Sed de mal

Sed de mal

 

FICHA TÉCNICA

Título original: Touch of Evil. Año: 1958. Dirección: Orson Welles. Producción: Albert Zugsmith. Guión: Orson Welles, sobre la novela “Badge of Evil”, de Whit Masterson. Escenas adicionales de Paul Monash y Franklin Coen (no acreditados). Reparto: Charlton Heston, Janet Leigh, Orson Welles, Joseph Calleia, Akim Tamiroff, Joanna Cook Moore, Ray Collins, Dennis Weaver, Valentín de Vargas, Mort Mills, Victor Millan, Lalo Ríos, Michael Sargent, Phil Harvey, Joi Lansing, Harry Shannon, Marlene Dietrich, Zsa Zsa Gabor, Joseph Cotton (no acreditado). Música: Henry Mancini. Fotografía: Russell Metty. Duración: 106 minutos. Blanco y Negro. Universal International Pictures (UI).

ARGUMENTO

Tras haber estudiado en Estados Unidos y haber contraído matrimonio allí con una estadounidense, el inspector Ramon Miguel ‘Mike’ Vargas (Charlton Heston) regresa a su pueblo natal en México, para comandar la lucha antinarcóticos en la frontera entre su país y el gran vecino. Regresa con su esposa Susan ‘Susie’ Vargas (Janet Leigh) y nada más llegar a la frontera son sorprendidos por la explosión de una bomba colocada en el interior del maletero de un automóvil. ‘Mike’ Vargas teme por la vida de Susie, pero es un hombre valiente y decidido. Su dominio del inglés y sus conocimientos policiales le llevan a contactar con su homólogo norteamericano, el capitán Hank Quinlan (Orson Welles), un obeso policía alcoholizado y descreído. Junto a Hank Quinlan están otros investigadores como el sargento Pete Menzies (Joseph Calleia) y el coronel (Joseph Cotten). Mientras, los hilos del hampa los mueve el inefable Joe Grandi, conocido como tío Grandi (Akim Tamiroff) por ser el patriarca de una familia de malhechores que controlan el tráfico de estupefacientes entre los dos países. En medio de unos hechos inusuales, como son el secuestro de Susie, motivado por la intervención de Risto Grandi (Lalo Rios), sobrino de Joe Grandi y la juerga con drogas en el motel Mirador, regentado por un gerente pelele (Dennis Weaver), Mike Vargas comienza a desconfiar de lo que sucede en la ciudad, a partir del descubrimiento de una (falsa) prueba inculpatoria que en realidad demuestra la corrupción de Hank Quinlan: la dinamita aparecida en una caja de zapatos en el apartamento de uno de los presuntos culpables. Así Vargas va desenredando la madeja hasta descubrir lo inevitable: Hank Quinlan está detrás de los delitos, está corrompido y participa del tráfico de drogas. Vargas visitará a la cabaretera Tanya (Marlene Dietrich), antigua amante de  Hank Quinlan, y poco a poco irá atando cabos. La trama tendrá un inesperado pero inevitable desenlace, Hank Quinlan perecerá tiroteado en el río fronterizo, durante la noche, bajo los pozos de petróleo que rodean los suburbios de una ciudad negra, fría y desencantada.

COMENTARIO

La primera vez que vi Sed de mal tuve que frotarme los ojos unas cuantas veces: me ocurrió lo que a todos los espectadores que han tenido el enorme privilegio de disfrutar con esta cima del film noir, del cine en general y del arte moderno lato sensu, me sentí sumido en un estado de trance. Un plano-secuencia de siete minutos de duración sin parangón en la Historia del Cine, que desde hace medio siglo es estudiado en todas las universidades del mundo que tienen el cine o el audiovisual como materia académica. La música de Henry Mancini acompañaba rítmicamente un plano sin fin en el que la cámara seguía a una bomba de relojería a punto de estallar. Cuando lo hizo, se acabó el plano. Luego vinieron otros, no tan virtuosos técnicamente, pero igualmente barrocos, geniales. Sólo un genio como Orson Welles podría haber concebido algo así con un film policiaco más próximo a la serie B que a la producción de Hollywood tipo A. Porque Welles fue en genio, un auténtico genio en todo el sentido de la palabra, de los de verdad, de los que hacían de la necesidad una virtud artística. Y esto lo comprendió en seguida Charlton Heston (1924-2008), actor recientemente fallecido, una de las más grandes y más influyentes estrellas que ha dado el cine. Hoy los espectadores televisivos lo recuerdan escopeta en mano, defendiendo a la ultraderechista Asociación Americana del Rifle. Pocos saben que Heston, antes de ser un anciano anticuado y trasnochado defensor de la causa republicana impulsada por la administración Bush, fue un hombre de ideas progresistas, defensor de las causas perdidas, impulsor de los derechos civiles y de la defensa de los negros, colaborando codo con codo con activistas progresistas, incluso con comunistas. Hay que conocer la biografía de un hombre en su totalidad antes de hacer juicios de valor.  Charlton Heston ha hecho más por la igualdad en el mundo laboral (igualdad racial, sexual y social) en Hollywood de lo que nunca hizo ni hará su más firme detractor, el infame Michael Moore, un falso documentalista que viaje en avión privado haciendo de falso “progre” para agradar a las clases medias. A Heston se le podrá criticar muchas cosas, pero nunca se le podrá acusar de mentiroso. Fue un tipo íntegro, familiar, que trabajó duro saliendo de la nada, desde los bosques de Michigan a Hollywood, apoyando a todo el que tuviese talento con tal de lograr una obra de arte fílmica. El fue el que metió a Sam Peckinpah (desconocido en el gran Hollywood de los productores) en el cine de alto prespuesto, permitiéndole dirigir esa obra maestra maldita y recortada llamada Mayor Dundee (Major Dundee, 1964). Y antes de rehabilitar al gran Peckinpah hizo lo propio con Orson Welles. En 1957 los directivos de la Universal Pictures le llamaron para preguntarle por la posibilidad de contratar a Welles como actor. Al mismo tiempo le indicaron que no tenían director para el proyecto Badge of Evil”, un guión flojo y difícil de seguir, escrito a partir de una novelita de quiosco de un tal Whit Masterson. Y a Heston se le encendió la lucecita. ¿Por qué no le dejaban a Welles que la dirigiese? Heston recuerda el rodaje, en especial la secuencia tan celebrada:

“El plano con el que empezaba la película fue un ejemplo todavía más espectacular de la capacidad alquímica de Orson para transformar la adversidad en arte. Tomó el montaje de introducción que se había escrito para ponernos a Janet [Leigh] y a mí en el escenario de la ciudad fronteriza e hizo lo que se ha catalogado como la mejor secuencia de toda la historia del cine. Se rodaba con una sola cámara y sin interrupción. […] Desde el punto de vista técnico era un plano prácticamente imposible que dependía de una sincronización exacta de todos los que intervenían: Janet y yo, la pareja del coche, los extras que pasan por allí y, lo que es más importante, también el encargado de manejar la jirafa y el operador de la cámara. […] En aquel tiempo lo que hicimos fue una maravilla.”[1]

Curiosamente Welles nunca se sintió especialmente orgulloso de esa toma y, en general, de que la cinefilia admire tanto el estilo del film, desdeñando su argumento o la propia interpretación del Welles-actor. Así se lo comentó a Peter Bogdanovich:

“OW: Los directores que más admiro son los menos técnicos, los que están más libres de eso de lo que a mí se me acusa de ser. En otras palabras, las películas que más me gustan son aquellas que se parecen menos al tipo de filmes que se me acusa de hacer. PB: John Ford y Jean Renoir. OW: Sí, bien, ahí lo tienes. Incluso Pagnol, que no hace otra cosa que poner la cámara en marcha…, todos esos actores… y cuando se les termina la película cortan. Ésa es la razón por la que rechazo las felicitaciones que se me hacen por la toma inicial de Sed de mal, porque es uno de esos planos que muestran al director haciendo <<un gran plano>> y yo creo que los grandes planos deben disimular un poco por sí mismos. Sin embargo, éste, por su propia naturaleza, tiene que mostrarse porque cuenta la trama. No había forma de evitar un tipo de toma virtuosa.”[2]

Respuesta propia de Welles, siempre jugando al despiste: genio y figura. El genio maldito, divorciado de Rita Haywoorth, deambula por Europa en producciones americanas realizadas generalmente en Italia, a la espera de completar su Don Quijote (que iniciara en México) y hacía casi diez años que no rodaba en Hollywood, desde La dama de Shangai (The Lady from Shangai, 1948), con la bella sin par Rita Haywoorth, de la que se acababa de separar. Heston convenció a los jefazos de Universal Studios de que Welles sería rentable (“conozco directores que han gastado más en una película que Orson en toda su carrera”), en una época en la que estaba de capa caída y antes de que la crítica europea le redescubriese (en este sentido Sed de mal tuvo mucho que ver, sobre todo a raíz de su estreno en la feria mundial de Bruselas en 1958, donde la vieron unos jovencísimos Godard y Truffaut, que se quedaron alucinados ante el derroche visual sin par de ese maestro del manierismo que era Welles) y cuando en la meca del cine le consideraban poco menos que un comunista, en la línea de un Losey, un Chaplin. El Maccarthismo acechaba aún con fuerza. Al césar lo que es del césar: de no ser por Heston Sed de mal no existiría, al menos no en la forma actual, o por lo menos no como una película de Orson Welles. La mejor obra de Welles, a mi juicio; su cima creativa. Y eso es decir mucho, quizá demasiado, en un hombre único que nos ha legado la obra fundacional del cine moderno, Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), las mejores adaptaciones shakespearianas jamás llevadas al cine, Macbeth (1948), sobre todo, y Otelo (Othello, 1952), la mutilada joya del cine del tipo american tragedy que responde al nombre de El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) y una de las obras más innovadoras rodadas en Europa, Mr. Arkadin (1955), basada en una historia propia luego convertida en novela por el mismo Welles (disponible en Anagrama). Luego vendrían otras maravillas rodadas en Europa (España) como Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight, 1966), pero ninguna alcanzó la vitalidad torrencial, la profundidad en el análisis, la exploración manierista del movimiento en la puesta en escena, la angulación originalísima en las tomas y encuadres y la vivificante creatividad de Sed de Mal. Se ha escrito tanto sobre esta película superlativa que cualquier comentario resultaría baladí. Uno la considera entre las cinco o seis cosas más importantes que ha legado el cine al arte y la cultura humana. Nuevamente, cedo la palabra a Charlton Heston.

“¿Que qué pienso de Orson Welles? Pues creo que fue el hombre con más talento que he conocido, lo cual no quiere decir que fuera el mejor actor o el mejor director. No pienso que lo fuera. Pero eso que llamamos <<talento>>, esa capacidad de crear arte, Orson la tenía, a punta pala.”[3]


[1] HESTON, CHARLTON. Memorias [Trd. de Jordi Beltrán Ferrer del original In the Arena, Simon & Schuster, New York, 1995], Ediciones B, Barcelona, 1997, p. 172.

[2] WELLES, ORSON. & BOGDANOVICH, PETER. Ciudadano Welles [Trd. de Joaquín Adsuar de Citizen Welles, Harper Collins Publishers, Inc., New York, 1992] Grijalbo, Barcelona, 1994, p. 336.

[3] HESTON, CHARLTON, Ídem, p. 192.

Robin7
kikiamendoza@gmail.com
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