Las raíces del cielo

Las raices del cielo

Las raíces del cielo

Cuando uno ve los nombres de los créditos de The Roots of Heaven (Las raíces del cielo) se le hace la boca agua: dirección de John Huston (1906-1987), producción de Darryl Zanuck (1909-1979), foto de Oswald Morris (1915-2014), guión de Sir Patrick Leigh Fermor (1915-2011), quien fuera descrito como “un cruce entre Indiana Jones, James Bond y Graham Greene”, a partir de una prestigiosa novela ganadora del premio Goncourt, Les Racines du ciel (Gallimard, París, 1956), obra de uno de mis escritores más queridos, el mundano, otrora popular y aún hoy enigmático, Romain Gary (1914-1980), nacido Roman Kacew en Lituania (Imperio Ruso), alias Émile Ajar, Shatan Bogat o Fosco Sinibaldi, antiguo marido de Jean Seberg y, como ella, suicida.

El plantel de actores, para colmo, invitaba a la esperanza: el gran actor británico Trevor Howard (1913-1988) como convincente protagonista, Errol Flynn (1909-1959) –envejecido y alcoholizado, cierto, pero ¡Errol Flynn!… que por desgracia fallecería al año siguiente del estreno–, la cantante Juliette Gréco, una estrella de la chanson française en la Francia de la época y musa del existencialismo y de los escritores galos de la época (de Sartre al propio Gary), el talentoso Paul Lukas (1895-1971) –primer actor austrohúngaro en ganar el Oscar–, el mediocre Eddie Albert (1906-1995), y, en fin, last but not least: Orson Welles. ¿Qué falla entonces en The Roots of Heaven? ¿Por qué no es la gran película que pudo haber sido? Es difícil precisarlo, pues la película se deja ver con agrado, pero no es la obra maestra que sus mimbres deberían haberle permitido ser. El cine tiene estas cosas, a veces de la adversidad florecen obras de arte y otras veces, cuando el viento sopla de cara y todo son ventajas, las bisagras chirrían, el motor gotea, la maquinaria se traba y el artefacto no llega a funcionar como debiera.

¿Qué pintaba Orson Welles con su amigo John Huston en África interpretando a Cy Sedgewick? La respuesta podría ser válida para la mayor parte de sus películas como actor, y la dio el propio Welles a su amigo Peter Bogdanovich en Ciudadano Welles, el libro más imprescindible para conocer de primera mano su complejísima personalidad: “Alguien que no sea actor tiene que dirigir películas para el sistema si quiere vivir. Pero yo decidí que haría lo que no me gusta como actor en lugar de hacerlo como director. Así manché un poco menos mi virtud. […] Si pudiera, sólo dirigiría. Me da menos placer actuar que el que me debería dar teniendo en cuenta que ha sido mi modo de vida durante treinta años.” (Welles & Bodgdanovich, 1998, 174) Sin embargo, The Roots of Heaven es una de esas rarísimas excepciones en las que no actuó por dinero, ni por gustarle el guión o la novela, sino por amistad con el productor. Estaba en deuda con Zanuck porque el mítico mogul le había ayudado económicamente a finalizar su Othello (1952). En aquellas fechas Welles estaba muy contrariado porque la Universal le había remontado Touch of Evil, ignorándole abiertamente. Además, en julio de 1957 había iniciado el rodaje en España de su inacabado Don Quixote (que continuaría filmando en México e Italia hasta abandonarlo en 1963) y necesitaba dinero. Sin embargo, por increíble que parezca, y esta es una anécdota muy wellesiana que ha sido confirmada, el genio renunció a su caché de entonces, de 15.000 dólares, y aceptó trabajar gratis.

Los exteriores del film se filmaron en Sahr, en el Chad, y los interiores en  los míticos estudios parisinos de Boulogne-Billancourt. Según recogían las crónicas, durante el rodaje africano Huston, Flynn y Welles (que estuvo mucho menos tiempo que ellos) bebieron güisqui y burbon en cantidades industriales, lo que les salvó de enfermar de disentería, enfermedad infecciosa que sí afectó al resto del equipo (algo que a Huston ya le había pasado con Bogart al rodar La reina de África siete años antes, en donde todos enfermaron excepto los dos alcohólicos).

El argumento, en sus líneas generales es bastante fiel a la novela de Gary, aunque, por lo que recuerdo, las imágenes de Huston carecen de la fuerza y convicción de los párrafos del libro, uno de los primeros textos ecologistas de ficción de alcance mundial (la novela se publicó en inglés justo en el otoño de 1958, en la época de estreno de la película). Cuenta como Morel (un excelente Trevor Howard), el héroe de la historia, decide poner fin al exterminio de los elefantes en el África Ecuatorial Francesa, a mediados de siglo, en medio de un entramado de intereses representado, de manera excesivamente arquetípica, por los distintos personajes que aparecen por Fort Lamy, lugar donde transcurre la acción. Así, sobrevuela la idea de la independencia de la metrópoli, la presencia de las autoridades coloniales galas, el conflicto de intereses que supone la caza mayor, tanto para nativos como para colonos ocupantes, el avance de la modernidad ante las viejas tradiciones africanas y europeas, etcétera. Cobra especial importancia el personaje femenino, Minna (Juliette Gréco, que incluso canta, en ocasiones incluso se muestra erótica), como conciencia del héroe, así como el borracho Forsythe, que ejemplariza la decadencia del colono, así como el sobrio cazador Saint Denis (Lukas) o el traficante de marfil Orsini (el excelente actor Herbert Lom). Y, naturalmente, el breve papel de Welles, Cy Sedgewick, un personaje muy secundario pero que, con la presencia física del genio de Kenosha, unida a su voz inconfundible y su declamación, nos deja parlamentos tan verosímiles como este: “I like him. He spits on us, on all of us, and he’s right! I’ve been waiting all my life for somebody to spit on me. Now someone finally has the guts to do it, you know what? Suddenly it gets to be almost bearable to be a man.” “[Sobre Morel] Me cae bien. Escupe sobre nosotros, sobre todos nosotros, ¡y tiene razón! Toda mi vida he estado esperando a alguien que me escupiera. Ahora, por fin, alguien tiene las agallas para hacerlo, ¿sabes qué? De pronto, llega a ser casi soportable ser un hombre.” Estas palabras, escuchadas de alguien tan melancólico, errático y polifacético como Welles, cuya vida estuvo presidida por un inacabamiento errabundo, cobran otro sentido meta-cinematográfico e intrahistórico. En eso, al igual que en otras cosas mundanas que no vamos a desvelar, Orson Welles se asemejaba mucho al propio Romain Gary.

 

Diego Moldes

 

The Roots of Heaven. Dirección: John Huston. Guión: Patrick Leigh-Fermor y Romain Gary, a partir de su novela Les Racines du ciel. Productores: Robert L. Jacks, Darryl F. Zanuck, Michael Holden. Fotografía: Oswald Morris. Música: Malcolm Arnold. Montaje: Russell Lloyd. Dirección Artística: Stephen Grimes. Decorados: Bruno Avesani. Vestuario: Rosine Delamare. Reparto: Errol Flynn (Forsythe), Juliette Gréco (Minna), Trevor Howard (Morel), Paul Lukas (Saint Denis), Eddie Albert (Abe Fields), Orson Welles (Cy Sedgewick), Herbert Lom (Orsini), Gregóire Aslam (Habib). Duración: 121 min. Color, CinemaScope. Ratio: 2.35: 1. Producción: Darryl F. Zanuck Productions, Twentieth Century Fox Film Corporation. Año: 1958.

 

 

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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