
20 Mar La hija de Ryan
Título original: Ryan’s Daughter.
Producción: Anthony Havelock-Allan, Faraway A. G. Films para Metro Goldwyn Mayer (Reino Unido, 1970).
Dirección: David Lean.
Guión: Robert Bolt y David Lean (no acreditado).
Fotografía: Freddie Young (Color).
Música: Maurice Jarre.
Montaje: Norman Savage.
Dirección artística: Roy Walker.
Intérpretes: Robert Mitchum, Trevor Howard, Christopher Jones, John Mills, Leo McKern, Sarah Miles, Barry Foster, Marie Kean, Arthur O’Sullivan, Evin Crowley, Douglas Sheldon, Gerald Sim, Barry Jackson, Des Keogh, Niall Toibin, Philip O’Flynn, Donal Neligan, Brian O’Higgins, Niall O’Brien, Owen Sullivan, Emmet Bergin, May Cluskey, Annie D’Alton, J. Holloway, P. Layde, E. O’Callaghan.
Duración: 195 min.
En un pueblo minero y pesquero de Irlanda, durante la ocupación británica de 1917, Rosy Ryan (Sarah Miles) hija del tabernero Thomas Ryan (Leo McKern), se enamora y contrae matrimonio con el maestro de escuela Charles Shaughnessy (Robert Mitchum). Una vez casada se instala en el pueblo el oficial inglés Randolph Doryan (Christopher Jones) y en seguida se enamoran. Se produce adulterio y todo el pueblo se entera del escándalo, incluido el reverendo Collins (Trevor Howard). Durante esas fechas se produce el desembarco en la playa, junto a los acantilados, de unos fardos con munición alemana para los revolucionarios del IRA. La operación se viene al traste y el oficial Doryan detiene al cabecilla, Tim O’Leary (Barry Foster) conocido como “el rojo”, gracias a la delación de Tom Ryan. Dada la relación adúltera entre Rosy y Doryan todo el pueblo –que aprueba la causa del IRA, para expulsar a los ingleses– se une para humillar a Rosy delante de su marido, mediante un escarnio público que incluye raparle su melena pelirroja. Doryan, torturado por sus recuerdos de guerra, se suicida. Shaughnessy perdona a Rosy y se van juntos del pueblo para evitar ser pasto de habladurías y comidillas vecinales. En el camino de salida se despiden el padre Collins, el retrasado mental Michael (John Mills) y Tom Ryan, que nunca revelerá su delación.
En estos últimos tiempos una de las películas más revalorizadas dentro de las excelencias cinematográficas del gran David Lean (Croydon, Surrey, Inglaterra, 1908-Londres, 1991) es La hija de Ryan, penúltima obra dirigida por el maestro inglés. Hoy se acerca en prestigio crítico incluso a Doctor Zhivago (1965), su anterior film, por otra parte magistral, que aunque tuvo un éxito crítico y de público mayor que La hija de Ryan se nos antoja hoy una obra más glamourosa pero acaso formalmente menos acabada que ésta. Emana de ella aquello que se le debe pedir a una gran película, una buena historia, con idilio amoroso incluido –si es triangular, mejor–, un marco inhabitual, una reflexión del autor sin que interfiera en el desarrollo narrativo y una estética bella y consecuente con aquello que se cuenta. El fenomenal guión de Robert Bolt –que ya había colaborado con Lean en Lawrence de Arabia y Dr. Zhivago– no ha sido meramente ilustrado por Lean, sin que ha sido interpretado siguiendo la máxima less is more, yendo de lo más pequeño a lo más grande, de lo individual a lo social, de lo personal a lo político, de lo cotidiano a lo histórico.
Según explicó David Lean “La hija de Ryan es sobre la tentación, sobre una chica que se casa con un hombre mayor que ella y tiene una aventura con alguien más cercano a su edad. Es sobre la dificultad de crecer, abriéndose las puertas a la vida adulta.” La trama es interesante pero quizá no lo más importante. Es obvio que Lean y Bolt –quienes, curiosamente, escribieron el guión en Roma a lo largo de diez meses– se inspiraron en la “Madame Bovary” flaubertiana para desarrollar el argumento adúltero y triangular, de estructura clásica, siguiendo el modelo aristotélico de los tres actos. No obstante, la fuente de inspiración espiritual es Joseph Conrad, uno de los escritores predilectos de Lean (durante años trató de de llevar a cabo la adaptación de su novela “Nostromo”, pero desgraciadamente el proyecto nunca encontró la financiación necesaria). David Lean lo explica perfectamente cuando afirma que “la historia es sobre las más oscuras partes de nuestra naturaleza, muchas indefinidas […]. Es muy, muy pequeña la línea bajo la superficie que separa el salvaje y oscuro lado de nuestra naturaleza. Creo que el carácter agreste de este país (Irlanda) es apropiado como soporte para este tipo de cosas.” Así es. Nos hallamos, por tanto, ante una obra bisagra en su filmografía, pues La hija de Ryan es la película que mejor combina el intimismo romántico de sus primeras piezas (de las que Breve encuentro, de 1945, sería el mejor ejemplo), pero sin caer en el psicologismo, con la grandiosidad, la acción y el vigor narrativo de su segunda etapa, de la que Lawrence de Arabia (1962) es su mayor exponente.
Empero, historia al margen, la auténtica fuerza visual del film radica en su belleza pictórica extraída de la pintura del siglo XIX, –cruce entre los paisajes mutables de William Turner y las composiciones románticas de Caspar David Friedrich, como bien señala R. Moreno Cantero en su monografía sobre Lean–, su uso expresivo de la naturaleza Divina (el inicio del film remite al Génesis), casi panteísta, el simbolismo del paisaje para representar el estado anímico de la protagonista: la luz en sus diferentes estadios del día, la fuerza del viento (y su sonido, que cumple una función dramática hasta el punto en que en ocasiones su volumen es mayor que el de la música de Jarre, cf. el encuentro amoroso en el bosque), los frondosos y alejados bosques, las diversas condiciones atmosféricas –nubes, vórtices celestes, lluvia mezclada con salitre, rayos de sol…–, las largas playas no hoyadas, las rocas amenazantes de la costa, los omnipresentes acantilados batidos por las olas y las tempestades… En suma, una delicia para los sentidos, un portento de lo que debe ser una obra maestra audiovisual, en su sentido más exacto del término.
Por estos y otros factores es casi incomprensible descifrar el porqué del fracaso económico, y en parte también crítico, de La hija de Ryan, batacazo que llevó a Lean a una inactividad de catorce años. Máxime considerando que el film obtuvo dos Oscar (uno muy merecido a la mejor fotografía, para el gran Freddie Young, y otro a mejor actor secundario para John Mills) y estuvo nominado a otras dos estatuillas de la Academia. Quizá fuese su excesivo metraje (más de tres horas), su ritmo reposado o su clasicismo: lo que en las décadas de 1950/1960 el público aún toleraba y respetaba, en 1970, en pleno auge de la contracultura, esta película era ya algo fuera de moda, casi un anacronismo estético (afortunadamente, vista con perspectiva temporal). Algunas críticas fueron tan furibundas, tan agresivas, que condujeron a David Lean a una profunda depresión, de tal grado e intensidad que el cineasta incluso se planteó la posibilidad de retirarse del cine. Sin duda, la mayor injusticia de su carrera. Sin embargo, cuarenta años después, la obra se presenta como una total obra maestra, como hemos dicho, de un perfeccionismo formal y expresivo apabullante. Es la enésima demostración de que el tiempo es el mejor de los jueces posibles.
La hija de Ryan tiene puntos en común, estéticos y temáticos, con otras excelentes películas británicas “de época” ambientadas no en Irlanda sino en Inglaterra, caso de la infravalorada y poco conocida Gone to Earth (1950), de Michael Powell y Emeric Pressburger (mutilada en España y estrenada con otro montaje como Corazón salvaje, con una desvirtuadora voz over de Joseph Cotten), Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd, 1967), de John Schlessinger o Tess (1979), de Roman Polanski.
Bibliografía recomendada:
- FERNÁNDEZ VALENTÍ, Tomás (2000) David Lean. La emoción y el espectáculo, Libros Dirigido por, Barcelona.
- MORENO CANTERO, Ramón (1993). David Lean, Col. Signo e Imagen, Cátedra, Madrid.
Diego Moldes
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