Irma la dulce

Irma la dulce

Irma la dulce

“En este mundo en que vivimos el amor es ilegal, pero el odio no.”

(Moustache, el camarero, interpretado por Lou Jacobi).

 

Aunque resulte extraño o incluso no creíble, al Billy Wilder espectador no le entusiasmaba el género cómico, o eso decía él, le gustaban películas serias de directores serios: Eisenstein, Erich von Stroheim, John Ford, King Vidor, Jean Renoir o De Sica se contaban entre sus cineastas de cabecera. Una década antes de filmar Irma la dulce Wilder enumeró sus diez películas favoritas, en una entrevista publicada en 1952, sólo dos de esas diez eran comedias: La quimera del oro (1924), de Chaplin y Ninotchka (1939) de su maestro Lubitsch (escrita por el propio Wilder y su amigo Charles Brackett).  ¿Por qué, entonces, filmó tantas comedias? Simple y llanamente porque era El Mejor. Se le daba mejor que bien, se le daba genial. Tenía un touch inexplicable, un humor internacional y apátrida, que hacía que sus guiños cómicos se entendiesen igual en Norteamérica que en Europa, en Latinoamérica que en Asia. Donde fuese. Por eso, aunque casi la mitad de sus films no son comedias, Wilder ha pasado a la Historia del Cine y al imaginario popular por sus comedias, una quincena de obras maestras, de entre las cuales, sobresale, sin ninguna duda, Irma la dulce. Quizá no alcance las cotas geniales de comedias cumbre del género, como Con faldas y a lo loco, El apartamento o Bésame, tonto, pero está a la altura de otras memorables como En bandeja de plata, Uno, dos, tres o Primera plana y desde luego supera a su última comedia, Aquí, un amigo, su canto de cisne. Irma la dulce es una comedia romántica en la línea de Avanti! (obviemos el estúpido título con el que se estrenó en España) y no sólo por la presencia de Jack Lemmon como protagonista. La diferencia entre Irma la dulce y Avanti! no es tanto de tono (bastante cáustico en ambas), como de ambientación, pues la primera se trata de un irreal París reconstruido con encanto en el Estudio Samuel Goldwyn –por obra y gracia del gran Alexandre Trauner, que además de diseñador de los decorados ejerció de productor ejecutivo– y la segunda se filmó en escenarios naturales de la costa sur italiana. Además de eso Irma la dulce cuenta con una Shirley MacLaine en estado de gracia (en un papel que iba a ser para Marilyn Monroe, que no pudo aceptar por problemas de agenda), mientras que Avanti! se debe contentar con una actriz inglesa correcta pero sin genio, una Juliet Mills algo más insulsa, atractiva pese a estar algo entrada en carnes, pero sin la comicidad de la hermana de Warren Beatty (aunque, por el contrario, nos muestra el primer desnudo integral en el cine de Wilder, subida la Mills en una roca como dios la trajo al mundo).

Si en Avanti! la visión turística italiana era la de un estadounidense prototípico (es decir, adúltero), en Irma la dulce es la visión de París de un extranjero, cruce casi fantástico entre la visión que los norteamericanos tienen de la capital del Sena y la propia de un judío austriaco que vivió y filmó allí (su ópera prima, Curvas peligrosas, recordemos, cuando los nazis subieron al poder en 1933) y treinta años más tarde trata de recordar como era aquel París. Un París que, como la Roma de Fellini o el Nueva York de Woody Allen, no existe más que en su imaginación. Y esa es la magia de Irma la dulce. Porque si cuando vemos París en una película en seguida sabemos si ha sido filmada por un francés o un estadounidense (el punto de vista difiere notablemente), filmada y soñada por Wilder, un expatriado, ese París cobra un cariz mágico, sí, casi alucinado.

Cuando, muchas décadas más tarde, en 1999, el crítico y director Cameron Crowe le preguntó a Wilder por Irma la dulce, un enorme éxito de taquilla que había costado cinco millones de dólares y recaudó más de veinticinco sólo en Estados Unidos (fue la quinta película norteamericana más taquillera de 1963), el director se seguía mostrando reticente hacia el film: “Era una pequeña película de época, situada en los años veinte o así. Y también era una especia de musical. Pero me equivoqué. Era demasiado grosera en algunas escenas. No quedó bien. Siempre hay algo que queda raro cuando la película transcurre en un país extranjero y los personajes no hablan en ese idioma. Y era insoportable oír a Lemmon o MacLaine hablar inglés con acento. Es  falso. No queda bien.”[1] Más adelante, añade Crowe, magnánimo: “Wilder califica esta película de un error, pero el público la convirtió en uno de sus mayores éxitos. […] La película es grosera y colorista, rápida, relajada y más sexy y encantadora de lo que el director desea reconocer. Su desilusión procede, quizá, de la violación de un código personal: no incluir nunca personajes extranjeros en un país extranjero con acento americano. Nota curiosa: Brigitte Bardot [tras la renuncia de Marilyn Monroe] probó que la probasen, para ser la protagonista, pero Wilder prefirió a Shirley MacLaine, que pocas veces ha estado más seductora. ‘Debería haberse quedado como obra de teatro’, la desecha Wilder. Y no lo dice por polemizar.”[2] Respecto a Shirley MacLaine haciendo de Irma la Douce, creo que es la interpretación suya que más me gusta, inolvidable paseándose por la acera con esas medias verdes inconfundibles, que también muestra en la secuencia en la que baila sobre el tapete de la mesa de billar y, más adelante, cuando se desviste para Nestor en la habitación y el espectador descubre a la vez que el personaje que su sujetador también es verde, a juego con las medias. Nunca estuvo más sexy. Sobre la obra de teatro musical, que no conozco, poco que decir. Las críticas sobre el machismo del argumento son cuando menos discutibles, si consideramos que la música de la misma fue compuesta por una mujer francesa, Marguerite Monnot (1903-1961), compositora de muchas canciones de la gran Édith Piaf, ambas feministas declaradas. Marguerite Monnotv transformó el texto Les Harengs terribles, del dramaturgo galo Alexandre Breffort (1901-1971) en un gran musical, poblado de canciones impactantes, , convirtiéndolo en un éxito absoluto, tanto en su estreno parisino en el Théâtre Gramont (12.11.1956) como en el londinense en el Lyric Theatre del West End (17.07.1958) dirigido por el reputado Peter Brook. La adaptación inglesa fue rescrita por Monty Norman, Julian More y David Heneker, alcanzado un éxito aún mayor, ¡con 1.512 representaciones! Era lógico que llegase a América. El 29 de septiembre de 1960 se estrenó en Nueva York, en el Plymouth Theater de Brodway, con los mismos actores, Keith Michell como Nestor y Elizabeth Seal como Irma la Douce. Superó las quinientas representaciones en año y medio. En seguida sus derechos cinematográficos fueron adquiridos por la productora independiente The Mirisch Company, formada por los tres hermanos Mirisch –Harold Mirisch (1907-1968), Marvin Mirisch (1918-2002) y Walter Mirisch, nacido en 1921 y que acaba de cumplir los 94 años de edad–[3]. Ellos fueron los que eligieron a Diamond y Wilder para que la adaptasen (y firmar un acuerdo de distribución con United Artists). Y, como es lógico, su tono cambió. Se hizo menos francés, menos musical y de un humor mucho más corrosivo y retorcido. “Un humor ácido de claro origen judío”, afirma Augusto M. Torres en la entrada de Wilder en su monumental Diccionario Cine Espasa, la frase sirve para sintetizar y describir perfectamente el humor de Irma la dulce, pero también es un humor similar al de otros cineastas y guionistas judíos askenazíes: Lubitsch, Cukor, los hermanos Mankiewicz, Mel Brooks, Woody Allen, los hermanos Coen…pasando por actores cómicos de origen hebreo como los hermanos Marx o Peter Sellers, entre otros. Mucho se ha escrito sobre el humor judío, sin que en España aún no lleguemos a comprenderlo del todo. Irma la dulce es una buena muestra de ello. Pensemos en escritores judíos como Kafka, Schulz, Kosinski o Topor. A menudo recurren, como Wilder[4], a la fábula, trufada de lo absurdo casi grotesco, del erotismo malicioso y de, y ésta es la clave, la inverosimilitud. Y paradójicamente, por medio de lo inverosímil, llegan a no sólo a lo creíble, sino a la Verdad, con mayúscula. La soledad y el amor, como circunstancia y búsqueda del individuo contemporáneo, sumido en una urbe que le es ajena. Ése es el retrato del hombre contemporáneo. Y de la mujer, que prostituye su vida para poder salir del pozo en la que el machismo y la misoginia la ha hundido. El amor y la soledad, como temas centrales de su cine, pocas veces tan bien reflejados como en Irma la dulce (acaso en El apartamento, curiosamente, o no, con la misma pareja protagonista). El humor judío es de una acidez especial (su coguionista y coproductor, I.A.L Diamond, era un judío rumano llamado en realidad Iţec Domnici, cuyo sentido del humor  era aún más corrosivo y judaico que el del propio Wilder. Juntos hicieron once películas.). Veamos un ejemplo conocido de chiste judío para ilustrarlo: “Ahh… las madres judías, ¿Y las tías judías? Cómo hacer que la gente deje de incordiarte con ¿cuándo te vas a casar? Mis tías solían acercarse a mí en las bodas, dándome golpecitos en las costillas y diciendo: Eres el siguiente… Dejaron de hacerlo cuando yo empecé a hacer lo mismo en los funerales.” El humor judío es descreído, irónico, amargo, antisocial, individualista y, en ocasiones, incluso pesimista; pero sobre todo es, por definición histórica (producto de la diáspora y el gueto milenarios), muy subversivo, como lo era el teatro de Brecht, como lo es el cine de Wilder. E Irma la dulce, a poco que se escrute en ella, es tremendamente subversiva. Lo cual no implica que sea obra de tesis, ni mucho menos. Es divertidísima. Fue el mismo Bertold Brecht quien dijo: “El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento.” ¿Existe mejor definición para el cine de Wilder y para Irma la dulce? Samuel Wilder Dittler era además un cosmopolita, por vivencia y por vocación; su itinerario, como el de tantos otros judíos europeos fue de Este a Oeste: Polonia-Viena-Berlín-París-Hollywood. Cosmopolitismo. Otro concepto clave para comprender en profundidad una película en apariencia inocua como Irma la dulce, pero que contiene infinitas referencias, guiños, temas, formas y actitudes que sólo alguien tan agudo, tan viajado, como Wilder es capaz de desarrollar sin caer en el bostezo, antes bien, integrándolo en una obra sumamente entretenida. Además, Irma la dulce tiene otra cualidad genuinamente wilderiana: es apasionadamente nostálgica. La historia de una puta soñadora que se enamora de un gendarme soñador en un París soñado. Chulos, matones, gendarmes, camareros, travestismos, disfraces, mascaradas… todos los bajos fondos grotescos de una comedieta musical francesa (hoy olvidada), rescatada y transformada en clásica comedia romántica con tintes dramáticos por Wilder, a quien, por cierto, no le gustaban nada los musicales (ralentizan la acción, decía siempre el añorado Billy). Desconozco el musical original francés, pero la adaptación que hizo el compositor André Previn  (Berlín, 1929) de los números musicales de Marguerite Monnot son excelentes, aunque es cierto que alargan demasiado el metraje (casi dos horas y media, para una trama que se podía contar en 100 minutos). Previn logró el Oscar a la Mejor Banda Sonora Adaptada. También estuvo nominado a la Mejor Fotografía en Color el gran cinematographer Joseph LaShelle (1900-1989), que ya lo había ganado por Laura (en blanco y negro), pero lo obtuvo Leon Shamroy por Cleopatra (J. L. Mankiewiz, 1963). También estuvo nominada al Oscar a Mejor Actriz Shirley MacLaine, que venía de ganar el Globo de Oro, pero perdió, injustamente, ante Patricia Neal que lo logró por su papel de Alma Brown en Hud, el más valiente entre mil (Hud, 1963), de Martin Ritt, protagonizada por Paul Newman.

Historia de l’amour fou sui géneris, Irma la dulce cuenta con un guión perfecto que cubre imperceptiblemente el exceso de metraje, y con una pareja de protagonistas inconmensurable. Jack Lemmon está superlativo en su triple papel de gendarme, de falso chulo y, sobre todo, de falso Lord inglés -¡ojo a ese parche desternillante!- surgiendo impecablemente trajeado de debajo de la acera a través de una plataforma mecánica (idea original). En plena era Kennedy, cuando las costumbres aún no se habían liberado del todo en Estados Unidos y la contracultura estaba a pocos años de insertarse en la sociedad y en los medios de masas, Irma la dulce tuvo una gran acogida de público y una nefasta de la crítica, tanto de la prensa general como la especializada. Wilder tuvo las críticas más duras de su ya larga carrera (sorprendente, pues venía de estrenar sus dos mayores éxitos, Con faldas y a lo loco y El apartamento) y la obra fue atacada sin piedad por machistas y por feministas, por moderados y por radicales, por progres y por carcas, merced a su tratamiento de la cuestión sexual y la prostitución. Hirió a Tirios y Troyanos. El papel de una puta guapa liberada como la MacLaine, que no sólo no se avergonzaba de su profesión sino que hacía gala de ella mediante una sexualidad exacerbada (y adelantada a su tiempo), no sentó nada bien ni entre los sectores (falsamente) progresistas (y en el fondo bastante hipócritas) ni, desde luego, entre los más retrógrados conservadores. Para muestra el desaparecido tabloide New York Morning Telegraph, que publicó su crítica, furibunda, durísima e inmerecida: “el espectáculo más vulgar, vergonzoso y repugnante del año, un ejercicio impúdico y ridículo de pornografía más adecuado para un prostíbulo que para su exhibición.” Queda claro que no se debe invitar a caviar a cualquiera.


Título original: Irma la Douce. Producción: Edward L. Alperson, I. A. L. Diamond, Doane Harrison, Billy Wilder y Alexandre Trauner. Dirección: Billy Wilder. Guión: Billy Wilder e I. A. L. Diamond, basado en la comedia musical del mismo nombre de Alexandre Breffort. Fotografía: Joseph LaShelle. Música: André Previn y Marguerite Monnot. Dirección artística: Alexandre Trauner. Intérpretes: Jack Lemmon (Nestor Patou), Shirley MacLaine (Irma la dulce), Lou Jacobi (Moustache), Bruce Yarnell (Hyppolyte), Herscxhel Bernardi (inspector Kefevre). Duración: 147 min.

[1] CROWE, Cameron (2012), Conversaciones con Billy Wilder [Trd. María Luisa Rodríguez Tapia: Conversations with Wilder, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1999], tercera edición, Alianza Editorial, Madrid, p. 119.

[2] Op. Cit. P. 421-422.

[3] Autor de unas memorias que deberían publicarse en español, pues abarcan más de sesenta años dedicados al cine: MIRISCH, Walter (2008), I Thought We Were Making Movies, Not History, University of Wisconsin Press, Madison, Wisconsin. Infatigable, el mítico productor, con más de noventa películas realizadas y que debutó en la temporada 1946/47, ha anunciado que quiere rodar una nueva versión de La pantera rosa (The Pink Panter).

[4] Como Buñuel, Wilder, lector voraz y periodista en sus inicios, se consideraba más un escritor que dirigía que un cineasta que escribía, por eso hizo poner en su lápida: “I’M A WRITER BUT THEN NOBODY’S PERFECT”.

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

No hay comentarios

Escribe un comentario aqui...