El jinete pálido

El jinete pálido

El jinete pálido

La renovación parcial y formal de un género muerto como el western (a mi juicio el más cinematográfico de todos los géneros, afirmación que casi se ha vuelto lugar común), por parte de Clint Eastwood comienza en 1976, cuando despide al prestigioso guionista y director Philip Kaufman del rodaje de The Outlaw Josey Wales (El fuera de la ley), asumiendo él mismo la dirección del film.[1] Sus improntas son de sobra conocidas: Sergio Leone, Don Siegel, Sam Peckinpah. Y John Ford. La deuda fordiana es extensible a todos ellos, en diferentes formas y grados. Dicha renovación westerniana concluye con la magistral Unforgiven (Sin perdón, 1992). Y el film equidistante entre ambas películas, tanto cronológica como estilística y temáticamente, es El jinete pálido, auténtica bisagra entre la primera parte de su carrera (1971-1985) y la segunda (1986-2010). Si en Sin perdón, Eastwood recurría a un espléndido guión de David Webb Peoples (coautor del de Blade Runner, entre otras maravillas) en El jinete pálido parte sin embargo de un guión no tan bueno, excesivamente esquemático, escrito por Michael Butler y Dennis Shryack, habituados a escribir a cuatro manos. Y es precisamente, esa debilidad, la que hace de El jinete pálido el film más importante, hasta la fecha, de la trayectoria de Eastwood como cineasta, pues en él se aprecia cómo desde la dirección cinematográfica debe superar ciertas debilidades argumentales y estructurales mediante una poderosa y medida realización, tanto desde el punto de vista de las interpretaciones como de la planificación de las secuencias, logrando una lograda puesta en escena sin parangón hasta la fecha en su carrera y que sólo volverá a repetir, y a superar, en Sin perdón, definitivamente su obra maestra.

Estrenada en el Festival de Cannes, con excelente acogida de público y crítica, El jinete pálido narra la historia de un predicador (interpretado por el propio Eastwood) que es en realidad un pistolero vengador que guía a una comunidad y una familia de mineros, amenazados por unos bandidos, asimismo mineros de otra compañía rival. En este se podría pensar que guarda concomitancias con el primer western dirigido por Eastwood, la infravalorada Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1972), en la que también un bandido sin nombre, de aura mitológica, recalaba en un pueblo abandonado de la mano de Dios con el fin de cobrarse venganza (pueblo que acabará pintado de rojo y rebautizando como Hell -infierno-, antes de envolverlo en llamas). Sin embargo pese a la similitud con aquel film, El jinete pálido está más próxima al western clásico que al renovador. Dicho de otro modo, si en Infierno de cobardes la  huella es Leone (el hombre sin nombre, misterioso y vengativo, presente en los cuatro primeros westerns del cineasta romano) en El jinete pálido es Siegel y, acaso, Peckinpah.

El título de El jinete pálido está extraído de la Biblia, y el dato no es baladí. Como alegoría casi fantástica en la que un predicador se aparece como alguien semejante a un fantasma que vuelve de ultratumba para vengar su muerte, El jinete pálido contienen abundantes elementos religiosos, con recursos a lo mitológico, incluso a lo simbólico, tanto en la composición de los planos como en los diálogos, muchos de ellos de herencia bíblica. Así, este jinete pálido se le aparecerá a la adolescente que ha pedido ayuda a Dios, justo en el momento en el que ella lee en el Apocalipsis de San Juan, la Revelación, en la que se dice que la Muerte llegará cabalgando sobre un jinete pálido. Se nos revela entonces el personaje de Eastwood casi como un ser sobrenatural (la interpretación, la iluminación y los encuadres así nos lo hacen ver, en este sentido el trabajo del genial operador Bruce Surtees vuelve a ser fabuloso), un inmortal que ha sobrevivido a la muerte y regresado para hacer justicia. Así, en una secuencia en la que recibe en el pueblo la visita del malvado Spider Conway (Doug McGrath), el predicador cita abiertamente el Eclesiastés, 4,12, para hacerle entender que va a acabar con los que se opongan a él, en este caso los crueles hermanos LaHood, Josh (Christopher Penn) y Coy (Richard Dysart). Todo el imaginario del film revierte hacia ideas religiosas y conceptos espirituales que rayan en lo trascendental, algo infrecuente en el cine comercial y aún más en un género tan codificado como es el western.

El uso de arquetipos y el recurso a lo psicológico (bien empleado y sin caer nunca en el cliché) llevan la película casi hasta la abstracción formal, abstracción que se contrapone de manera extraña con el realismo escenográfico presente en la mina, las casas del pueblo, el campamento de colonos, los utensilios y armas, las vestimentas, etcétera, lo que genera un bipolaridad inusual, un tensión entre las ideas mitológicas y la plasmación realista de dicho universo alegórico. Idea reforzada por el uso de la banda sonora, la música compuesta por Lennie Niehaus, que parece no guardar relación aparente con la manera atmosférica de componer e iluminar las escenas.

En ese sentido alegórico-mitológico, no pocos críticos han señalado las concomitancias entre El jinete pálido y uno de los western-canon del Hollywood clásico, Shane (Raíces profundas, 1953), dirigido por George Stevens (cineasta que ha gozado siempre en Estados Unidos de un exagerado prestigio, a mi entender inmerecido). Alguno habló incluso de un virtual remake, otros de plagio, lo cual en ambos casos se nos antoja una exageración. Sin embargo es innegable que la estructura del film de Eastwood remite directamente al de Stevens, tanto desde el punto de vista argumental como de la iluminación oscura (cuando lo normal en el western sería una luminosidad casi cegadora) tendente a reforzar la idea del mito.

En el primer aspecto, la idea de guión es la misma: un forastero (Shane o el predicador) que llega al pueblo en el que un lugareño (Joe Starrett o Hull Barret), su mujer (Marian o Sarah) y su hijo/a (el niño Joel o la adolescente Megan) se ven amenazados por un despiadado terrateniente u hombre de negocios ((Ryker o LaHood) que, ante la imposibilidad de vencer al que viene de fuera, recurre a la ayuda exterior, contratando un asesino a sueldo (Jack Wilson o Stockburn). De poco servirá, el predicador, como hiciera Shane en el film de Stevens, acabará con ambos, el propietario de la mina hidráulica, Barret (Michael Moriarty) y el asesino Stockburn (John Russell), en ambos casos de manera irreal, casi supernatural y, decididamente, antinaturalista.

En el aspecto lumínico (en donde se pone de manifiesto una vez más que Surtees, colaborador de Siegel, ha sido un profesor para Eastwood), en el uso de la sombra prevaleciendo sobre la luz, en el encuadre en escorzo y el empleo de la profundidad de campo El jinete pálido se nos presenta como un borrador, una primera piedra de toque fulgurante que dará a Eastwood la sabiduría necesaria para realizar Sin perdón.

Quizá el mejor western del decenio, en una época en la que casi no se filmaban westerns, El jinete pálido tuvo críticas elogiosas de críticos tan dispares como Roger Ebert, Jean-Pierre Coursodon o nuestro desaparecido José Luis Guarner, además de gustar a cineastas de muy distinto signo, como Godard, Tavernier o José Luis Garci, lo que habla de su amplitud de registros e interpretaciones, así como de su voluntad de trascender el género en el que se inscribe y la época en la que fue rodada, la década de 1980, probablemente la más mediocre de la historia del cine.

FICHA TÉCNICA-ARTÍSTICA

Título original: Pale Rider. Año: 1985. Director: Clint Eastwood. Intérpretes: Clint Eastwood, Michael Moriarty, Carrie Snodgress, Christopher Penn, Richard Dysart, Sydney Penny, Richard Kiel, Doug McGrath, John Russell, Charles Hallahan, Marvin J. McIntyre, Fran Ryan. Guión: Michael Butler, Dennis Shryack. Música: Lennie Niehaus. Fotografía: Bruce Surtees. Duración: 85 minutos. Productor: Clint Eastwood, Fritz Manes (productor ejecutivo) y David Valdes (productor asociado). WARNER BROS.

 

[1] Cuyo argumento está extraído de una novela de un indio cherokee, poeta autodidacta, llamado Asa Earl Carter (1925-1979), conocido con el seudónimo literario de Forrest Carter: The Rebel Outlaw: Josey Wales (Whipporwill Pub., 1973), reeditada por la editorial Delacorte como Gone to Texas (1975) y, ya después del estreno del film de Easwood, como The Outlaw Josey Wales (Dell, 1980).

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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