
21 Feb El día después de mañana
**Interesante
Comienzo por aclarar que no me defraudó El día después de mañana, básicamente porque no me esperaba absolutamente nada de ella. Mejor dicho me esperaba lo peor. Del realizador alemán, afincado en Hollywood, Roland Emmerich (Stuttgart, 1955), uno siempre puede (¿debe?) esperarse lo peor. Y casi siempre acertará. Soldado universal, Independence Day, Godzilla, y El patriota son lo peor de lo peor del cine contemporáneo, con todos los defectos del cine comercial estadounidense y ninguna de sus (escasas) virtudes. Stargate, sin ser nada del otro jueves era, hasta la fecha, lo más decente que había visto de Emmerich. El día después de mañana la supera. Emmerich es un señor multimillonario que no ha dudado invertir dinero de su bolsillo para producir el film. Confiaba en el guión y no es para menos, pues se basa en una historia original suya y él mismo lo escribió. Y no podemos negar que no conozca los resortes del cine fantástico y de ciencia-ficción –géneros de los que es un auténtico especialista- aunque casi siempre no sepa como administrarlos. El argumento es rocambolesco en extremo, un disparate y un dislate, no obstante plantea problemas de actualidad. Obviamente nada tiene rigor ningún rigor científico, pero en una cinta de entretenimiento eso es lo de menos. Debido al cambio climático y al calentamiento global de la atmósfera se producen una serie de desastres naturales que, paradójicamente, desembocan en una nueva glaciación. Jack Hall es un científico estadounidense especialista en paleoclimatólogía que en una cumbre en Nueva Delhi advierte al mundo de la catástrofe que se avecina. Nadie, excepto un sabio escocés, le hace caso y Hall recibe una dura diatriba de un antiecologista Presidente de Estados Unidos (guiño burdo a George W. Bush y a su oposición al Protocolo de Kyoto). Las catástrofes se suceden, tormentas tropicales, tornados en Los Ángeles, lluvias torrenciales, terremotos, maremotos que desencadenan una ola gigante o tsunami que inunda Nueva York y, finalmente, el apocalíptico enfriamiento polar que hiela parte del hemisferio norte y todo el territorio estadounidense. El frío es tan intenso que las personas mueren congeladas al simple contacto con el aire. Hall inicia la búsqueda de su hijo que se ha refugiado con su novia y unos amigos en la Biblioteca Municipal de Nueva York. Una vez rescatados, huyen con el resto de sus compatriotas al sur. El final es la mayor necedad que este espectador recuerda haber visto en un cine, México otorga asilo a millones de estadounidenses, incluido a su Gobierno, a cambio de que… ¡Estados Unidos perdone la deuda externa mexicana! El presidente Estadounidense pide disculpas al mundo y agradece la acogida de sus hermanos mexicanos. Para llorar. Si la historia es un insulto a la inteligencia, las espectaculares imágenes son, por el contrario, un goce para los sentidos, efectos visuales increíbles por obra y gracia de Industrial Light & Magic, la factoría fundada por George Lucas. Asimismo, destaca el realismo de los decorados y toda la escenografía -mención aparte merece la biblioteca sepultada bajo la nieve-, obra de Victor J. Zolfo (colaborador de Abel Ferrara y Michael Mann, entre otros) y algunas escenas bien rodadas y de tensión latente, caso de la persecución de la jauría de lobos en el trasatlántico congelado.
Nota benne: La imagen de la Estatua de la Libertad parcialmente sepultada bajo el hielo es un homenaje a la obra maestra El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, y la quema de los libros de la biblioteca para sobrevivir al frío es una cita, algo más velada que la anterior, a Ray Bradbury y su novela “Farenheit 451”.
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