
21 Feb KILL BILL Vol.1. y Vol.2.
*Mala
Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, 1963), había escrito y dirigido tres excelentes largometrajes, Reservoir Dogs (1991), Pulp Fiction (1994) y Jackie Brown (1997). Tras seis años de espera hemos visto Kill Bill, Vol. 1, debiera decir padecido pues no sólo es infinitamente peor que los anteriores sino que, a mi juicio, es la mayor decepción del cine estadounidense en muchos años. Recuerdo una cita de Miguel Anxo Fernández a propósito de Pulp Fiction en la que afirmaba que a Tarantino no le saldría otro film igual ni yendo a Lourdes. Lo creí entonces y lo veo corroborado ahora, porque efectivamente ni un milagro salvaría a Kill Bill de la quema, pues decir que es un bodrio sería ser benévolo. Vi el film en el extranjero, muchos meses antes de su estreno en España: durante la proyección se sucedían inefables reacciones contradictorias, algunos, los pocos, reían esporádicamente ante tal cantidad de gilipolleces desfilando ante sus impertérritas retinas, otros, los menos, salían del cine en el primer tercio del film, aquellos, los más, se limitaban a abrir bocas, ojos y orejas tratando desentrañar lo que (no) estaban asimilando. ¿Qué nos ha querido contar Tarantino si es que ha querido contarnos algo? Francamente, no lo sé. Da pena que alguien con su talento pierda el tiempo con esta comedia bufa, burla y engendro malintencionado del cine de samuráis (¡hay!… si Mizoguchi y Kurosawa levantaran la cabeza…) pastiche de subcultura pop, cómic, videoclip estilo MTV, videojuego, artes marciales, spaguetti-western, comedia, cartoons de Tex Avery, thriller de acción, drama vengativo, parodia de todo lo anterior, parodia de la serie B setentera, parodia de los telefilms y serials televisivos de los ochenta, parodia del cine paródico y, ¡uf! por fin, ¡ last but not least, parodia del propio Tarantino. Imaginen que el chef de un restaurante elabora un plato mezcla de diecisiete platos y siete postres diferentes, ustedes se lo comen y lo vomitan. Volver a comerse ese vómito, mezcla de tantos platos, sería más gratificante que ver esa mixtura genérica y de anti-ideas que responde al nombre de Kill Bill. ¡Qué desperdicio de talento! Hasta tiene el mal gusto de regocijarse con el dolor ajeno, la sangre y la violecia y hacer chistes con las violaciones que sufre, reiteradamente durante cuatro años, una mujer en coma. Pero alguien se preguntará, ¿Qué tiene de bueno el film? Algunas cosas. La grandiosa interpretación de Uma Thurman, que encarna a esa mujer, buena y variada música (la banda sonora se vende bien), la graciosa secuencia del bar de Okinawa entre Hattori Hanzo (Sonny Chiba) y Black Mamba (Uma Thurman) y algunos planos bien rodados, especialmente los coreografiados por Wo Ping (responsable de escenas similares en Matrix y Tigre y dragón).
El ex enfant terrible -ya cuarentón- estrenó una segunda parte: Kill Bill, Vol. 2. Que dios nos asista. Los hermanos Weinstein, de Miramax, decidieron producirle el film, pero no le dejaron estrenar un montaje de más de tres horas. ¿Solución? Estrenarlo en dos partes. Como la primera mitad no tiene final, se interrumpe bruscamente por la mitad del argumento, obliga a los espectadores que quieran saber como termina a pasar dos veces por taquilla, lo cual implica reconocerle a Tarantino & Weinstein un gran olfato comercial. Su éxito es fiel reflejo de la subcultura ágrafa imperante.
Llamar a “esto” que ha parido Tarantino una tomadura de pelo es quedarse muy, muy corto.
No hay comentarios