El reino de los cielos

el reino de los cielos

El reino de los cielos

 * Mala

 El auge y creciente popularidad de la mal llamada novela histórica (que casi nunca tiene nada que ver con la Historia, como no sea su ambientación en épocas pretéritas, sobre todo la Antigüedad grecolatina y el medioevo) ha servido para volver poner de moda en el cine los temas y tratamientos del antiguo peplum, género cinematográfico que adquirió su mayor notoriedad en los años cincuenta y sesenta. En seguida el astuto Ridley Scott (Shouth Shields, Reino Unido, 1939) se supo sumar al carro con la espectacular Gladiator (2000) y ahora con El reino de los cielos, infinitamente peor.

Si Scott se hubiese retirado en 1982 habríamos pensado que el cine había perdido un director genial. En efecto sus tres primeras obras, auténticas cult movies, lo encumbraron por méritos propios como un talento sin igual: Los duelistas (The Duellists, 1977), debut fulgurante, Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) y Blade Runner (1982). Tres gemas, a cada cual mejor. Desde entonces su carrera se ha guiado por el más servil de los oportunismos, con algunas obras estimables –v.g. Black Rain (1989) o Tormenta blanca (White Squall, 1996)- intentos loables pero fallidos –Legend (1983), Thelma y Louise (Thelma and Louise, 1991), Black Hawk derribado (Black Hawk Down, 2001)- y mediocridades indignas de su renombre, caso de 1492: La conquista del paraíso (1492, 1992), La teniente O’neill (G.I. Jane, 1997), Hannibal (2001) o la que ahora nos ocupa. Definitivamente Scott ha perdido el norte. Ha tocado fondo. Quizá ya sólo trabaja por ambiciones pecuniarias. El reino de los cielos es un disparate tan increíble que más parece un videojuego de guerra que un film histórico sobre las cruzadas medievales en Tierra Santa. Verlo ruboriza. Es incluso peor que Troya, de Wolfgang Petersen, en el que también aparecía el inefable Orlando Bloom, malo hasta provocar náusea. (Lian Neeson y Jeremy Irons, en cambio, son actores de abolengo, pero aquí parecen limitarse a cobrar el sueldo y si te he visto no me acuerdo.) Una vez más Scott se olvida del guión y del drama de los personajes, centrándose en el tratamiento de la imagen y ahondando en sus absurdas obsesiones estéticas: uso sistemático de los contraluces, abuso del filtro para limpiar el grano del fotograma (defecto tan habitual en su hermano, el realizador Tonny Scott), saltos de eje demasiado abruptos en las luchas cuerpo a cuerpo, variación de la distancia focal en el mismo plano (sic), cambios de la posición de la luz imposibles e irrealistas, montaje sincopado y un énfasis desmedido en las tonalidades cromáticas, del azul al sepia, del anaranjado al casi gris. Todo ello fruto de un maniático incurable. Su lejano aprendizaje como joven realizador publicitario le está jugando malas pasadas. Ante el miedo a no quedarse anticuado, ahora de viejo en lugar de haber madurado como creador ha facturado un film infantiloide para adolescentes con un lenguaje visual tan pretendidamente moderno que se ha quedado anclado en la banalidad, bogando en un pantano de inmundicias.

Si el lector aún no ha visto El reino de los cielos le recomiendo fervorosamente que no pierda el tiempo. Y si realmente quieren empaparse de amoríos y aventuras medievales, vuelva sus ojos sobre El señor de la guerra (The War Lord, 1965), de Franklin J. Schaffner. Una maravilla. Después siempre pueden leer el poemario que esta película inspiró a Juan Eduardo Cirlot, “Bronwyn”, obra cumbre de la poesía española contemporánea. Créame, su corazón y su cabeza se lo agradecerán…

Las alas se aproximan a las olas / perdidas en las páginas del fuego,

Bronwyn, mi corazón, y las estrellas / sobre la tierra negra y cenicienta.

 

Diego Moldes

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

No hay comentarios

Escribe un comentario aqui...