LA FUENTE DE LA VIDA

LA FUENTE DE LA VIDA

LA FUENTE DE LA VIDA

**** Muy buena

A este cronista le es imposible ser objetivo con The Fountain, el film  norteamericano más sugerente del año; pese a tener detractores y admiradores a partes iguales. ¿Cómo no apreciar esta historia de amor a través de los tiempos? Todavía resuena en mis oídos la música esotérica de Clint Mansell, bellísima, sublime, inagotable, interpretada por el célebre Kronos Quartet y Mogwai, una melodía obsesiva que encabalga este venusto poema mortuorio sobre el amor ultraterreno y la vida eterna. Mediante una suerte de sincretismo postmoderno Aronofsky aglutina las creencias aprehendidas de credos y culturas muy diversas, budismo, zen, taoísmo, hinduismo, sufismo, judaísmo (cábala), cristianismo, los mayas… Todo perfilado bajo un tamiz místico que lo integra todo, simbolismo, surrealismo, voluntad iconómaca, trasgresión iconoclasta de la imaginaría propia de la mejor science-fiction (en efecto, estamos aquí mucho más cerca de 2001 de lo que pudiera parecer)… Si se sabe hallar nos topamos con una revelación de alcance eterno, su considerable profundidad emocional y filosófica está por encima del propio arte del cine. La ambiciosa idea argumental parte del mito: el árbol de la vida (hebreo: Ez chaj’jim), que representa, según la cábala judía, las diez Sefirot, símbolos de las diez emanaciones de la Divinidad, árbol que crece al contrario, de arriba abajo, y que se nutre de Kéter, la fuente de la vida, ergo, The Fountain. Tres tiempos, tres épocas, tres personajes que son seis. En el siglo XVI el conquistador español Tomás, enamorado de la reina Isabel de Castilla, persigue la vida eterna internándose en una pirámide maya que le conduce al árbol que medra en la fuente de la vida. A inicios del siglo XXI el científico Tommy Creo procura el elixir de la vida eterna (como los alquimistas y la Lapis Philosophorum) en la savia de ése árbol, a fin de salvar a su amada esposa Izzi de una muerte segura,  debida a una enfermedad degenerativa. En el siglo XXVI, mil años después del primer relato, en un futuro impreciso, la cúpula celeste está habitada por un monje -¿taoísta?- que amó a Isabel y a Izzi. En los tres casos es un mismo hombre con idéntico rostro (Hugh Jackman), lo mismo que los personajes femeninos (Rachel Weisz, que se enamoró de Aronofsky en el rodaje). El monje es un Todo que se funde con el Todo cósmico. Los astros caen en el árbol. La muerte no existe, el amor le une al cosmos de Isabel, de Izzi, del Todo amoroso. [Aronofsky tardó cinco años en completar esta maravilla estética -los mismos que Kubrick con 2001-]. El esfuerzo de este brillante creador de anáforas audiovisuales es ímprobo. Obra de visión obligada, especialmente para descreídos, cartesianos y materialistas. Quizá transmute su visión del mundo. Si eres espíritu profundo The Fountain es profunda, si eres espíritu simple The Fountain es simple. Cada vez que escucho su música, cuando rememoro sus imágenes ignotas, pareciera que holladas por primera vez, surge algo en mi interior que me conmueve, las lágrimas acuden a mis mejillas y pienso en Izzi helada, tiritando en la bañera hirviendo, en la inmensidad del universo, en la vida como cosmogonía, en el Amor, en la divinidad del Todo. Y eso, ni más ni menos, exactamente eso, es The Fountain.  

Diego Moldes
Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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