King Kong

King Kong

King Kong

** Interesante

A inicios de los años treinta el popular escritor londinense Edgar Wallace (1875-1932) aporta una idea argumental que es la génesis básica de King Kong (1933). Wallace nunca verá concluida la película porque fallece en Hollywood un año antes del estreno. Merian C. Cooper (1893-1973) y Ernest B. Schoedsack (1893-1979), un perfecto dúo cuya filmografía conjunta como productores-directores y guionistas es digna de revisión -más allá de King Kong– brindó a la historia del cine de unos de sus títulos más míticos. Convertida en icono de masas la criatura del gorila gigante fue creada por el mago de los efectos especiales Willis H. O’Brien (1886-1962) –padre espiritual del gran Ray Harryhausen- y aún hoy sorprende por su audacia y originalidad, aunque visualmente se vea antigua (que no anticuada). Schoedsack, que provenía del género documental, se encargaba más de labores de dirección y Cooper de las de producción. A raíz del éxito de King Kong Schoedsack y Cooper rodaron enseguida El hijo de Kong (The Son of Kong, 1933) y, años después Schoedsack ya en solitario lo retomó en  El gran gorila (Mighty Joe Young, 1949). Cuando parecía un fenómeno olvidado Dino de Laurentiis produjo una relectura del mito: King Kong (1976), dirigida por John Guillermin y protagonizada por una erótica Jessica Lange. Justo treinta años más tarde el neozelandés Peter Jackson (Pukerua Bay, North Island, Nueva Zelanda, 1961), famoso autor fílmico de la espléndida trilogía tolkiniana El señor de los anillos, decide volver al recurrente tema del gorila y la muchacha, el mito de la bella y la bestia, puesto en negro sobre blanco en el celebérrima y metafórico cuento de madame Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (1711-1780; de la que el poeta Jean Cocteau dirigió una imaginativa versión, La belle et la bête, 1945). El King Kong de Jackson, producida por él mismo y por Universal Pictures, ha sido la película más cara de la historia del cine hasta hoy, más de cien millones de dólares (Más que Titanic, por ejemplo, o que el PIB de algunos países asiáticos o africanos). Pero… ¿era necesario meterse en semejante berenjenal? Afirma Jackson que el viejo Kong en blanco y negro marcó su infancia y de él surgieron sus ganas de hacerse director. Muy loable. Entrañable. ¿Pero por qué emplear tres horas y media para una historia que en 1933 se había contado en una hora y cuarenta minutos? ¿Aporta algo diferente a la historia? No. Mayor espectacularidad, eso sí. Pero tú no puedes emplear casi dos horas en espectacularidad, luchas y efectos especiales. Por muy bien hechas que estén. Y lo están. Los actores parecen bastante anonadados ante tal despliegue técnico, Naomi Watts no está muy suelta en el papel de la heroína Ann Darrow y carece de la carga erótica que descubriera en ella David Lynch en Mullholand Drive (2001), a Carl Denham le sobran tics gestuales como el alocado y ambicioso productor Jack Black, quizá le viene grande el papel… Adrien Brody y Thomas Kretschmann merecen comentario aparte. Tanto el judío neoyorquino como el actor alemán fueron descubiertos al mundo por Polanski en la obra maestra El pianista (2002). Jackson, cinéfilo empedernido, debió creer que repetirían las magníficas interpretaciones de aquella maravilla, pero los suyos más que desaciertos interpretativos son errores de casting, ni Brody encarna el tipo de galán romántico que debiera caracterizar al Jack Driscoll del film, ni Kretschmann, con su aspecto sano, encaja como capitán Englehorn, un aventurero y lobo de mar. Pese a todo y con sus altibajos, como gran espectáculo que es King Kong se deja ver, la ágil puesta en escena de Jackson arropada por una trepidante música de James Newton Howard hacen de este arriesgado remake una obra entretenida. Sin mayores pretensiones.

Diego Moldes
Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

No hay comentarios

Escribe un comentario aqui...