
20 Mar El espíritu de la colmena
Título original: El espíritu de la colmena
Producción: Elías Querejeta (España, 1973).
Dirección: Víctor Erice.
Guión: Víctor Erice y Ángel Fernández Santos.
Fotografía: Luís Cuadrado (Color).
Música: Luís de Pablo.
Montaje: Pablo G. del Amo.
Diseño de producción: Primitivo Álvaro.
Dirección artística: Jaime Chavarri.
Intérpretes: Fernando Fernán Gómez (Fernando), Teresa Gimpera (Teresa), Ana Torrent (Ana), Isabel Tellería (Isabel), Laly Soldevilla (doña Lucía), Miguel Picazo (médico), José Villasante (Frankenstein) y Juan Margallo (fugitivo).
Duración: 97 min.
“En un lugar de la meseta castellana, hacia 1940…” Con este rótulo comienza la narración. Dos niñas pequeñas, Ana y su hermana mayor Isabel, viven con sus padres Teresa y Fernando en una casa apartada de un pueblo castellano. Fernando, hombre solitario y amargado, vive obsesionado como apicultor, preocupado de sus abejas para producir miel, mientras Teresa escribe cartas a su amor perdido durante la guerra. Apenas hay comunicación entre ambos. Un día las niñas acuden al cine del pueblo a ver El Doctor Frankenstein y Ana, la más imaginativa, comienza a obsesionarse por la figura del monstruo. Una mañana se encuentra a un fugitivo herido, oculto en una caseta y lo toma por el espíritu del monstruo de la película. Pero será descubierto por Fernando y entregado a las autoridades. Sin embargo Ana, cautivada por aquella imagen, huye y desaparece, y mientras todo el pueblo parte en su búsqueda, en medio de la noche, junto al río e iluminada por la luna, la niña ve o cree ver al monstruo de Frankenstein.
Lo diremos simple y claro: la ópera prima de Víctor Erice (Carranza, Vizcaya, 1940) es, a nuestro modesto entender, la mayor obra maestra de la Historia del Cine español. Aunque El espíritu de la colmena (1973) fue su primer largometraje, Erice ya tenía una década de experiencia como cortometrajista – dirigió cuatro cortos: En la Terraza (1961), Páginas de un Diario (1962), Los días Perdidos (1963) y Entre Vías (1966) – y había realizado el Segmento 3 del importante largometraje Los desafíos (1969). Su obra es escasa, tres largometrajes en los veinte años transcurridos entre 1973 y 1992: El espíritu de la colmena (1973), –Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián de 1973–, El sur (1983) y El sol del membrillo (1992). Pero a diferencia de Malick o Cocteau (que dejaron de dirigir cuando y porque quisieron), el caso de Erice es más sangrante y adquiere tintes casi trágicos: no filma porque no puede, la industria del cine español le ha dado la espalda durante otros tantos veinte años. Y ya parece resignado a no hacerlo nunca más. Entre sus muchos proyectos frustrados figura la segunda parte de El sur, también sobre un relato de la que por entonces era su compañera sentimental, la escritora Adelaida García Morales, que Elías Querejeta no pudo producir; y, sobre todo, El Embrujo de Shanghai, que se frenó por desavenencias con Andrés Vicente Gómez (que finalmente dirigió Fernando Trueba en 2002, pero un guión diferente sobre la novela de Juan Marsé, mientras que en 2001 Erice, molesto o frustrado, publicaba en forma de libro su guión novelado). Mientras, Erice ha vivido de la realización publicitaria, con algunas incursiones en el cine, caso del segmento Preguntas al amanecer (1995), incluido en el largo Celebrate Cinema 101, Alumbramiento (2002), episodio de otro film colectivo titulado Ten minutes older: the Trumpet (2002), o el mediometraje, La morte rouge (2006), con motivo de la exposición Erice. Kiarostami. Correspondències (Barcelona, 2006), sobre la correspondencia –audiovisual– con el célebre cineasta iraní. Cuantitativamente una producción muy escasa si tenemos en cuenta que Erice ya es septuagenario y que realizó su primer corto hace ya medio siglo. Un genio incomprendido. Un poeta.
El espíritu de la colmena ha sido profundamente estudiada, en diferentes idiomas, por múltiples autores y desde diversas disciplinas académicas, desde la Historia, la Ciencia Política, la Filosofía o la Semiótica pasando por el Arte, además claro está, del análisis fílmico y de la crítica de cine. Una de las más interesantes, muy citada pero en lo que no se ha profundizado –o al menos divulgado lo suficiente – es en el análisis del film desde el punto de vista de las Bellas Artes y, más concretamente, desde los vínculos estrechos con la Pintura. En este sentido diversos ensayistas han señalado, con mayor o menor rigor, las fuentes de inspiración, no sólo estéticas sino también formales, simbólicas y de contenidos, de Erice y su director de fotografía Luís Cuadrado, con pintores universales de muy distintas épocas y escuelas. Veamos esquemáticamente algunas de esas deudas pictóricas contraídas, en estricto orden cronológico: la pintura holandesa del siglo XVII, caso de Rembrandt y, sobre todo, Vermeer (C. Arocena, R. Cerrato, C.F. Heredero, J. Hopewell, J. E. Monterde, Molina Foix, T. Umeki, S. Zunzunegui…), Zurbarán (C. Arocena, Cerrato, Zunzunegui), Velázquez (M. Marías, Zunzunegui), Goya (P. P. Ashworth, R. Schwartz, J-C. Seguin), Edward Hopper (R. Cerrato) y Antonio López (C. Arocena, K. Sojo, P. Thibaudeau), recordemos, pintor protagonista de El sol del membrillo. Se abren aquí nuevas vías de estudio.
¿Qué es lo que hace de El espíritu de la colmena una obra única, tan insólita y tan magistral? La respuesta podría resumirse en su poética fílmica, es decir, la expresión pura del propio arte de filmar, de lo cinematográfico entendido como una poesía fílmica, plenamente cinematográfica y no literaria (algo que Erice siempre rechaza, no interesa el argumento sino su representación visual), en donde la plástica no está al servicio de la idea sino al revés, lo lírico refleja una emoción primordial y la luz y la composición (su encuadre, el espacio on y off) de sus imágenes producen la sensación absolutamente primigenia de asistir a un milagro, el de la vida. La combinación de tiempo y espacio son las bases de la película, el carácter icónico, e incluso simbólico (o alegórico, caso de las celdas de la colmena), son sus bazas para producir la sensación casi hiperrealista de experiencia poética. Sin embargo Erice no recurre a un dispositivo intelectual obtuso o pedante (caso de Godard), sino que muestra aquello que debe ser mostrado y no muestra, tan sólo evoca, aquello que deber permanecer oculto (el uso de la panorámica es preciso y riguroso), logrando un realismo poético (términos que pueden parecer antitéticos), sumamente singular y, desde luego, inédito en nuestro cine. Un factor originalísimo que Erice denominó como “una perspectiva en cuya base existe un desdoblamiento fantástico de lo real.”
“Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores de nosotros. Tal vez los peores más que nadie.” Algo así dijo un viejo personaje de Grupo salvaje, de Peckinpah. Y algo así debieron de pensar Erice y Fernández Santos al escribir esta película que, en contraposición al exilio interior representado por el aislamiento de Teresa y Fernando, apela casi como ninguna otra, al territorio de la infancia, al misterio del Mito, a ese mundo al que, como decía el personaje, todos deseamos volver, porque es la niñez en donde forjamos nuestro espíritu, en donde todo era búsqueda, en donde, cuando los sueños futuros se han frustrado, regresamos para poder vencer nuestros miedos y cumplir nuestros más amados anhelos. Recordemos: Ana, la llegada del tren, Isabel estrangulando al gato, los ojos de Ana, la luz del proyector, las setas del bosque, el pozo, la luna, la noche, el río, la visión ensoñada del monstruo, las niñas en sus camas, la luz amarilla de un atardecer, el sonido del viento, el maquis moribundo…, la visión de la Belleza a través de los ojos de una niña pequeña que descubre el mundo. El film es, además, la historia de una ausencia, la de los vencidos en la Guerra Civil, que están pero que no están y a cuyos hijos –como Ana–, no ven, no les prestan atención, por eso, en palabras de Erice “Hay algo hermoso, y quizás también autodestructor, en Ana: su necesidad absoluta de saber.” Quizá es esa necesidad, esa empatía, la que nos hace poder ver tantas veces esta película bellísima, que remite a lo rememorado, a los brillantes ojos negros de Ana, que hacemos nuestros para entender que la autoconciencia, la comprensión de nuestra existencia, nunca puede estar desligada de la imaginación.
Bibliografía recomendada:
- AROCENA, Carmen (1993). Víctor Erice, Cátedra, Madrid.
- ERICE, V. y FERNÁNDEZ SANTOS, A. (1976) El espíritu de la colmena, Elías Querejeta Ediciones, Madrid.
- CERRATO, Rafael (2006). Víctor Erice. El poeta pictórico, Ediciones JC, Madrid.
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