
21 Feb Nathalie X
*** Buena
Poco sabemos en nuestro país de Anne Fontaine (nacida en 1959), actriz televisiva, guionista y directora francesa que aquí ha sorprendido a unos pocos con Nathalie X, su penúltimo film, pues ya ha rodado otro: Entre ses mains (2005), presentado en el Festival de San Sebastián. Debuta con Les histoires d’amour finissent mal… en général (1993), a la que le siguen Augustin (1995), Nettoyage à sec (1997), Augustin, roi du Kung-fu (1999) y Comment j’ai tué mon père (2001). Varios son los elementos de interés de esta película, comenzando por la calidad interpretativa del trío de protagonistas, Fanny Ardant (una madura esposa, Catherine), Emmanuelle Béart (una escultural y sensual prostituta llamada Marlene, pero que utiliza el nombre falso de Nathalie) y Gérard Depardieu (Bernard, infiel esposo de Catherine). La música original de Michael Nyman raya a gran altura, aunque es inferior a otras ya célebres partituras del compositor británico. La puesta en escena, la iluminación de los interiores a base de tonos rojos, granates y negros y los elegantes movimientos de cámara de Nathalie X deben mucho a su operador de fotografía, Jean-Marc Fabre, habitual colaborador de la Fontaine y de otras nuevas mujeres cineastas galas como Nicole Garcia, Danièle Dubroux, Noémie Lvovsky, Virginie Wagon y Yolande Zauberman (por el contrario sólo ha trabajado para dos directores de prestigio, Amos Kollek y James Ivory). La película transcurre sin saltos abruptos, presa de un obvio clasicismo narrativo. El guión, aunque esté bien tratado, no tiene un planteamiento original: el triángulo amoroso es un tema recurrente hasta la saciedad en literatura y cine, y más en el cine francés. Fontaine le da un nuevo enfoque a un tema clásico, abandonando el habitual punto de vista del marido y adoptando el de la mujer engañada y su relación con la amante de éste. Así lo describe la directora: “Había leído un guión de Philippe Blasband en el que exploraba la relación entre una mujer casada y una prostituta. Era una historia de venganza en la que tendían una trampa al marido de una de ellas, que tan solo aparecía al final. Lo que verdaderamente me fascinó fue que una mujer casada que contrata a una prostituta, sin intención alguna, se vea envuelta en una situación en la que tiene una relación sexual por poderes. Jacques Fieschi y yo partimos de esta idea para crear el personaje de Catherine, una mujer con éxito en la vida que descubre que su marido la está engañando. Este hecho la lleva a alquilar el cuerpo de otra mujer para así poder controlar la vida sexual de su marido. Lo que al principio nos motiva a menudo nos adentra en otras aventuras mucho más oscuras. Teníamos mucho material para poder crear y desarrollar una historia de crisis, deseo y suspense erótico.” Nos cabe decir que, prima facie, Anne Fontaine cumple con creces con esta premisa argumental. La relación erótica de ambigua amistad y atracción carnal que (no) se desarrolla entre Fanny Ardant y Emmanuelle Béart hace que salten chispas de deseo en la pantalla -al menos entre los espectadores más calenturientos-, pero ello no es óbice para que se limite la presencia de sentimientos más profundos, de un cierto amor piadoso, fraternal, femenino, casi me atrevería a decir materno. Sus miradas no se sabe muy bien qué transmiten, dejando su interpretación a la moralidad –o amoralidad- de cada uno. La pirueta final del guión no es más que un intento de dar un giro argumental para captar la atención, pero lo cierto es que el espectador ya está hastiado de un enfoque repetitivo que, narrativamente, se ha convertido en un callejón sin salida. Aunque sea erotismo de diseño y de qualité, la pulsión escópica que transmite Emmanuelle Béart en ropa interior negra es innegable; no obstante, ya puestos en lo trasgresor, uno prefiere releer Los infortunios de la virtud o La filosofía del tocador, de Donatien-Alphonse-François, marqués de Sade.
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