
16 Mar El seductor
1971 es un año decisivo en la carrera de Clint Eastwood. Por un lado, interpreta el papel del cabo John McBurney en The Beguiled (El seductor), uno de los más complejos de su carrera, dirigido por Don Siegel, con quien ya había trabajado en la espléndida Coogan’s Bluff (La jungla humana, 1968) y en Two Mules for Sister Sara (Dos mulas y una mujer, 1970), sobre un guión del ex-blacklisted Albert Maltz (uno de los “Diez de Hollywood, como se llamó a algunas de las víctimas del Macarthismo), a partir de un argumento de Bud Boetticher. Por otro, debuta como cineasta en Play Misty for Me (Escalofrío en la noche), un trhiller muy estimable. Y, last but not least, encarna por primera vez al célebre detective Harry Callahan en Dirty Harry (Harry el sucio), también dirigida por Siegel, la primera de una serie de cinco películas con este personaje, que ha marcado su carrera comercial como actor más que ningún otro. Si en La jungla humana el operador jefe era Bud Thackery y en Dos mulas y una mujer el mexicano Gabriel Figueroa (recordemos sus grandes trabajos con Buñuel o el “Indio” Fernández) en El seductor ya aparece como director de fotografía Bruce Surtees (que ejerció de cámara en los dos films antes citados), tan decisivo en la carrera como cineasta de Eastwood. De hecho, ese mismo año, Surtees será el director de fotografía de Escalofrío en la noche, iniciando una colaboración que se prolongaría durante tres décadas.
Me he extendido en este aspecto porque, al margen de las enormes cualidades cinematográficas de El seductor, su valor también reside en ser el germen de cierto estilo fílmico de Eastwood, el uso de la oscuridad, la sombra, el contraluz, la profundidad de campo y otros elementos de “fotografía oscura” que el cineasta californiano aprenderá de Bruce Surtees e incluso extenderá a otros films ya no fotografiados por éste, caso de Million Dollar Baby o Gran Torino, por poner dos ejemplos recientes. El artista es su estilo o no es.
Dicho esto, vamos con el film. El seductor es una película extraña, desconcertante e inusual, que parte de una novela de un escritor y dramaturgo poco conocido, Thomas P. Cullinan (1920-1995), publicada originalmente como A Painted Devil (1966). No he leído la novela, pero a juzgar por los resultados del guión del citado Albert Maltz e Irene Kamp, adaptadores del libro, debe ser próxima al universo neogótico de escritores estadounidenses como Ambrose Bierce, Nathaniel Hawthorne y, en menor medida, Edgar Allan Poe. El gusto por lo macabro, lo insano, la maleficencia sombría, –en palabras de Lovecraft referidas a Bierce–, el espacio claustrofóbico y la creación de una atmósfera de constante desasosiego producto de una tensión psicosexual desbordante, son las marcas de identidad del extraordinario film de Siegel como lo fueron de aquellos maestros del relato corto. Ya la escena inicial, con la voz de de Easwood susurrando una nana infantil, que retrotrae a Poe, y el travelling del árbol que nos presenta al soldado herido encontrado por la niña, marcan el carácter alucinado y casi fantástico de este cuento de pesadilla ambientado en el profundo Sur durante la Guerra de Secesión (American Civil War: 1861–1865). La propia frase publicitaria con la que la Universal lanzó el film en la época ya dan con el tono y el contenido argumental:
“One man…seven women…in a strange house! His love… or his life…”
Y es que efectivamente ese es el leitmotiv del film. El juego de seducción y acoso que se establece en un colegio perdido en un bosque de Louisiana, entre un cabo desertor del ejercito yanqui del norte, John McBee McBurney (Eastwood) y siete féminas, la institutriz Martha Farnsworth (una excelente Geraldine Page), plena de un falso fervor religioso que se revelará impostado, y las niñas y jóvenes de la institución, encabezadas por Edwina Dabney (Elizabeth Hartman), Carol (Jo Ann Harris) y Doris (Darleen Carr).
La represión sexual de la directora del centro (con un trastorno infantil a cuestas, producto de un incesto pretérito), hacia sí misma y hacia las niñas, unida al despertar erótico de algunas de las púberes, harán de la película un huis-clos cargado de sensualidad contenida en el que el cabo seductor de la Unión, será igualmente seducido por varias de las jóvenes. A la cerrazón física producida por la imposibilidad de escapar de aquel universo viciado (está herido en una pierna, convaleciente con muletas y, además es un desertor) se une la cerrazón espiritual, pues a las mujeres nos les interesa tanto el alma del hombre como su masculinidad. Cuando el iluso hombre descubra que está en un cul-de-sac será ya demasiado tarde. Quien juega con fuego acaba por quemarse y no hay fuego que prenda con más fuerza que el que brota de la inocencia corrompida.
En este punto Don Siegel, ajeno como siempre a las modas imperantes, construye una película convincente en su rechazo a los convencionalismos sociales, aquellos que en el cine americano casi siempre solía pintar a las adolescentes de adorables angelitos sin ansías de seducir y ser seducidas, únicamente preocupadas de guardar la compustura, buscar marido y criar una prole de vástagos obedientes. En El seductor nada de eso sale a la luz, tan sólo el instinto depredador de la especie humana, más sutil y refinado en el caso de las mujeres que en el de los hombres, más directo y hosco.
Hay secuencias como la del coito en la buhardilla o la de la brutal amputación de la pierna con una sierra cuando McBee está inconsciente, que vistas hoy, pudieran parecer gratuitas y presas de un manido y trasnochado simbolismo, pero son necesarias para ir creando ese clima de suspense tenso, de morboso erotismo necrófilo.
Cierto que, en ocasiones Siegel cae en el excesivo trazo grueso de la simbología sexual, pero las acertadas interpretaciones y la iluminación y planificación de las secuencias más fuertes, dotan a la película de un pálpito brutal, de un florecimiento de deseos sexuales reprimidos que desembocarán en la muerte del protagonista, víctima de su propia provocación. Se ha calificado el film de western intimista, melodrama gótico, thriller sexual y otras cosas más. Nunca es bueno encasillar una obra en un género, corriente o escuela determinada, y en el caso de El seductor menos que nunca, pues su baza fundamental es provocar un desconcierto en el espectador, que rotos los recursos codificados genéricos, sin marcos que delimiten los contornos del cuadro, se ve preso de una libertad narrativa diríase a la deriva, en la que la historia avanza en un espacio-escenario delimitado[1], un caserón de aliento gótico tardío (tan propio de cierta literatura norteamericana del siglo XIX y principios del XX) que se podría interpretar como la enésima alegoría sobre el deseo que conduce a la muerte.
FICHA TÉCNICA-ARTÍSTICA
Título original: The Beguiled. Año: 1971. Director: Don Siegel. Intérpretes: Clint Eastwood, Geraldine Page, Elizabeth Hartman, Jo Ann Harris, Darleen Carr, Mae Mercer, Pamelyn Ferdin, Melody Thomas Scott, Peggy Drier. Guión: John B. Sherry & Grimes Grice (sobre la novela de Thomas Cullinan). Música: Lalo Schifrin. Fotografía: Bruce Surtees. Duración: 85 minutos. Productor: Universal presents a Malpaso Company Production.
[1] Nota bene: no quiero finalizar el texto sin señalar un elemento decisivo en el cine en general, y en el de Hollywood en particular, como es la calidad de la escenografía y decorados, la art direction (dirección artística) como dicen allí, obra de un decorador legendario como fue el ruso Alexander Golitzen, que trabajó en más de trescientas películas entre 1935 y 1973, colaborando con todos los grandes cineastas del periodo, Hawks (Su juego favorito), Mulligan (Matar a un ruiseñor), Hitchcock (Enviado especial), Ophüls (Carta a una desconocida), Welles (Sed de mal), etc. Ahí es nada.
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