
09 Mar Braveheart
Guste o no el actor australiano Mel Gibson (Peekskill, Nueva York, 1956) logró revitalizar los mejores efluvios del cine épico hollywoodiense a raíz del éxito de Braveheart (1995), su segunda película como director, tras la atractiva historia intimista El hombre sin rostro (The Man Without a Face, 1993). Luego dirigiría la polémica e incomprensible La pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004) y la trepidante cinta de aventuras mayas Apocalypto (2006). Todos poseen rigor dramático y artístico, pero ninguno goza del aliento, alcance y cualidades formales de Braveheart, una de las películas más icónicas y memorables de finales del siglo XX. Así lo supieron ver los miembros de la Academia, que le concedieron 5 Oscar sobre un total de 10 nominaciones. Braveheart obtuvo los de Mejor Film, Mejor Director, Mejor Fotografía (obra del magnífico operador John Toll), Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Sonoros; y perdió en las categorías de Guión Original, Banda Sonora Original, Montaje, Sonido y Vestuario. De esas cinco nominaciones, sorprendió a los especialistas que no se llevase la estatuilla dorada la espléndida música compuesta por James Horner, sin duda uno de los mayores valores del film junto a la mise en scène desarrollada por Toll y Gibson. La historia del film es de sobra conocida, narra cómo en pleno siglo XIII el héroe independentista escocés Sir William Wallace (¿1270?-1305) –interpretado por Mel Gibson- se revela contra la ocupación inglesa y mediante una técnica de guerrillas en las Highlands le declara la guerra al rey Eduardo I de Inglaterra, alias Longshanks (Patrick McGoohan). Con un aguerrido grupo de valientes consiguen derrotar a las tropas inglesas, superiores en número, en la histórica Batalla de Stirling, el 11 de septiembre de 1297. Tras aquella victoria los independentistas escoceses se unieron en los diferentes clanes para saquear la ciudad de York, por entonces la población inglesa situada más al norte. Esto desató las iras de Eduardo I que en pocos meses reunió y comandó a un numerosísimo ejército que aniquiló a las tropas escocesas en Falkirk, el 1 de abril de 1298. La traición de Robert the Bruce (Angus Macfadyen), un miembro de la nobleza que había luchado a su lado y que vende a Wallace a los ingleses para hacerse con el trono tutelado pasando a reinar como Robert I de Escocia, significa la caída en desgracia de Wallace, quien morirá en el patíbulo tras una sangrienta tortura (los historiadores nos dicen que fue castrado, decapitado y descuartizado). Lejos de ofrecernos una lección de Historia Braveheart nos brinda un gran espectáculo épico y dramático en el que se paladea el sabor añejo de las mejores producciones clásicas (Robín de los bosques, Ivanhoe, Los Vikingos…) donde la acción, el romance, las traiciones palaciegas y el aliento heroico se dan la mano con singular e inesperada fortuna. Para lograr la empatía con los espectadores y recurriendo a la fórmula clásica de la vulnerabilidad del héroe Gibson nos pinta a un William Wallace de enorme calado humano, nacionalista por amor a su patria, amor a sus compatriotas y, sobre todo, amor a una mujer, su bella esposa Murron MacClannough (Catherine McCormack), asesinada en la ficción por los soldados ingleses. Este maniqueísmo está bien camuflado, pues el espectador comprende la ira de Wallace y se identifica con la venganza. El liderazgo caudillista no es producto, por tanto, de una concienciación nacional de un joven de estrato humilde sino el resultado de una vendetta; una licencia del guionista Randall Wallace que causa un gran efecto. Por otro lado las inexactitudes históricas están justificadas en pos de obtener un relato lo más atractivo posible, hecho que explica que el protagonista se vuelva a enamorar de otra mujer, la princesa francesa Isabelle (Sophie Marceau), vinculada por matrimonio a la casa real inglesa. No es el único caso de falseamiento de la Historia, la célebre frase que grita Wallace “¡Puede que nos quiten la vida…, pero jamás nos quitarán la libertad!” nunca salió de su boca, es un plagio shakespeariano del guionista Randall Wallace, extraído de la pieza teatral “Enrique V”.
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