreiro (1912-1979)

  66. Edmond Jabès (1912-1991)

  67. Octavio Paz (1914-1998)

  68. Dylan Thomas (1914-1953)

  69. Nicanor Parra (1914-2018)

  70. Juan Eduardo Cirlot (1916-1973)

  71. Gloria Fuertes (1917-1998)

  72. Lawrence Ferlinghetti (1919-2021)

  73. Idea Vilariño (1920-2009)

  74. Paul Celan (1920-1970)

  75. Pier Paolo Pasolini (1922-1975)

  76. José Hierro (1922-2002)

  77. Wisława Szymborska (1923-1996)

  78. Ángel González (1925-2008)

  79. Ingebord Bachman (1926-1973)

  80. José Manuel Caballero Bonald (1926-2021)

  81. Alejandro Jodorowsky (1929)

  82. José Ángel Valente (1929-2000)

  83. Enrique Lihn (1929-1988)

  84. Jaime Gil de Biedma (1929-1990)

  85. Adonis (Ali Ahmad Said Esbe) (1930)

  86. Antonio Gamoneda (1931)

  87. Alejandra Pizarnik (1936-1972)

  88. José Carlos Becerra (1936-1970)

  89. Joseph Brodsky (1940-1996)

  90. Homero Aridjis (1940)

  91. Juan Luis Panero (1942-2013)

  92. Pere Gimferrer (1945)

  93. Leopoldo María Panero (1948-2014)

  94. Luis Alberto de Cuenca (1950)

  95. César Antonio Molina (1952)

  96. Mircea Cărtărescu (1956)

  97. Luis García Montero (1958)

  98. Spencer Reece (1963)

  99. Rocío Cerón (1972)

  100. Carlos Aguasaco (1975)

 

 

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ALGUNOS POEMAS ESENCIALES

 

Miguel Hernández (1910-1942)

Canción del esposo soldado

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hasta mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos,
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

De «Viento del pueblo» 1936 1937

 

José Carlos Becerra (1936-1970)

Blues

No era necesaria una nueva acometida de la soledad
para que lo supiera.
Navegaba la mar por un rumbo desconocido para mis manos.
Donde el amor moró y tuvo reino
queda ya sólo un muro que avasalla la hierba.
Queda una hoja de papel no en blanco
donde está anocheciendo.
Donde goteaba luceros una noche
sobre unos hombros limpios como verdad mostrada,
sólo queda una brisa sin destino.
Donde una mujer fundara un beso,
sólo árboles postrados al invierno.

Y no era necesario decirlo.
El corazón sin que sea una lágrima
puede sombrear las mejillas.

La ventana da a la tristeza.
Apoyo los codos en el pasado y, sin mirar, tu ausencia
me penetra en el pecho para lamer mi corazón.

El aire es una mano que está hojeando mi frente.
Mi frente donde la luna es una inscripción,
una voz esculpiendo su olvido.

Como humo la luna se levanta
de entre las ruinas del atardecer.
Es muy temprano en ese azul sin rostro.
No era necesario enturbiar la soledad
con el polvo de un beso disuelto.
No era necesario
memorizar la noche en una lágrima.

Labios sobrecogidos de olvido,
pulsaciones de un oleaje de mar ya retirándose,
ruido de nobes que el otoño piensa.

Hay lápices en forma de tiempo, vasos de agua
donde el anochecer flota en silencio.
Hay una rama de árbol como un brazo esculpido
por algún abandono.

Hay miradas y cartas donde la noche
puso en marcha al vacío,
a las frentes que extinguen su remoto color
sobre letras que enlazan señas de viaje.

Aquí está la tarde.
Puede enrolarse en ella quien esté enamorado.
Aquí está la tarde para designar una ausencia.

Suena en mi pecho el mundo
como un árbol ganado por el viento.

No era necesaria la tarde, tampoco este cigarro cuyo humo
puede ser otra mano evaporándose.

Invernará la noche en mi pecho.
No era necesario saberlo.
No tiene importancia.
Espero una carta todavía no escrita
donde el olvido me nombre su heredero.

 

Luis Alberto de Cuenca

La malcasada

Me dices que Juan Luis no te comprende,
que sólo piensa en sus computadoras
y que no te hace caso por las noches.
Me dices que tus hijos no te sirven,
que sólo dan problemas, que se aburren
de todo y que estás harta de aguantarlos.
Me dices que tus padres están viejos,
que se han vuelto tacaños y egoístas
y ya no eres su reina como antes.
Me dices que has cumplido los cuarenta
y que no es fácil empezar de nuevo,
que los únicos hombres con que tratas
son colegas de Juan en IBM
y no te gustan los ejecutivos.
Y yo, qué es lo que pinto en esta historia?
Qué quieres que haga yo? Que mate a alguien?
Que de un golpe de estado libertario?
Te quise como un loco. No lo niego.
Pero eso fue hace mucho, cuando el mundo
era una reluciente madrugada
que no quisiste compartir conmigo.
La nostalgia es un burdo pasatiempo.
Vuelve a ser la que fuiste. Ve a un gimnasio,
píntate más, alisa tus arrugas
y ponte ropa sexy, no seas tonta,
que a lo mejor Juan Luis vuelve a mimarte,
y tus hijos se van a un campamento,
y tus padres se mueren.

 

Luis García Montero

¿Quién eres tú?

Se deshizo la luz,
equivocó su horario por dejarte desnuda,
desdibujó tus ojos mientras me sonreías.

Mientras me sonreías
vi una sombra inclinada desvestirse,
abrir la cremallera despacio del silencio,
dejar sobre la alfombra
la civilización.

Y tu cuerpo se hizo dorado y transitable,
feliz como un presagio que nos enfurecía.

Que nos enfurecía.
Solamente nosotros
(camaradas
de una cama ruidosa) y el deseo,
ese difícil viaje de ida y vuelta,
que ahora insiste y me empuja a recordarte

alegre, levantada,
un relámpago abierto entre los ojos,
recogiendo tu falda de joven colegial.

Mientras me sonreías,
yo me quedé dormido
en las manos de un sueño que no puedo contarte.

 

Jaime Gil de Biedma

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.
Como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos.
Envejecer, morir, era tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Dante Alighieri (1265-1321)

Canto I° de la Divina Comedia

 

(Fragmento)

Del camino a mitad de nuestra vida

encontréme por una selva oscura,

que de derecha senda era perdida.

¡Y cuánto en el decir es cosa dura

esta selva salvaje, áspera y fuerte,

que en el pensar renueva la pavura!

Tanto es amarga que es poco más muerte:

más, para hablar del bien que allí encontrara

diré otras cosas de que fui vidente.

Yo no se bien decir cómo allí entrara;

tan lleno era de sueño en aquel punto

que el derecho camino abandonara.

Mas luego, al ser al pie de un monte junto

en donde daba término aquel valle

que aflicto en miedo el corazón me tuvo,

miré a lo alto, y vi que era en su talle

vestido ya de rayos del planeta

que nos guía derecho en cualquier calle.

Fue entonces la pavura un poco quieta,

que en el lago del pecho aún me duraba

la noche, que pasara tanto inquieta.

Y como aquel que con cansadas ansias,

salido ya del piélago a la riba,

se vuelve a ver las peligrosas aguas,

así el ánima mía, aún fugitiva,

se volvió atrás a remirar el paso

que no dejó jamás persona viva.

Cuando di algún reposo al cuerpo laso

aquella proseguí playa desierta,

tal que el pie firme siempre era el más bajo.

Y he aquí, casi al comenzar la cuesta

una onza ligera y presta pronto,

que de pie maculada era cubierta:

y no se me apartaba de ante el rostro,

así tanto impedía mi camino

que muchas veces intenté el retorno.

Tiempo era el principio matutino,

y remontaba el sol con las estrellas

que eran con él, cuando el amor divino

movió al principio aquellas cosas bellas;

tal que de esperar bien me dio ocasión,

de la fiera de piel pintada aquella,

la hora del tiempo y dulce la estación:

mas no sin que temor no me infundiese

la aparecida vista de un león.

Este semblaba contra mi viniese

con la testa alta y apetito fiero,

que el aire parecía le temiese;

mas una loba, que de todo anhelo

parecía cargada en su magrura,

y vivir mucha gente hizo con duelo,

esta causome turbación tan dura

con el temor, nacido de su vista,

que perdí la esperanza de la altura.

Y como aquel, que con placer aquista,

y llega el tiempo que perder le haga,

que en todo su pensar llora y se atrista,

tal me hiciera la fiera de paz falta,

que, viniendo a mi encuentro, poco a poco,

me rechazaba allí donde el sol falla.

Mientras retrocedía al lugar hondo

ante mi vista se hizo descubierto

quien mudo pareció en lo silencioso.

Cuando yo le miré en el gran desierto,

«Apiádate de mi -le grité al mismo-,

quienquiera seas, sombra u hombre cierto.»

Respondiome: «Hombre no; hombre ya he sido,

los que diéronme el ser fueron lombardos,

y ambos por patria a Mantua la han tenido.

Nací sub Julio, bien que un poco tardo

y viví en Roma, bajo el buen Augusto,

en tiempos de engañosos dioses falsos.

Poeta he sido, y yo canté del justo

hijo de Anquises, que volvió de Troya

después que fuese el soberbio Ilión combusto.

Mas, ¿por qué a tanta pena tu retornas?

¿por qué no vas al deleitoso monte

que es principio y razón de dicha toda?»

«¿Eres tu aquel Virgilio, aquella fuente

que tan gran río en el hablar difunde?

-le respondí con vergonzosa frente-.

¡Oh, de los otros poetas honra y lumbre!

válgame el largo estudio y grande amor,

que a mí buscar me han hecho tu volumen.

Eres tu mi maestro, eres mi autor:

eres tu solo aquel, de quien yo hurto

el bello estilo, que me ha dado honor.

Mira la bestia por la cual yo huyo:

de ella, famoso sabio, has de ayudarme,

que me hace estremecer venas y pulso.»

Te conviene seguir distinto viaje,

-dijo, después de ver que yo lloraba-,

si quieres huir de este lugar salvaje:

porque esta bestia, por la qual tu clamas,

no deja que otro pase por su vía,

mas tanto se lo impide que lo mata;

y es su natura tan malvada e impía

que su rabiosa gana nunca llena,

y ha más hambre al comer que antes tenía.

Con muchos animales se empareja,

y aún serán muchos más, hasta que el Veltro

vendrá, y hará que con dolor se muera.

Este no comerá tierra ni peltro,

pero si amor, virtud, sabiduría,

y su patria estará entre Feltro y Feltro;

será salud de aquella humilde Italia,

por quien murió la virginal Camila,

Euríalo y Turno y Niso en la batalla.

Este la cazara por cada villa,

hasta arrojarla dentro del infierno,

del que al principio la sacó la envidia.

Mas ahora por tu bien pienso y discierno

que tu me sigas, yo seré tu guía:

te sacaré de aquí a un lugar eterno,

donde oirás espantosa gritería:

verás viejos espíritus en duelo,

que todos la segunda muerte ansían;

luego aquellos verás, que están contentos

en fuego, porque esperan la llegada

entre los alabados, a su tiempo:

a los cuales, si tu ascender desearas,

otra alma te quiara que yo más digna,

te dejaré con ella cuando parta:

que aquel Emperador, que reina arriba,

porque yo con su ley rebelde me hice,

no quiere a su cuidad por mi la ida.

En toda parte impera y allí rige,

allí está su ciudad y su alto asiento:

¡dichoso aquel, que al lado suyo elige!»

Yo le dije: «Poeta, te requiero

por ese Dios que tu no conociste,

para huir de este mal o más adverso,

que me lleves allá donde dijiste,

tal que yo vea la puerta de San Pedro

y aquellos que tu dices ser tan tristes.»

Anduvo entonces, y seguí postrero.

 

Versión de: Carlos López Narváez

 

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Francesco Petrarca (1304-1374)

 

Soneto a Laura

Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,

y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;

y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;

y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

 

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,

ni me retiene ni me suelta el lazo;

y no me mata Amor ni me deshierra,

ni me quiere ni quita mi embarazo.

 

Veo sin ojos y sin lengua grito;

y pido ayuda y parecer anhelo;

a otros amo y por mí me siento odiado.

 

Llorando grito y el dolor transito;

muerte y vida me dan igual desvelo;

por vos estoy, Señora, en este estado.

 

Versión de Jorge A. Piris

 

 

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Jorge Manrique (c.1440-1479)

 

Coplas a la muerte de su padre

 

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el plazer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parescer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

 

Y pues vemos lo presente

cómo en un punto se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido

por pasado.

No se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera,

más que duró lo que vio

porque todo ha de pasar

por tal manera.

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros, medianos

y más chicos,

allegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

 

 

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Garcilaso de la Vega (c.1491-1536)

 

 

Soneto XXIII- En tanto que de rosa y azucena…

 

En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

con clara luz la tempestad serena;

 

y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto

por el hermoso cuello blanco enhiesto

el viento mueve, esparce y desordena;

 

coged de vuestra alegre Primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.

 

Marchitará la rosa el viento helado;

todo lo mudará la edad ligera,

por no hacer mudanza en su costumbre.

 

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Luís de Camões (1524-1580)

 

Al ver vuestra belleza, oh amor mío …

 

Al ver vuestra belleza, oh amor mío,

de mis ojos dulcísimo sustento,

tan elevado está mi pensamiento

que conozco ya el cielo en vuestro brío.

 

Y tanto de la tierra me desvío

que nada estimo en vuestro acatamiento,

y absorto al contemplar vuestro portento

enmudezco, mi bien, y desvarío.

 

Mirándonos, Señora, me confundo,

pues todo el que contempla vuestro hechizo

decir no puede vuestras gracias bellas.

 

Porque hermosura tanta en vos ve el mundo

que no le asombra el ver que quien os hizo

es el autor del cielo y las estrellas.

 

Versión de Alejandro Araoz Fraser.

 

 

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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