
21 Feb Spider-Man 2
** Interesante
San Raimi (Franklin, Michigan, 1959), uno de los popes del cine fantástico contemporáneo, hombre orquesta, director, guionista, montador, productor de films propios y ajenos, actor esporádico de cine y televisión, ha sido el encargado de trasladar a imágenes fílmicas el universo de Spider-Man. En su caso es una suerte haber podido dirigir las dos primeras películas del hombre araña porque Raimi confiesa haber crecido leyendo el famoso cómic creado por Stan Lee & Steve Ditko para la Marvel Group. Se escribieron elogiosos ríos de tinta sobre la primera entrega y, poco más o menos, ha ocurrido con esta segunda. Empero, las diferencias entre ambas son notables, no en el ámbito de la concepción visual, ni del diseño artístico y de producción (por otra parte, notables) sino del guión. Y éste tiene nombre propio, el escritor Alvin Sargent (nacido en 1931), guionista de la vieja escuela con medio siglo de experiencia a sus espaldas. Ganador de dos Oscar y varias veces premiado por la Writers Guild of America, Sargent comenzó en los años cincuenta como guionista televisivo (General Electric Theater o La hora de Alfred Hitchcock, entre otras series) y ha escrito para directores como Zinnemann, Pakula, Frankenheimer, Paul Newman, Bogdanovich, Ritt, Redford, Oz, Frears, Wang… A Sargent debemos los momentos de fina ironía, no exenta de sentimentalismo, presentes en Spider-Man 2; verbi gratia, la humanización del súper-héroe cuando renuncia a su condición, ejemplarizada mediante el empleo en tono paródico del célebre tema musical “Raindrops Keep Fallin’ On My Head”, de Burt Bacharach. Todo ha sido ideado por Sargent para que el guión de esta secuela –superior a la primera- en vez de centrarse en Spider-Man, el héroe, lo haga en Peter Parker, el hombre. Importa más el personaje de carne y hueso que la imagen del enmascarado. Sus problemas son las del adolescente norteamericano de a pie, sus dificultades académicas, laborales (como repartidor de pizzas y como reportero gráfico) y amorosas, sus mismos impulsos sexuales, su necesidad de ser reconocido como un igual entre la “masa”, idéntica timidez romántica, etc. Las situaciones cómicas (el gag del ascensor: “Bonito, disfraz, ¿dónde lo compró?” / “Lo hice yo.” / “¿Es cómodo?” / “Me aprieta demasiado en la entrepierna.”) se alternan con otras domésticas más dramáticas (Parker no paga el alquiler por no llegar a fin de mes, su tía no es capaz de afrontar una hipoteca) y, sobre todo con su conflictiva dualidad ambivalente, debatiéndose vacilante entre el deseo -el amor hacia su vecina Mary Jane Watson- y el deber –la defensa de los inocentes.
El resto es más de lo mismo, efectos especiales muy bien filmados por Raimi y sus operadores (Bill Pope & Anette Haellmigk), persecuciones, acrobacias, telas de araña voladoras, piruetas, chico-busca-chica / chico-salva-chica, la eterna dicotomía del bien triunfante sobre el mal, un complaciente happy-end que garantiza una tercera parte de la saga… En fin. En medio, retazos moralizantes, aburridos circunloquios zarandeados aquí y allá, dilemas existenciales, opúsculos insoportables, un conjunto de temas cruzados y mal hilvanados, empalagosas redundancias en suma, entre ellas la obsesión por la responsabilidad del superhombre, una banalización del paradigma nietzcheano puesta en boca del doctor Octopus (villano mucho más sugerente que el Duende Verde) mediante una frase tópicamente ridícula: “Un gran poder no es un privilegio, es un don que debe ser empleado en beneficio de la humanidad”. Apaga y vámonos.
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