
21 Feb Closer
*** Buena
El veterano cineasta estadounidense de origen alemán Mike Nichols (Berlín, 1931) ha realizado con Closer la que quizá sea su mejor película. Admito que sólo me han gustado, y no excesivamente, tres de sus films, El graduado (The Graduate, 1967), Conocimiento carnal (Carnal Knowledge, 1971) y Lobo (Wolf, 1994). Como suele ocurrir con los directores comerciales –y Nichols lo es; lo ha sido siempre- los méritos de sus películas no dependen, lato sensu, de la dirección ni de la puesta en escena, sino de saber emplear elementos dispersos con acierto, utilizando materiales ajenos y rodeándose de talentos. Éste es, exactamente, el caso que nos ocupa. Por partes. En primer lugar el operador Stephen Goldblatt (Sudáfrica, 1945), a quien descubrimos gracias a la fotografía de The Cotton Club (1984, Francis Ford Coppola), ha filmado e iluminado para Nichols las estilizadas secuencias eróticas de Natalie Portman de un modo muy sugerente, similar a como hiciera con Demi Moore en Striptease (1996, Andrew Bergman). También las variadas músicas están elegidas con acierto, desde las composiciones originales de Steven Patrick Morrissey, pasando por temas conocidos como “Smack My Bitch Up”, del grupo Prodigy, “How Soon is Now?”, de The Smiths, “Così fan tutte”, de ¡Mozart! e incluso la ópera “La Cenerentora”, de Gioacchino Rossini. Pero lo que realmente nos atrapa de Closer, lo que capta nuestra inmediata atención de voyeurs, es el guión de Patrick Marber (Londres, 1964) basado en su pieza teatral homónima, estrenada en Londres en 1997 y que cosechó grandes premios en la capital británica y en Broadway. Sus diálogos son de una finura, mordacidad y actualidad apabullantes. Este dramaturgo define su historia de manera precisa: “Trata de los celos sexuales, la mirada masculina, las mentiras que nos contamos a nosotros mismos y a las personas que son más íntimas, las formas en las que la gente utiliza a otras personas. Pero al final, es una agradable y simple historia de amor. Y como muchas historias de amor, las cosas van mal…” Closer narra las vidas entrelazadas de cuatro personajes en la anodina cotidianeidad del Londres actual: Alice (sensacional Natalie Portman, tanto en sus bailes erotizantes como en las escenas dramáticas; es su mejor papel hasta la fecha), Dan (mediocre Jude Law, algo inusual en él), Anna (anodina Julia Roberts) y Larry (revelación internacional de Clive Owen, que había interpretado en las tablas el papel de Dan). Dan es un frívolo periodista especializado en obituarios que conoce a Alice, una norteamericana que subsiste en Londres como strip-girl, se enamoran y él escribe una novela basada en su relación. Gracias a la fama se acuesta con Anna, una fotógrafa, debiendo elegir entre ambas. Un día Anna en un chat de Internet confunde a Dan con un desconocido, un médico algo rudo llamado Larry, se citan, inician un romance y un año más tarde contraen matrimonio. Al final la enigmática Alice vuelve a Nueva York y descubrimos que no es quien decía ser. Todo un lío. Un juego de identidades. Nos da igual. El argumento o la trama son lo de menos. Lo que importa en este guión son los diálogos y el modo cómo Marber nos plantea las situaciones, esto es, el enfoque. El motivo por el que racionalizamos lo que vemos en la pantalla, incluso semanas después de haberlo visto, es por el enfoque, el punto de vista, totalmente abierto. No se emite ningún juicio de valor por parte del guionista, ni ético, ni moral, es cada espectador quien construye su opinión en función de los hechos.
En el estreno pensé que la increíble modernidad del film no podía ser obra de un director vulgar y acomodaticio de setenta y cuatro años. Analizándolo en frío, es obvio que los méritos reales son de Marber. Closer no es buena gracias a Nichols, sino pese a él.
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