
09 Mar El paciente inglés
Tuve la oportunidad única de escuchar en vivo y en directo la excepcional música de El paciente inglés (The English Pacient, 1996; dirigida por el inglés Anthony Minghella) en el marco del festival de música de cine Soncinemad (Kinépolis, Madrid, 29-06-07): sentado en primera fila veía dirigir la orquesta e interpretar al piano al compositor franco-libanés Gabriel Yared, autor de aquella partitura genial. La emoción de la música me transportó a febrero de 1997, cuando vi por primera vez tan evocadora película, unas semanas antes de que se alzase con nueve merecidísimos Oscar en el Shrine Auditórium de Los Ángeles. Mal que le pesó a Gonzalo Súarez, que en la prensa retituló el film como Pijos en el desierto (desafortunada expresión que no hace honor a ese interesante autor). Porque, pese a quien pese, e intelectuales al margen, El paciente inglés es una de las películas más bellas, hermosas, profundas y trágicas del cine contemporáneo (inspirada en una novela del canadiense nacido en Ceilán Michael Ondaatje, influido por toda una tradición orientalista y exótica de la literatura inglesa, Pasaje a la India, de Forster, pongo por caso). Las melodías me transportaron aquella noche a las dunas del desierto del Sáhara, a ese accidente incomprensible en avioneta, a la gruta en donde el conde húngaro Laszlo de Almásy (Ralph Fiennes) abandonaba, medio coja por una lesión a su amada dama inglesa, la rubia Katharine Clifton (Kristin Scott Thomas, que nunca ha estado más bella), en busca de ayuda. Nunca pudo socorrerla. He vuelto a ver El paciente inglés y he vuelto a pensar en aquello. Creo que pocas veces he sido más infeliz en un cine que cuando vi (viví) cómo el conde era apresado por los soldados alemanes y todos le ignoraban, y que él sabía, sabía subrayado, que nunca podría volver a verla, que ella se moriría en aquella cueva pensando que él la había abandonado a su suerte, o que él había perecido en el desierto. Nunca más sería feliz teniéndola en sus brazos. Pensaría: “Te amo. Viva o muerta, te amo.” Siempre que escucho la música de El paciente inglés me detengo a meditar en qué pensaba aquella hermosa mujer rubia muriéndose sola en aquella oscura gruta del desierto, esperando la llegada de su amado conde húngaro que no llegaba. ¿Qué se le pasaría por la cabeza? ¿Qué miedo más atroz puede llegar a pasar el ser humano al borde de la muerte inexorable? ¿Es mejor una muerte consciente y reflexiva o morir sin conocimiento de ese hecho, sin ese discernimiento entre el todo y la nada? Un proverbio canario dice que “El hombre tiene la edad de la mujer a la que ama”, entonces aquel paciente inglés, el conde húngaro Laszlo de Almásy, es de edad eterna, como su amor, su pasión por Katharine Clifton permanecerá para siempre en la memoria colectiva, enlatada en una cinta de celuloide hasta el fin de los tiempos. Cuando el conde pensaba en su muerte, como un convaleciente muerto en vida al que la enfermera Hana (Juliette Binoche) tomaba por un paciente inglés, intentaba aferrarse a una poesía mortuoria para seguir viviendo y soñando en un futuro intemporal a su lado, como dos almas unidas en un mismo ente físico y espiritual que se funden en un todo, permaneciendo más allá del tiempo y del espacio, más allá de las estrellas y los hombres, más allá de la vida, de todo, él y ella en una existencia perpetua. Y fue el poeta Cirlot quien escribió los versos que siguen, inspirado en la doncella del film El señor de la guerra, pero bien pudo haberlo hecho Laszlo de Almásy escribiendo en su retiro italiano, recubierto de vendas que cubrían sus quemaduras pero que no podían curar sus otras heridas, las del espíritu:
Las alas se aproximan a las olas
perdidas en las páginas del fuego.
Bronwyn, mi corazón, y las estrellas
sobre la tierra negra y cenicienta.
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