La dolce vita

La dolce vita

La dolce vita

Dirección: Federico Fellini (Rímini, Italia, 1920- Roma, Italia, 1993). Guión: Federico Fellini, Ennio Flaiano, Tullio Pinelli, Brunello Rondi. Fotografía: Otello Martelli. Operador: Arturo Zavattini. Música: Nino Rota. Decorados y vestuario: Piero Gherardi. Producción: Angelo Rizzoli, Giuseppe Amato. Intérpretes: Marcello Mastroianni, Anouk Aimée, Anita Ekberg, Yvonne Furneaux, Alain Cuny, Magali Nöel, Walter Santesso, Nadia Gray, Lex Barker, Annibale Ninchi, Polidor, Adriana Moneta, Valeria Ciangottini, Adriano Celentano. Nacionalidad: Italia. Duración: 179 minutos. Título original: La dolce vita. Año: 1959. Blanco y negro.

La dolce vita narra el itinerario vital de un periodista reconvertido en relaciones públicas, Marcello Rubini (Marcello Mastroianni), un provinciano instalado en Roma, bien situado entre la jet-set internacional y romana. Marcello se gana la vida escribiendo en una revista sensacionalista, rodeado de paparazzi (acude con un fotógrafo, al que apoda paparazzo, a los eventos públicos) pero que sueña con convertirse en un escritor serio y prestigioso. A través de diversos episodios vividos por Marcello en la Roma de 1958/1959 el espectador se adentra en el mundo de la alta sociedad romana de la época, el tiempo de la dolce vita, los cafés de Via Veneto, los night-clubs poblados de estrellas de Hollywood en horas bajas, sex-symbols de postín, el advenimiento de los primeros paparazzi de la prensa rosa, las selectas fiestas nocturnas, el mundo del cabaret, la futilidad de la aristocracia, etcétera. El film se estructura en un prólogo y once retablos, auténticos tableaux vivants en los que Fellini capta lo mejor y lo peor de una época, arropados por una música perfecta e inolvidable del maestro Nino Rota.  Prólogo. Unas mujeres toman el sol en un ático, a lo lejos un helicóptero que sobrevuela las afueras de Roma sostiene en el aire con correas una estatua enorme de un Cristo Lavoratore. El helicóptero se acerca a las chicas en bikini y Marcello las saluda desde la cabina. Luego sobrevuelan el Vaticano. Episodio 1º. Presentación de Marcello, que pasa la noche con su amante, la millonaria Maddalena (Anouk Aimée) en casa de una prostituta. Al llegar a casa por la mañana su novia Emma (Yvonne Furneaux) trata de suicidarse con barbitúricos. Episodio 2º. Marcello conoce a la actriz Sylvia (Anita Ekberg), visitan la cúpula de San Pedro en el Vaticano, acuden a una animada fiesta en las termas romanas de Caracalla, huyen tras una discusión con Robert (Lex Barrer), el novio de Sylvia, y amanecen empapados en las aguas de la Fontana di Trevi. Episodio 3º. Marcello entra en una iglesia y se encuentra con su amigo Steiner, el filósofo, escritor e intelectual. Es el espejo en el que mirarse.  Steiner interpreta a Bach en el órgano. Luego invita a Marcello a que le visite a su piso, junto a la familia Steiner. Episodio 4º. Marcello acude al campo a cubrir la noticia de unos niños que aseguran haber visto a la Virgen. Tras una tormenta de lluvia se demostrará que todo era un engaño, un falso milagro. Episodio 5º. Marcello acude con Emma a una fiesta en casa de Steiner, en donde se habla de literatura y pintura. Steiner hace que los invitados escuchen los sonidos de la naturaleza grabados en una cinta magnetoscópica. Las dudas existenciales de Marcello crecen. Episodio 6º. Para tratar de escribir su libro Marcello instala su máquina en un merendero apartado de la playa. La adolescente Paola (Valeria Ciangottini) pone en la juke-box una canción de moda “Patricia”, distrayendo a Marcello. El periodista la contempla y se enamora platónicamente de su rostro, que de perfil le recuerda a las pinturas de las iglesias de Umbría. Episodio 7º. El padre de Marcello visita a su hijo y ambos acuden al cabaret Kit-Kat en compañía de la bailarina Fanny (Magali Noel). Allí escuchan la triste trompeta del payaso Pulidor. El padre tiene una crisis cardíaca. Episodio 8º. Marcello acude a una fiesta en el castillo de Bassano di Sutri, invitado por Maddalena. La nocturnidad distante de los aristócratas y el difícil acercamiento a Maddalena aumentan su crisis vital. Episodio 9º. Marcello y Emma discuten en su descapotable. Marcello no soporta el amor maternal, viscoso, de ella. Ella abandona el coche. Se reconcilian, pero a sabiendas de su relación está rota. Episodio 10º. Sorprendentemente Steiner se suicida, matando antes a sus dos hijos pequeños. A la salida del piso, rodeado de policías, una multitud de paparazzi increpan a un aturdido Marcello que les cuente lo sucedido. Marcello comprende que su trabajo es innoble –chismes, cotilleos, dimes y diretes- pero su deriva es mayor por la pérdida de su referente moral. Episodio 11º. Ha pasado el tiempo, Marcello ya no es periodista, sino un relaciones públicas. Está acabado intelectualmente. En la madrugada, borracho, se divierte en una fiesta en la villa de Fregene, cercana a la playa de Ostia. Anima a su amiga Nadia (Nadia Gray) a que realice un strip-tease al son de la melodía “Patricia”. El ambiente orgiástico aumenta. Se hace de día. Los invitados caminan entre los pinos, rumbo a la playa. En la arena divisan un extraño monstruo marino que han capturado unos pescadores. Marcello divisa a lo lejos a Paola, la chica rubia de la juke-box. Ella trata de decirle algo. Gesticula. Él se acerca pero un brazo de mar le impide aproximarse más. Ella le grita algo, el rumor de las olas impide saber el qué. Marcello le hace señal de que no escucha y la chica insiste. Marcello desiste y se despide con gesto de resignación. Paola sonríe y le hace la señal de despedida con la mano. Fin. Fellini deja clara su visión, pero con un punto hacia la ambigüedad. ¿Marcello no oye o hace que no oye? ¿Su gesto indica que no escucha o que no quiere escuchar? ¿Qué le quería decir Paola? ¿Se enamoró de él en el merendero? ¿Ha perdido Marcello su última oportunidad de enamorar y de enamorarse? Quizá ha dejado escapar el último de un tren hacia la búsqueda de la felicidad, que es el único éxito verdadero de la existencia humana. Como diría Giovanni Papini, se sabe “un hombre acabado”.

Cuando cualquier cinéfilo visita por primera vez Roma la admiración se suele tornar decepción al pasear por Via Veneto; nada es como en La dolce vita. En la Fontana di Trevi tiras la moneda de espaldas y pides un deseo. No se cumple. El escultural cuerpo empapado de Anita Ekberg, con vestido negro largo, de noche, no aparece por ningún lado. Tardas en darte cuenta que La dolce vita no existe. No te lo puedes creer. Sólo existe en la mente de Fellini y, por ende, en la de todos los fellinianos del mundo. O se es de Fellini o no se es de Fellini. Federico no admite medias tintas ni términos medios. O te gusta o no te gusta. Lo mismo que Picasso (a Fellini le gustaba Picasso, y Jung, y Moravia, y Borges). Lo mismo que La dolce vita. O la amas o no la amas. La dolce vita es esa amante nocturna que siempre te acompaña en la lejanía, esa aventura inconclusa que forma parte de tu vida, pues la has soñado, la has vivido. Muchos visionados después, muchos libros de y sobre Fellini más tarde, no han empañado mi opinión sobre La dolce vita que, sin ser la mejor película europea (ni siquiera la mejor de Fellini), es mi película europea más amada, más admirada, más querida. Siento por ella verdadera, absurda, incomprensible adoración. No admito que se hable mal de ella. Al saber que parte de Via Veneto fue reconstruida en el estudio 5 de Cinecittá por el decorador Piero  Gherardi, me siento un poco mejor. Nadie podrá pasearla más. Sólo la visito a través de la maravillosa linterna mágica que un mago sin sombrero de copa creó con un movimiento de su barita. La dolce vita es la antítesis del realismo. Es la visión barroca, excesiva, de un provinciano, hecha por y para provincianos. Cuanto más provinciano se es, como es mi caso, más se sueña La dolce vita. Nunca podrá gustar a alguien criado en la capital, a un romano como Rossellini. Don Roberto ninguneó el éxito de su amigo Fellini y éste, más listo que el hambre, transformó el agravio en elogio: “De todas maneras, cuando Rossellini hizo estas declaraciones sobre La dolce vita, diciendo que es la película de un provinciano, no sabía lo que decía, pues, a mi parecer, definir como provinciano a un artista es la mejor definición que se puede dar de él, ya que la posición de un artista frente a la realidad debe ser justamente la de un provinciano, es decir, que debe sentirse atraído  por lo que ve y al mismo tiempo conservar el distanciamiento de un provinciano. ¿Qué es un artista en realidad? No es más que un provinciano que se encuentra entre una realidad física y otra metafísica.” La dolce vita surge de alguien a quien le fascina la realidad capitalina pero le desagrada su condición mundana, frívola, transformándola en un gran fresco alegórico. Bajo su fascinación supura una crítica mordaz a la alta sociedad, su (falsa) moral, los intelectuales de postín, la nobleza decadente, la iglesia obsoleta, las gentes fracasadas del cine norteamericano que se refugian en la capital italiana…Es sabido por estos y otros motivos La dolce vita causó gran escándalo, siendo denostada por L’Observatore romano, que la tachó de blasfema (por ese motivo la censura española prohibió su exhibición en España, no pudiéndose proyectar hasta la muerte del dictador). El escándalo no impidió que ganase la Palma de Oro en Cannes, en la célebre edición de 1960. No es de extrañar aquel triunfo, los votos decisivos de aquel jurado fueron los del belga Georges Simenon y el norteamericano Henry Miller, dos literatos opuestos a los bienpensantes burgueses. En suma, La dolce vita es un monumento crítico a la banalidad contemporánea, al conservadurismo, a la hipocresía, a la iglesia, a la falsedad de las clases privilegiadas, a la vacuidad intelectual de la modernidad, a la frivolidad actual, en definitiva, al erial cultural de las sociedades de nuestros días.

No hay suficiente espacio aquí para escribir sobre las tipologías femeninas presentes en el film; las mujeres de Marcello: Magdalena, Sylvia, Emma, Fanny,  Nadia…y Paola, la rubia adolescente que nos saluda desde la playa, ángel de las iglesias de Umbría que nos sonríe cálida y que Marcello no escucha, ¿por el rumor de las olas?

 

Federico Fellini

(Rímini, Italia, 1920- Roma, Italia, 1993).

“Y así, al margen de las cálidas veladas de Via Veneto, en agosto de 1958, nació La dolce vita, con la tristísima odisea que me llevó de un productor a otro, de una oficina a la otra, empeñado en la batalla de realizar una película que en los ambientes profesionales consideraban de entrada como un fracaso.”

El aristócrata y escritor español afincado en Francia José Luís de Vilallonga, amigo íntimo de Fellini y actor en algunas de sus películas, afirmó una vez: “Tuve, entonces, el honor y la dicha de escuchar, durante horas, al único auténtico genio que he conocido en mi vida.” Considerando que Vilallonga había compartido entrevistas, mantel y amistad con la flor y nata de la cultura parisina, con artistas del nivel de Picasso, el elogio adquiere su verdadera dimensión. Porque, pese a su éxito comercial, Fellini fue un artista extraño, único, insobornable, con una visión personal del mundo. Existen muy pocos artistas –pintores, escritores, dramaturgos, escultores, cineastas- capaces de crear un universo personal coherente e inalterable. Fellini lo logró y aún hoy, casi quince años después de su muerte, sigue siendo el cineasta italiano más célebre y admirado en todo el mundo. Fellini nace en Rímini, tiene una vida provinciana (aunque él afirmaba que con diez años se unió a un circo ambulante, una de sus muchas fabulaciones) hasta que durante la II Guerra Mundial se enrola en una compañía de teatro itinerante, para la que escribe piezas cortas de corte humorístico. Tras una breve estancia en Florencia se instala en Roma, donde trabaja como dibujante  e ilustrador en el semanario cómico Marc Aurelio. Luego pasa a la radio en donde escribe los seriales cómicos del actor Macario. En el mundo radiofónico conoce a Giulietta Masina, con la contrae matrimonio en octubre de 1943. En el verano de 1944 tienen un hijo que fallece a las pocas semanas de nacer. Fellini monta una tienda de caricaturas “Funny Face Shop” en donde retrata a los soldados norteamericanos que han liberado Roma. Allí, en 1945, le conoce Roberto Rossellini, quien le contrata como ayudante y co-guionista de Roma, cittá aperta. Es el inicio de una carrera como guionista que le llevará a la dirección de su primer film, Luces de variedad (Luce del varietá, 1950), codirigida y coproducida con Alberto Lattuada. A partir de ahí su prestigio no dejará de crecer. Suele dividirse su obra en dos grandes bloques, el pre-La dolce vita y el post-La dolce vita. En ese caso La dolce vita funciona como obra-bisagra entre la herencia neorrealista de sus films de los años cincuenta (fuerte crítica social, estudios tipológicos de las clases populares, la fantasía como elemento de huída de la realidad) y los posteriores a 1960, en los que el componente autobiográfico barroco es mayor. Entre los primeros se sitúan la citada Luces de variedad, El jeque blanco (Lo sceicco bianco, 1952), Los inútiles (I vitelloni, 1953) –León de Plata en Venecia-, el episodio Un’agenzia matrimoniale del film colectivo L’amore in cittá (1953), La Strada (1954) –Oscar al Mejor Film Extranjero-, Almas sin conciencia (Il Bidone, 1955) y Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957) -Oscar al Mejor Film Extranjero-. Todos son obras maestras absolutas. La segunda etapa, más personal y más vasta, pero no necesariamente mejor, se inicia con el episodio Las tentaciones del doctor Antonio (Le tentazioni del dottor Antonio) del film colectivo Bocaccio 70 (1962), Ocho y medio (8 ½, 1963)- Oscar al Mejor Director-, Giulietta de los espíritus (Giulietta degli spiriti, 1965), el episodio Toby Dammit del film colectivo Historias extraordinarias ((Histoires extraordinaires / Tre passi nel delirio, 1968), Block-notes de un regista (1968), Satiricón (Fellini Satyricon, 1969), Los clowns (I clowns, 1970), Roma (1972), Amarcord (1973) –Oscar al Mejor Film Extranjero-, Casanova (1976), Ensayo de orquesta (Prova d’orchestra, 1978), La ciudad de las mujeres (La cittá delle donne, 1979), Y la nave va (E la nave va, 1983), Ginger y Fred (Ginger e Fred,  1986), Entrevista (Intervista, 1987) y La voz de la luna (La vocce della luna, 1989). En suma, un corpus fílmico único en la Historia del Cine.

 

Marcello Mastroianni

(Fontana, Liri, Frosisnone, Latium, Italia, 1924-París, Francia, 1996).

“Para mí actuar es como hacer el amor. Mientras lo hago disfruto y cuando se acaba espero poder repetir.”

¿Qué se puede escribir que no se haya escrito ya sobre Marcello Mastroianni? Galán italiano o latin lover son tópicos periodísticos que él siempre detestó. Al margen de su vida mundana o sus amores –Faye Dunaway, Catherine Deneuve, etc.- Mastroianni es historia inseparable del cine italiano y su actor más importante junto a Vittorio Gassman. Su amigo Gassman era un hombre de teatro metido a actor de cine (¡y qué actor!),  Mastroianni en cambio era un animal cinematográfico puro, el cine era su medio natural. Hijo de campesinos emigrados a Roma cuando Marcello tenía diez años, estudia Arquitectura y es en el teatro universitario donde se aficiona a la interpretación. Debuta como secundario en 1939 en un film olvidado de Carmine Gallone y luego trabaja con Blasetti, Camerini y De Sica, pero su carrera no tiene continuidad por ser apresado por los nazis y enviado a un campo de concentración, del que escapa. Regresa a Roma en 1945 e inicia una trayectoria como secundario en las grandes comedias de los años cincuenta. Luchino Visconti se fija en él y lo incorpora a su compañía teatral, la más importante de Italia. Así interviene en montajes escénicos de Tennesse Williams, Arthur Miller, Goldoni, Chéjov… Mastroianni siempre afirmó que ahí fue donde se formó como actor. Luego vendría su éxito como actor de cine, su reconversión en estrella internacional a partir del suceso de La dolce vita y su deslumbrante filmografía. Trabaja con casi todos los grandes del cine italiano: Risi, Lizzani, Monicelli, De Sica, Visconti, Fellini, Blasetti, Camerini, Bolognini, Pietrangeli, Antonioni, Ferreri, Castellani, Lattuada, Comencini, Wertmuller, Corbucci, Scola, Cavani… Y también con cineastas extranjeros de primera fila: Malle, Young, Polanski, Boorman, Demy, Angelopoulos, Mikhalkov, Sándor, Varda, Altman o Raúl Ruiz. Más de 130 películas en casi sesenta años de profesión. Mastroianni tenía un atractivo innato, un modo de mirar, de gesticular y de moverse, y aunque sus papeles brillantes se multiplicaban nadie como Fellini supo extraerle la magia de su ser, la intemporalidad de su existir. (Acaso también en sus interpretaciones con Sophia Loren, en donde se le veía en su salsa). Con su amigo íntimo Fellini (¿alter ego?) rodó La dolce vita, Ocho y medio, La ciudad de las mujeres y Ginger y Fred, además del documental Block-notes de un regista en el que hacía de sí mismo. Pero por encima de su cine, el documental de Manoel de Oliveira Viagem ao princípio do mundo (1996), rodado en el norte de Portugal pocos meses antes de su muerte, nos descubre al hombre, su sencillez de formas y una humanidad impropias de una de las más grandes estrellas que nos ha legado el cine.

 

Anita Ekberg

(Malmö, Skane, Iän, Suecia, 1931)

“Estoy muy orgullosa de mis pechos como toda mujer debería estarlo. No es obesidad congénita. Es feminidad.”

A Fellini siempre le gustaron las mujeres rotundas, de curvas pronunciadas, altas, gruesas, de culo ancho, caderas prominentes y grandes pechos. Anita Ekberg apareció en su filmografía cuando tenía que aparecer. Él se encargó de convertir a una señora vulgar en una diosa escandinava que alimenta la libido de todos los machos latinos, incluido su querido Marcello. Anita representa la máxima expresión de la feminidad, la mujer en estado puro, la sexualidad desbordante salida de una fuente como culminación de un proceso erótico inigualable. La suma del erotismo explícito de las formas femeninas, la elevación al cubo de un deseo sexual de raíz infantil. Sueca de nacimiento, de verdadero nombre Kerstin Anita Marianne Ekberg, gana el concurso de Miss Suecia 1950 lo que le abre las puertas (traseras) de Hollywood. Firma un contrato con la RKO de la mano del magnate, productor y cineasta Howard Hugues pero la cosa se queda en nada. Su figura es deslumbrante, metro setenta de altura, grandes pechos, piernas anchas pero también largas, interminables, ojos felinos y una cabellera rubia que rompe corazones. Durante los años cincuenta hace papeles sin importancia en películas de segunda fila y en televisión, hasta que King Vidor le da un papel destacado, el de Helena en Guerra y paz (War and Peace, 1955), magistral adaptación de la novela de Tolstoi rodada en Italia bajo producción de Dino de Laurentiis y Carlo Ponti. Su carrera se relanza y rueda nueve films en Hollywood. En 1959 protagoniza Bajo el signo de Roma (Nel segno di Roma, de Guido Brignone), peplum italiano rodado en Croacia que la introduce en el cine transalpino. Fellini se fija en ella y le da el papel de Sylvia en La dolce vita, en donde alcanza su máxima expresión artística. Con Fellini volverá a trabajar en el episodio Las tentaciones del doctor Antonio (Le tentazioni del dottor Antonio) del film colectivo Bocaccio 70 (1962) y aparecerá también en I clowns (1970). El éxito de La dolce vita  le permite trabajar con Robert Aldrich en Cuatro tíos de Texas (4 for Texas, 1963), en donde comparte cartel con Frank Sinatra, Dean Martin, Ursula Andress y Charles Bronson. También estuvo a punto de trabajar para Bo Widerberg en la que pudo haber sido su primera película sueca: Amor 65 (Kärlek 65, 1965) pero Anita Ekberg se negó tachando de amateur a Widerberg. Quizá no estaba hecha para el cine de autor. Su carrera languideció con subproductos europeos (coproducciones italianas, españolas, alemanas…) que no aportaron nada a su fama, más bien todo lo contrario.

 

Anouk Aimée

(París, Francia, 1932)

“Sólo puedes apreciar la belleza real de alguien cuando se hace mayor.”

Nacida Françoise Sorya Dreyfus, hija de actores, Anouk Aimée se educa a caballo entre París y Londres. En 1945, con trece años, comienza a estudiar danza y arte dramático con René Simon y al año siguiente realiza La maison sous la mer, de Henri Calef, aunque su primer papel importante es el de Julieta en la adaptación shakespeariana Les amants de Vérone (1948), de André Cayate. Su dominio del inglés le permite trabajar en el Reino Unido (La salamandra de oro, Contrabando) y EEUU (Rojo atardecer), aunque sin descuidar su carrera en Francia, donde poco a poco va haciéndose con un nombre, trabajando con Astruc, Duvivier o Decoin. Pronto llegarán sus obras más importantes en papeles inolvidables, la de amante de Modigliani en Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19, 1958), de Jacques Becker y La cabeza contra el muro (La tête contre les murs, 1959), de Georges Franju. Dos obras maestras que despertaron el interés de Fellini que en 1959 la contrata para La dolce vita. Fellini, satisfecho, volvería a requerir los servicios de la Aimée en Ocho y medio, preso de la elegancia natural de la actriz, su pose aristocrática, su mirada inteligente, sus ojos de gacela, su cuello esculpido en mármol, su cuerpo grácil, etéreo. Desde La dolce vita Anouk Aimée se introduce en el cine italiano, actuando en films de De Sica, Risi, Vancini, Bellocchio o Bertolucci, entre otros, al tiempo que realiza una itinerante carrera internacional con producciones norteamericanas como Sodoma y Gomorra (Sodom and Gomorrah, 1962), de Robert Aldrich y Sergio Leone, o Justine (1969), de George Cukor, que adaptó sin éxito el primer volumen de la excepcional tetralogía novelesca de Lawrence Durrell, “El cuarteto de Alejandría”. Pero Aimée no deja de lado su carrera en Francia, en donde triunfó con la fenomenal ópera prima de Demy, Lola (1961), y sobre todo con Un hombre y una mujer (Un homme et une femme, 1966), epítome del romanticismo fílmico-musical de la época dirigida por Claude Lelouch. Luego vendría Una noche, un tren (Un soir, un train, 1968), del intelectual belga André Delvaux y una carrera zigzagueante que alterna obras interesantes con otras fallidas. Casada en cuatro ocasiones, tuvo un hijo con su segundo marido, el director Nikos Papatakis (originario de Etiopía de padres griegos, pero criado a caballo entre el Líbano y París), aunque su cónyuge más famoso fue el actor inglés Albert Finney.

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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