
07 Mar Oliver Twist
Muy buena ****
Cuando Roman Polanski presentó Oliver Twist en Madrid se le veía contento. Tuve la oportunidad de charlar con él y lo encontré afable, feliz de dar a conocer su última creación. Hace más de un cuarto de siglo que alterna la dirección cinematográfica con la escénica –ha dirigido nueve obras de teatro y tres óperas-, además de sus papeles como actor de cine y teatro u ocasional realizador publicitario, motivos por los que sólo ha realizado siete películas desde 1980. Al margen de que es meticuloso en extremo en toda la fase de producción, tanto en la escritura del guión -aquí con el talentoso Ronald Harwood, con quien ya había escrito a cuatro manos El pianista-, como en todos los aspectos de preproducción, dirección artística, rodaje –éste duró cuatro meses, en Praga- y un montaje de casi ¡ocho meses! Cuento esto porque da una idea aproximada de lo en serio que se toma su trabajo como cineasta, pese a que muchos no vean en Oliver Twist más que un film comercial o un ejercicio académico. No pueden estar más equivocados. En el primer caso, es evidente que se trata de una superproducción –la más cara de la historia de Europa, se habló de más sesenta millones de euros- y que éstas se hacen para hacer dinero (lo mismo que los films de bajo presupuesto, no vamos ahora a engañarnos); en el segundo la respuesta la dio el mismo Polanski en la rueda de prensa: “Sí soy académico, académico de las Bellas Artes”, en irónica referencia a que es Commandeur des Arts er Lettres del Institute de France. Pero vamos con el film. ¿Por qué hacer una nueva versión de “Oliver Twist”? Pues, por varios motivos. La excepcional novela de Dickens es un calco casi exacto de la desfavorecida infancia de Polanski: Oliver Twist es ese niño que atendía al diminutivo de Romek y que, con su madre asesinada en Auswichtz por los nazis, su padre preso en Mauthausen y sus tíos en Buchenwald, sobrevivió durante casi tres años como un niño de la calle, comiendo de los cubos de la basura y viviendo gracias a la caridad y a familias de acogida. “Yo tenía la edad de este chico cuando crucé toda Polonia a pie, refugiándome en casas y huyendo de los nazis. Sé lo que es recorrer los campos sin calzado y que los pies se hinchen y se queden en carne viva”, dice Polanski. Es más de lo que le tocó vivir a Oliver. O al propio Dickens, que fue un niño dickensiano: con once años ya trabajaba en una fábrica de betunes. Desde la perspectiva de un niño sin hogar el Londres del siglo XIX no es muy diferente de la Cracovia de 1942 o cualquier megalópolis actual. Se trata, por tanto, de una obra profundamente personal. Se han filmado doce adaptaciones de “Oliver Twist” pero sólo dos han pasado a la historia, la de David Lean (1948) y la de Carol Reed (1968). A Polanski, judío, no le gusta la versión de Lean, por su truculencia y el antisemitismo hacia Fagin, -cineasta del que paradójicamente es un fan absoluto-, pero sí la de Reed por ser un colorido musical. Pese a que las tres son casi obras maestras, la de Polanski las supera a ambas, desde cualquier ángulo. Quienes hayan leído la novela advertirán que la fidelidad de Polanski a las descripciones de Dickens es ajustadísima. Aunque estéticamente se inspire en grabados de Gustave Doré –cronológicamente posterior a la novela-, algo que no se molesta en disimular, todo lo contrario, pues abre y cierra el film con obras de aquel gran artista gráfico. Obviamente, hay un ejercicio de decantación, de síntesis prodigiosa. Lo contrario sería imposible: la novela, publicada por entregas, tiene 53 capítulos. La sordidez moral, la brutalidad social, descrita con maestría por Dickens está trasladada a imágenes con una pulcritud obsesiva y una mise-en-scéne, clásica, en el mejor sentido de la palabra. Algunos periodistas hallaron falta de originalidad en la propuesta. Es absurdo. Polanski lo deja bien claro, ¿originalidad?, ¿qué originalidad? “Es Dickens.” Hay que adaptarlo sin dejar de ser Polanski. Y eso es lo que ha hecho el cineasta de origen polaco, uno de los pocos genios del cine surgidos a finales de los años cincuenta que, por fortuna, permanecen en activo.
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