
21 Feb Confidencias muy íntimas
**** Muy buena
Confidences trop intimes (empleo el mucho más sugerente título original porque su traducción es “confidencias <<demasiado>> íntimas”, y no <<muy íntimas>>, como reza el erróneo título español) nos ha devuelto, por fin, al mejor Patrice Leconte (París, 1947), al autor de maravillas como Monsieur Hire (1989), El marido de la peluquera (Le mari de la coiffeuse, 1990) o La chica del puente (La fille sur le pont, 1999). Cineasta prolífico -a razón de película por año- ya ha rodado dos cintas más, el musical Dogora – Ouvrons les yeux (2004) y la comedia Les bronzés amis pour la vie (2006). ¡Veinticinco largometrajes en tres décadas! Lo primero que llama nuestra atención de Confidences trop intimes es que temáticamente parece más un film de Claude Chabrol que de Leconte; el thriller psicológico y de sentimientos de ambientación pequeño-burquesa siempre ha sido la especialidad de Chabrol, aunque Leconte también lo ha frecuentado, con excelentes resultados como Monsieur Hire –una de las mejores adaptaciones del escritor Simenon- o el que ahora nos ocupa, bastante mejor que su anterior acercamiento al género, El hombre del tren (L’ homme du train, 2002). Las contenidas interpretaciones del elenco son muy convincentes, tanto los papeles protagonistas de Sandrine Bonnaire y Fabrice Luchini, como el Helena Surgere, encarnando de modo sobresaliente a Madame Mulon, la maternal y anciana secretaria. El resto de elementos (como casi siempre en una producción de Alain Sarde) encajan como un guante: los decorados realistas de Ivan Maussion, el elegante vestuario, sobre todo el que luce la Bonnaire, obra de Cécile Magnan, la cuidada fotografía, tanto en su colorido como en su planificación, del operador Jean-Marie Dreujou, la inquietante partitura musical de Pascal Estève y, por encima de todo, el trabajado guión de Leconte y Jérôme Tonnerre –autor de la idea original-, algo intuitivo pero novedoso y con una estructura dramática que oscila entre el deseo, el humor y el misterio, arropada por unos consistentes diálogos, plenos de verosimilitud. El film ha gustado y mucho, aunque a una minoría. En el Festival de Berlín (febrero de 2004) recogió multitud aplausos y el siempre inquieto Leconte, satisfecho con el resultado, afirmó: “Con esta película tengo la impresión de haber tocado techo en algún sentido. Es el último film que hago con este tipo de estructura argumental, acerca de la vida y los sentimientos. (…) Esto es lo yo creo que hace de la película un thriller sentimental. El misterio, la incertidumbre, el miedo, la duda y el suspense, todo ello girando en torno a las emociones. No me atrevo a decir que es una historia de amor, porque hay mucha más perversión, es más atípica y a la vez platónica. Disfruto creando expectativas.” La historia se origina por un equívoco. Anna acude a un psicólogo que ejerce de consejero matrimonial, pero se cofunde de puerta y acaba en el despacho de un abogado, un asesor financiero llamado William Faber, el cual no se atreve a confesarle que se ha equivocado y escucha atentamente, turbado, todos los problemas conyugales de la joven. El atractivo punto de partida está servido. La soledad de William se rompe paulatinamente, encuentro tras encuentro, y el misterio irrumpe en su vida. ¿Quién es Anna? ¿Por qué insiste en contarle su vida, aún descubriendo que no es un psicólogo? ¿Existe realmente su marido o es una fabulación de la chica? Las visitas de Anna se prolongan, la intimidad se instala entre ambos de un modo sensual e implícito, si bien su no-relación no termina de concretarse. Esto añade una tensión latente a las confidencias que nos invita a querer saber más. La magnética dulzura, desconcierta, pero atrapa. La cámara lo registra todo, en secuencias zozobrantes excelentemente filmadas, hasta desembocar en un desenlace luminoso, cautivador. He aquí, la quintaesencia del buen cine, del gran cine de Leconte.
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