
21 Feb Descubriendo Nunca Jamás
** Interesante
Finding Neverland fue escrita por David Magee a partir de la obra de Allan Knee “The Man Who Was Peter Pan”. ¿Y quién era el hombre que fue Peter Pan? Pues el dramaturgo escocés Sir James Matthew Barrie (1860-1937), prolífico autor de más de cuarenta obras de teatro, seis novelas, siete ensayos y multitud de relatos. Fue coetáneo de genios como Hardy, Kipling, Wells o Stevenson, pero lo cierto es que fuera del ámbito británico nunca gozó del renombre de éstos. Su obra más célebre y la que le encasilló como autor de literatura infantil fue “Peter Pan o el niño que no quería crecer”, estrenada el 27 de diciembre de 1904 en el londinense Teatro Duque de York y que supuso una conmoción en la sociedad post-victoriana de entonces -la Inglaterra eduardiana- debido a su originalidad y a un planteamiento en el tratamiento de la fantasía ciertamente novedoso para la época. De la historia del niño que nunca envejece se han facturado versiones más o menos libres en cine, televisión, dibujos animados, musicales -en Broadway- tebeos y hasta videojuegos. Los productores de Miramax quisieron conmemorar el centenario de aquel estreno produciendo en 2004 una película que homenajease a Barrie y la peripecia de su proceso creativo al tiempo que mantuviese las constantes ingenuistas e infantiles de este clásico navideño de los escenarios anglosajones. Para lograrlo cometieron un acierto y un error. El acierto se llama Johnny Depp (Owensboro, Kentucky, 1963). Nadie como él para encarnar a excéntricos personajes estrafalarios que viven al margen de la sociedad y / o de la realidad y que, en ocasiones, rozan el comportamiento infantiloide. Depp explica qué le atrae de estos papeles: “A mí me resulta fascinante observar qué es lo que la sociedad juzga como algo normal o anormal.” El error es Marc Forster (Ulm, Alemania, 1969), joven realizador que goza de una incomprensible buena reputación. ¿Sus supuestos méritos pretéritos? Loungers (1995), Everything Put Together (2000) y Monster’s Ball (2001). Criado en Suiza, Forster se gradúa en cine por la Universidad de Nueva York en 1993, regresa a Europa para foguearse en documentales televisivos, de ahí da el salto a Los Ángeles y se consagra en el Festival de Sundance con su segundo largometraje. Su último film, Stay, está protagonizado por Ewan McGregor y Naomi Watts.
Poco dotado para el ritmo, la puesta en escena (si es que existe) de Marc Forster contiene los mismos errores de otros nuevos realizadores de su generación afincados en Hollywood: pretenciosidad, espasmódicos movimientos de cámara y encuadres inusuales para demostrar una supuesta autoría que, en el fondo, esconden una ausencia total de estilo y una voluntad de aparentar ser un cineasta dotado y con oficio, cosa que no es. Cuando se presentó en el Festival de Venecia se habló de sutilidad y sensibilidad, lo que hay que achacar al guión, nunca a sus imágenes, que rayan en la ñoñería. A fuerza de repetirse y de la pincelada de brocha gorda de Forster, el personaje de Barrie nos acaba pareciendo un pazguato. La narración, que comienza in media res, arranca con fuerza, imaginación e ingenio, pero a mitad de metraje el tedio, una vez más, hace acto de presencia. Se echa en falta el aliento poético y metafórico que le hubiese transmitido un Tim Burton y la obra pierde su frescura inicial, decae sin remedio, las desventuras de los niños de la familia Davies por el parque de Kensington y en las edificaciones del famoso barrio de Bloomsbury ya no captan nuestra atención, pues carecen de colorido, vigor e inventiva.
Diego Moldes
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