
07 Mar El nuevo mundo
Muy buena ****
“John Rolfe: (voiceover) Who are you? What do you dream of? Pocahontas: We are like grass.”
No cabe duda que la carrera del cineasta Terrence Malick (Waco, Texas, 1943) es, cuando menos, extraña. Siendo un completo desconocido– e inexperto, apenas había rodado el corto Lanton Mills (1969) y un par de colaboraciones como guionista- nos brinda la ópera prima más impactante de la década de los setenta, la extraordinaria Malas tierras (Badlands, 1973), y poco después la también bellísima Días del cielo (Days of Heaven, 1978). Luego, el silencio. Durante veinte años nadie sabe nada de él. Se esfuma. Muchos lo comparan con el esquivo Sallinger. (Al igual que el autor de “El guardián entre el centeno”, no promociona su obra; menos aún su persona. Si bien ese hermetismo no deja de ser una forma indirecta de promoción.) Otros, periodistas mal informados, lo daban por muerto. Tal y como desapareció, reaparece de la nada. Se dijo que estuvo dando clases de literatura inglesa en Francia. Su regreso es superlativo, La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998) es la cinta bélica más poética, filosófica y metafísica que recuerdo. Triunfa en Berlín y el áurea mítica de Malick se acrecenta. Todos los actores de Hollywood se ofrecen para trabajar para él. Pero no tiene prisa. Apenas se deja fotografiar y no concede entrevistas. No sabemos que opina del cine, del arte o de la vida. No importa. Nos bastan sus películas. A raíz de ese éxito desempolva un viejo guión escrito durante su desaparición, e inicia su reescritura. Tardará siete años en hacer realidad The New World. En total el guión ha permanecido en el cajón más de veinticinco años. La espera ha merecido la pena. (Ahora se dice que para 2008 ó 2009 rodará su sexto largometraje, Tree of Life). El nuevo mundo roza con los dedos la categoría de obra maestra y es, de lejos, la mejor película norteamericana que he visto este año. Su lirismo, su estética inconfundible y su brillante dramaturgia –puesta en escena, interpretaciones, estructura narrativa- dotan al escueto corpus fílmico de Malick de una coherencia estilística apabullante. El empleo lírico de la música, tanto los leiv-motivs compuestos por James Horner, como los fragmentos del “Concierto para piano nº 23” de Mozart o “El oro del Rihn” de Wagner, unido a una fotografía etérea, indescriptible, que casi se toca con los dedos –obra de Emmanuel Lubezki- dotan al film de una poética que roza lo onírico, lo anímico-místico. A Malick le interesa la experiencia sensorial, la descripción de los sonidos y las imágenes de la naturaleza y cómo el alma humana se integra en ellos, penetrando en aquellos espacios casi vírgenes. Hipnótico, parsimonioso y reposado, su estilo narrativo, jalonado por unas voces en off que más que diálogos trasladan pensamientos desordenados y sentimientos en voz alta, a modo de collage, no se parece a nada, ni a nadie, pasado, presente, y, mucho me temo, futuro. (Es increíble que le permitan realizar cine experimental. Dramático y de ficción, sí, pero experimental. Aunque cueste treinta millones de dólares.) A muchos espectadores no le atrae el cine de Malick y ven en El nuevo mundo un pretencioso ejercicio narcisista, un preciosismo vacuo. No han entendido el film, no han penetrado en el espíritu elegíaco de Malick ni en el de sus errabundos personajes. Es el mismo tipo de público que rechazó en su día, Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der zorn Gottes, 1972), obra límite con la que guarda ciertos paralelismos. No es de extrañar, Herzog era un outsider, como lo fue Peckinpah, como lo es Malick. Su acercamiento a la Virginia de los albores del siglo XVII, a la historia precolonial del capitán Smith y la princesa Pocahontas –nunca nombrada así en el film-, el desgarrador abandono de éste y el matrimonio de la bella indígena con otro inglés, John Rolfe, es indescriptible. Sublime. Un canto al amor surreal, intemporal, inmaterial, infinito…
“John Smith: (voiceover) I thought it was dream… what we knew in the forest. It’s the only truth.”
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