
20 Mar Supervixens
Título original: Supervixens
Producción: Russ Meyer para RM Films International y September 19 (EE.UU., 1975).
Guión y dirección: Russ Meyer.
Fotografía: Russ Meyer. (Color)
Música: William Loose.
Montaje: Russ Meyer.
Dirección artística: Michael Levesque.
Intérpretes: Shari Eubank (SuperAngel / SuperVixen), Charles Napier (Harry Sledge), Uschi Digar (Super Soul), Charles Pitts (Clint Ramsey), Henry Rowland (Martin Bormann), Colleen Brenann (SuperCherry, acreditada como Sharon Kelly), Deborah McGuire (SuperEula), Haji (SuperHaji).
Duración: 106 min.
Clint Ramsey (Charles Pitts) trabaja en una pequeña gasolinera de pueblo, en el desierto de Arizona, en donde es seducido por algunas mujeres de grandes pechos. Su voluptuosa esposa, apodada SuperAngel o SuperVixen (Shari Eubank) es celosa y ninfómana, y discute con él con frecuencia. Tras un encuentro nocturno, SuperAngel es asesinada por el policía Harry Sledge (Charles Napier). A partir de entonces se establecerá una lucha entre Clint y Harry, en la que aparecerán otras mujeres de busto prominente, entre ellas la granjera alemana Super Soul (Uschi Digar) que mantendrá un breve interludio sexual con Clint. Dichos interludios eróticos darán paso a un final violento, sádico y sorprendente.
El cine de desnudos (no necesariamente cine erótico) tiene su primera producción no marginal en 1959 con The Inmortal Mr. Teas, una comedia underground dirigida por un director novel llamado Russ Meyer (1922-2004) que había sido operador de noticiarios bélicos y luego, en la posguerra, fotógrafo de la revista Playboy. Su éxito en taquilla fue tal que se inauguró un nuevo subgénero, los nudies, que hicieron furor en la década de 1960, la de la liberación sexual. El nudie es un género cinematográfico en el que se muestran desnudos pero se excluye el acto sexual. Russ Meyer fue su mejor y más célebre representante, en especial en películas en donde la violencia y el sentido del humor convivían con fluidez con el erotismo más desaforado, creando un subgénero híbrido llamado sexploitation, en donde sexo y acción se dan la mano. Meyer logra sus mejores películas, paradójicamente, en aquellas cintas eróticas de acción de bajo presupuesto que no son nudies, es decir no hay desnudos, sino road movies filmadas en blanco y negro en las que sí aparecen mujeres (vestidas) con amplios escotes que dejan entrever grandes senos: Motorpsycho [1965], obra con matones moteros que se adelanta a Easy Rider, o la magistral Faster, Pussycat! Kill! Kill! [1965], acaso su mejor film (un entusiasta John Waters escribió hiperbólicamente en Shock Values: “la mejor película jamás filmada”). Pronto entiende Meyer que el cine con desnudos le reportará dinero, fama y poder seguir rodando, y en seguida filma la taquillera Vixen! (1968), en donde el adulterio se hace explícito, o la grotesca Cherry, Harry & Rachel [1970], junto a otras menores como Beyond the valley of the Dolls [1967]. En la década de 1970 el cine de Meyer evolucionó hacia el soft core, en España llamado “porno blando” –en el que sí hay actos sexuales pero simulados, a diferencia del cine porno que filma coitos reales– y sus películas se vuelven aún más transgresoras sexualmente y más violentas si cabe, con Supervixens (1975), Up! (Megavixens, 1976), cuyo argumento es de lo más estrafalario, o la que es sexualmente su obra más atrevida: Beneath the Valley of the Ultra-Vixens (Más allá del valle de las ultravixens, 1979), como grandes exponentes de esos años.
Lo primero que llama la atención al ver una película de Russ Meyer, del que Supervixens es uno de sus ejemplos más paradigmáticos, es lo que se llamó big breast fixation, es decir su fijación por los grandes pechos. En efecto, su arquetipo físico de mujer es siempre el de una fémina de busto muy desarrollado (al modo de Anita Ekberg o Sophia Loren), que emplea más como modelo erótico que como actriz en sentido estricto. En Supervixens esas mujeres-modelo arquetípicas son Shari Eubank (que encarna a SuperVixen y que en la vida real era…maestra de escuela), Uschi Digar, Colleen o Haji, que se unen a una pléyade de iconos eróticos de la época completado con otras no menos célebres: Kitten Natividad, Erica Gavin, Lorna Maitland, Tura Satana… Todas descubrimientos del llamado “King of the Nudies”. Pero no debemos ver en Russ Meyer a un simple erotómano metido a realizador, su cine tiene un obsesivo universo propio, como se refleja en Supervixens, en el que la lucha de sexos, los celos, la pulsión de venganza y el desenfreno desemboca en una alocada carrera hacia la… nada. Un mensaje tan nihilista como el de Peckinpah (salvando las distancias), en un género bien diferente.
Como en casi todas sus películas, y demostrando su estrafalario dominio del medio cinematográfico, Meyer asume casi todas las facetas importantes del film, dirección, producción, escritura del guión, fotografía y el montaje final: quizá uno de los puntos débiles, al tiempo que deviene en seña de identidad, es el montaje ideológico y por correspondencias que emplea con machaconería sistemática, algo que ha envejecido mal. Un autor en toda regla. Su cine y en concreto Supervixens podrá gustar o desagradar, pero además de no dejar indiferente a nadie, es un muy personal y no se parece a ningún otro cineasta anterior ni posterior. Las escenas de Supervixens rozan el paroxismo surrealista y la hilaridad más sexista, con persecuciones por el desierto que parecen inspiradas por los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos…, una mujer violando a una montaña mediante movimientos pélvicos (motivo alegórico que ya había empleado en Cherry, Harry & Rachel) , miembros viriles de goma de proporciones asombrosas, flirteos imposibles y prolongados, pechos descomunales abofeteando a hombres que no están a la altura, una secuencia de asesinato en un baño de aire gore que preludia el hachazo de El resplandor de Kubrick, una chica de raza negra que se broncea al sol desnuda en medio del desierto (colmo del absurdo), celos, cuernos, policías asesinos, etcétera, todo un cóctel visionario, sazonado de un humor grotesco, a veces rayando lo zafio, pero que, sin duda, hacen de Supervixens una de las cimas del cine erótico-festivo norteamericano. Lanzada con el slogan Too much… for one movie! (“¡Demasiado… para una sola película!”), fue el mayor éxito comercial de su carrera, aunque dicha frase publicitaria encierre, con extraña precisión, la paradoja de que sus mayores virtudes sean, a su vez, sus mayores defectos: el exceso, la falta de medida, el montaje agresivo y el abuso del inserto, como si quisiese incluir demasiados elementos en una sola película.
Russ Meyer es quizá el único cineasta erótico de Hollywood que ha adquirido el estatus de autor de prestigio tanto en Norteamérica como en Europa. Con los años transcurridos su áurea mítica se ha acrecentado, hasta el punto de ser un reflejo de la sociedad y la subcultura estadounidense de los años sesenta y setenta. Apreciado por intelectuales, por espectadores normales y por fans del género erótico, ha sido objeto de ciclos monográficos en importantes filmotecas europeas. En Historia del cine Americano 3 (Laertes, Barcelona, 1993), el desaparecido crítico José Luis Guarner, dedica un par de páginas a Russ Meyer en su capítulo “La liberación sexual llega a Hollywood”, equiparándolo a autores de prestigio artístico como Andy Warhol o John Huston, y describiéndolo como “erotómano pero no pornógrafo y ferviente admirador de los bustos hiperdesarrollados”. Lo cierto es que su cine es el reflejo de una sociedad que se abría a la sexualidad sin tapujos, en el que las mujeres adquirían un rol sexualmente activo y dominante. Su impacto en las jóvenes generaciones de espectadores fue tremendo, algo de lo que el propio Meyer era consciente, pues lo resume en sus memorias con una frase lapidaria: “Yo soy la persona que más ha contribuido a la decadencia moral de los Estados Unidos de América.”
Prueba de su vigencia y de que su cine está en proceso de revalorización: siete de sus películas han sido recientemente editadas en DVD en España, incluida Supervixens (Manga Films, Barcelona, 2008), que incluye un valioso audio-comentario de Russ Meyer, en donde explica con detalle todas las claves del film, de su rodaje y de cómo influyó en su vida profesional y personal.
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