
16 Mar El príncipe de los zorros
Si bien Griffith llegó a Los Ángeles, con la Biograph, en enero de 1910, los primeros estudios de Hollywood no se crearon hasta 1912; aunque allí ya hubo rodajes al aire libre desde el 26 de octubre de 1911. De entre todos los pioneros norteamericanos que destacaron tanto en el mudo como en el sonoro, Henry King (1886-1982) es de los más precoces y longevos, pues debutó como director en 1913, el mismo año que Raoul Walsh (1887-1980) y King Vidor (1894-1982). Anteriores a ellos fueron Allan Dwan (1885-1981), que debuta en 1911, Cecil B. DeMille (1881-1959) en 1914, y Tod Browning (1880-1962) en 1915. Por ejemplo, John Ford (1894-1973) no dirigió su primer film hasta 1917, al igual que Lewis Milestone (1895-1980). Wellman, Hawks y los directores europeos, llegaron después del fin de la Gran Guerra. Con más de un centenar de películas dirigidas en medio siglo –se retira en 1962–, Henry King es, por derecho propio, uno de los padres del cine de Hollywood y, por tanto, uno de los máximos exponentes del llamado cine clásico. Con una narrativa ágil, poderosa, de estilo elegante y muy eficaz, King dominó todos los géneros con éxito. Dentro del género de aventuras, destaca su fértil colaboración con Tyrone Power, a quien dirigió en once películas, entre las que recuerdo con sumo placer El cisne negro (1942), Captain from Castile (1947) y esta estupenda Prince of foxes (1949). La acción se sitúa en el verano de 1500 en Italia, en la corte del maléfico Cesare Borgia, interpretado por Orson Welles con un cinismo maquiavélico. Su confianza la deposita en Andrea Orsini (Power), un arribista capitán de la guardia que se hace pasar por noble, pero que es en realidad un campesino llamado Andrea Zoppo y que le traicionará cuando vaya a Città del Monte, bajo mando del Duque de Ferrara, Alfonso I d’Este, y se enamore de la esposa del difunto conde Marc Antonio Verano (un shakesperiano Felix Aylmer, excelente). La novela homónima (de 1947) en la que se basa el guión del film, fue escrita por el especialista en narrativa histórica Samuel Shellabarger (1888-1954), y aunque esté ambientada en un contexto histórico, es pura ficción. [Paréntesis anecdótico-histórico. De todas las grandes familias nobles italianas del medievo y renacimiento, los Orsini son una de las más antiguas de entre las principescas y papales, pues se remontan, como mínimo, al siglo XII, anteriores a los Colonna (sus grandes rivales) o los Borghese (ambas casas se inician en el XIII), los Farnesio o los Medici (XIV), los Chigi o los Della Rovere (XV) y, por supuesto, los Borgia (XIV-XV), de origen valenciano, como es sabido. Es por eso que el campesino Andrea se hará pasar por pariente de los Orsini, príncipes guerreros y condottieri, con fama de grandes estrategas. Manuel Mújica Láinez dedicó su novela Bomarzo, una de mis preferidas, a uno de los Orsini (el duque jorobado Pier Francesco Orsini, creador del célebre Parque de los Monstruos). Idéntica admiración por los Orsini tuvo el padre de Orson Welles, Richard Hodgdon Head Welles, quien le puso el nombre de Orson a su hijo por los Orsini, familia a la que admiraban tanto él como su abuelo, el prestigioso jurista Orson Sherman Head (1817-1875), bisabuelo de Orson Welles. La afición por la Historia, en general, y la italiana en particular, fue pasando de padres a hijos desde el tatarabuelo de Orson Welles. Quizá antes, pues su primer antepasado, John Alden, fue peregrino del Mayflower. Y no deja de ser curioso que, tanto en Prince of foxes como en The Roots of Heaven, aparezcan personajes llamados Orsini, caso de este supuesto y ficticio Andrea Orsini o el no menos ficcional Orsini (Herbert Lom), del film africano que dirigió John Huston.] Frente a otros títulos de aventuras de los años cuarenta y cincuenta, con mayor o menor calidad, pero cortados por enfáticos patrones similares, Henry King y Sol C. Siegel optaron por crear una producción realista, verosímil, con tintes mitológicos. La fotografía en blanco y negro, obra del gran operador Leon Shamroy (1901-1974), es portentosa, en especial en los interiores del castillo, pero también en la neblinosa secuencia del bosque, la visualización de los cambios de estación –en especial el rito de la Fiesta de la Primavera en la plaza del Duomo– y en el breve interludio veneciano. No menos excelente es la banda sonora, muy inspirada, que puntúa las secuencias del film haciéndolo bascular con maestría del género de aventuras –pensemos en el primer intento de asalto al castillo, en un estilo realista, sin énfasis innecesarios– al melodrama amoroso, con precisión ejemplar. El autor de la partitura, Alfred Newman (1901-1970), fue, desde 1930, uno de los más prolíficos y brillantes compositores de música de cine. Todo el ensamblaje en postproducción, que posibilitó la creación de un metraje de una fluidez invisible, clásica, algo telúrica-mística, es obra de Barbara McLean (1903-1996), habitual colaboradora de Henry King (nada menos que en 29 films) y, para muchos especialistas de montaje, la mejor montadora del cine clásico norteamericano o, como mínimo, de la Fox (Eva al desnudo o Viva zapata son algunos de sus mejores trabajos). El verismo que transmite la escenografía y vestuario se acentúa debido al rodaje en escenarios naturales. Salvo algunas secuencias de interiores en Cinecittà, gran parte del film se rodó en los lugares reales donde transcurre la acción: la capilla del Palazzo Pubblico de San Marino, y numerosos exteriores en Siena, Florencia, Roma, Lazio, Venecia, o pueblos con tanto encanto como Terracina o San Gimignano. La puesta en escena de King, los encuadres, el uso de la luz, el modo de ejecutar los travellings y panorámicas, le dan un brío extraordinario a la narración, de corte clásico y quietista, como decimos, sin enfatizar demasiado, logrando un aliento artístico de inusual belleza, con secuencias resueltas con una sabiduría fílmica al alcance de pocos directores.
Cabe recordar que, al igual que The Third Man, rodada justo antes, Welles, que se hallaba en Europa, viviendo entre Italia y París, participó en el film para poder financiar parte de su Othello (1952), que había comenzado a filmar en Venecia en 1948 y que, tras cuatro años azarosos, fue rodando discontinuamente entre Marruecos, Roma y la Toscana. Al volver a ver Prince of foxes, resulta muy gratificante verle y oírle declamar en su inglés inconfundible, con sus ojos saltones, adueñándose de la pantalla en las pocas escenas en la que aparece, casi como un tótem mitológico. No importa la cantidad sino la calidad: su presencia invisible sobrevuela la obra (y al hacerlo Welles, lo hace el malvado Borgia). Como su viejo amigo Everett Sloane (ambos coincidieron el Mercury Theatre), cuyo papel secundario como el mercenario Mario Belli, compone, a mi juicio, el personaje más memorable de este gran ejemplo de cine de aventuras.
Diego Moldes
Título original: Prince of foxes. Año: 1949. Director: Henry King. Intérpretes: Tyrone Power (Andrea Orsini), Orson Welles (Cesare Borgia), Wanda Hendrix (Camilla Verano), Marina Berti (Angela Borgia), Everett Sloane (Mario Belli), Katina Paxinou (Mona Constanza Zoppo), Felix Aylmer (Conde Marc Antonio Verano) Guión: Milton Krims, Samuel Shellabarger, sobre la novela homónima de este último. Música: Alfred Newman. Fotografía: Leon Shamroy. Montaje: Barbara McLean. Blanco y negro Twentieth Century Fox Film Corporation.
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