
21 Feb El maquinista
*** Buena
Al fin Filmax y su presidente, el gallego afincado en Barcelona, Julio Fernández, han producido una película que no sólo puede competir con el cine de Hollywood, sino que, en términos cualitativos, es muy superior a la media estadounidense. El maquinista es un exponente válido de eso que se ha venido en llamar cine internacional, es decir, el que es realizado en cualquier país del mundo y que no presenta rasgos identificables de ninguna nacionalidad concreta. Y rodado en inglés, of course. Salí de un cine de la Gran Vía madrileña pensando que su director, Brad Anderson (Connecticut, 1964), había realizado una buena película, me había gustado, pero carecía de personalidad. El guión de Scoot Kosar aún me parecía menos original. Las influencias de algunos directores que admiro (y por tanto me sé muchas de sus escenas de memoria y las reconozco cuando las veo calcadas), Polanski, Lynch, Hitchcock o Tourneur eran de una evidencia atroz. Casi un popurrí de improntas interconectadas. Recuerdo que pensé en El quimérico inquilino, Psicosis, La noche del demonio y Cabeza borradora, entre otras. Sin embargo, insisto, el film me había dejado buen sabor de boca. Medio año más tarde leí declaraciones de los autores que confirmaban lo que había pensado durante su visionado. “Sus fuentes literarias son clásicos como Kafka y Dostoievski. Y en el campo cinematográfico, Hichcock, Polanski y David Lynch. El look de la película se ha inspirado en la austeridad expresionista de los primeros filmes de terror como El gabinete del Dr. Caligari, Nosferatu y Vampyr, así como en las películas producidas por Val Lewton en los años cuarenta como Yo anduve con un zombi y The Seventh Victim.” (Anderson dixit) “Siempre soñé con escribir películas como El quimérico inquilino de Polanski y El amigo americano de Wim Wenders. Hay algo en esas películas que me habla como si estuvieran hechas por mis almas gemelas. El doble de Dostoievski fue otra influencia básica. Estéticamente, visionaba El maquinista como <<la última película de Hitchcock>>.” (Kosar). Poco más se puede decir al respecto, guionista y director lo tenían muy claro. Hasta en la adecuada música de Roque Baños se detectan influencias similares. Aunque yo no veo esa huella de Wiene, Murnau o Dreyer por ningún lado.
Este thriller pesadillesco, voluntariamente atormentado, narra la historia de Trevor Reznik, un operario de fábrica que sufre de un extrañísimo caso de insomnio: no consigue dormir ¡desde hace un año! Fruto de esta anomalía psíquica su cuerpo ha adelgazado hasta extremos insospechados, verlo produce una grima aún mayor que ver un esqueleto putrefacto (no hay truco digital alguno, el actor Christian Bale siguió una dieta de adelgazamiento nunca vista en cine –mayor que la de Adrien Brody en El pianista– que le llevó a pesar sólo cuarenta kilos, poniendo en grave riesgo su salud física), un amasijo horroroso de piel y huesos que malvive en un cuchitril húmedo, sucio y mal ventilado. Sus relaciones con Stevie (una correcta Jennifer Jason Leigh) y con una camarera del aeropuerto, Marie (Aitana Sánchez Gijón) o con el misterioso Iván (John Zarina), de quien se llega a dudar de su existencia, se complican cuando Trevor Reznik provoca un accidente laboral que le cuesta la amputación de un brazo a un obrero, compañero suyo, ganándose la enemistad de sus colegas. La película avanza hacia una demencia total, la fatiga hace mella en Reznik y comienza a dudar de su cordura. Sabe que se está volviendo loco. El final es una vuelta de tuerca a una maquinaria que empezaba a descomponerse y no está a la altura de toda la dramaturgia anterior, oníricamente oscura; no obstante, el suspense, la sospecha y el misterio juegan como bazas a favor de una trama deliberadamente obtusa y de una estética gris post-industrial a ratos repugnante, pero poéticamente atractiva y decadente.
No hay comentarios