Cold Mountain

Cold Mountain

Cold Mountain

****Muy buena

Allá abajo devoran los buitres inextinguibles corazones.

Matteo Palmieri

He de admitir que me encanta el estilo cinematográfico del guionista y director británico Anthony Minghella (Ryde, Isla de Wight, Inglaterra, 1954) desde que vi El paciente inglés, en un caluroso día estival de 1996. Recuerdo que me emocioné y el amigo con el que acudí al cine me miró de soslayo como si yo estuviese enajenado, o lo que es peor, como si fuese un necio. Ocho meses después ganó nueve Oscar, por lo que supongo que gustó a más gente. A los incrédulos y personas de pensamiento racionalista no les transmitió nada aquella epopeya romántica –mi admirado Gonzalo Suárez la (in)titulaba Pijos en el desierto– y presupongo que a los mismos que nos les gustó El paciente inglés tampoco les entusiasme Cold Mountain. No he visto los dos primeros films de Minghella Truly Madly Deeply y Mr. Wonderful y El talento de Mr. Ripley me pareció algo floja, sobre todo porque sobre mi cabeza revoloteaba como una mariposa aquella obra de arte de René Clément llamada A pleno sol. La odiosa comparación, vía Patricia Highsmith, era inevitable. Puede parecer arriesgado hablar de “estilo” al referirse a un cineasta que sólo ha dirigido cinco largometrajes en quince años, pero sólo con el díptico formado por El paciente inglés y Cold Mountain, ya podríamos calificar a Minghella como lo más parecido con el gran Sir David Lean que ha dado el cine contemporáneo, salvando las distancias, claro. Admiro el cine de Minghella y también los riesgos que toma con esas historias (adaptadas de novelas de segunda fila) sobre el amor, el valor, la amistad y el esfuerzo que parecen tan anacrónicas en estos tiempos modernos de incertidumbre y decadencia moral. Quizá por eso triunfe allá donde otros fracasan. Porque parece que él se cree aquello que nos cuenta y eso siempre es de agradecer. Como Tourneur creía en los espíritus, Minghella cree en el amor y esto, que puede parecer una cursilería a algunos o algo naïf a otros, es una de las bases sobre las que sustentan las grandes historias desde que el cine existe. Minghella ha recuperado lo mejor del cine clásico de Hollywood y para ello contó con un equipo all-star internacional: el australiano John Seale como operador de fotografía (lo mejor del film), el italiano Dante Ferreti como diseñador de producción, el compositor franco-libanés Gabriel Yared y el montador neoyorquino Walter Murch (el de Apocalypse Now), así como un elenco de actores anglosajones de primer nivel, la australiana Nicole Kidman, como siempre excepcional, los británicos Jude Law, Eileen Atkins y Brendan Gleeson, los estadounidenses Renée Zellweger, P. Seymour Hoffman y Natalie Portman y el veterano canadiense Donald Sutherland.

Cold Mountain es una película con un argumento magnífico (su guión es de una progresión impecable) y de imágenes brillantes e inolvidables. Es un drama romántico en tiempos de guerra (como también lo era El paciente inglés), en concreto de la Guerra de Secesión norteamericana, pero también es mucho más que eso. El amor entre Inman y Ada es más fuerte que el enseñoramiento del mal en una comunidad dividida, amalgama de sufrimientos, traiciones, miserias, amores platónicos desbocados, pasiones epistolares entre una dama huérfana caída en desgracia y un soldado confederado desertor, instantes poéticos, recuerdos marcados con fuego… Precisamente recuerdos… El recuerdo más imborrable del film es el que le da el título, aquella montaña helada que recorre el infatigable protagonista cruzando un desfiladero cubierto por un manto de nieve, aquellos cuervos fatales sobre fondo blanco que parecen extraídos de un lienzo de Brueguel… una visión de su amada que, para desgracia de ambos, tornose realidad.

Diego Moldes
Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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