ÁNGELES DEL INFIERNO

ÁNGELES DEL INFIERNO

ÁNGELES DEL INFIERNO

Diego Moldes

Ficha técnica y artística

Dirección y producción: Howard Hugues (Directores no acreditados: Edmund Goulding y James Whale). Guión: Harry Behn, Howard Estabrook, Joseph Moncure March, sobre un argumento original de Marshall Neilan. Fotografía: Antonio Gaudio, Harry Perry. Fotografía aérea: Elmer Dyer, E. Burton Steene, Dewey Wrigley, Harry Zech. Música original: Hugo Riesenfeld. Música no original: Pyotr Ilyich Tchaikovsky (“Simfonía nº 6, op. 74”). Decorados: Carroll Clark, Julian Boone-Fleming. Montaje: Douglass Biggs, Frank Lawrence. Intérpretes: Ben Lyon, James Hall, Jean Harlow, John Darrow, Lucien Prival, Frank Clarke, Roy Wilson, Douglas Gilmore, Jane Winton, Evelyn Hall, William B. Davidson, Wyndham Standing, Lena Melana, Marian Marsh,  Carl von Haartman, Ferdinand Schumann-Heink, Stephen Carr. Nacionalidad: Estados Unidos. Duración: 127 minutos. Título original: Hell’s Angels. Estudio: Universal Pictures. Fecha de estreno: 15 de noviembre de 1930. Blanco y negro y secuencias en color.

El director-productor y su contexto

“Every man has his price, or a guy like me couldn’t exist.”

(Howard Hughes: “Todo el mundo tiene un precio, sino un tipo como yo no podría existir.”)

El reciente estreno de El aviador (The aviador, 2005; la mejor película de Martin Scorsese desde la exquisita La edad de la inocencia [The Age of Innocence, 1993], su última obra maestra) puso de actualidad en todo el mundo la olvidada figura del legendario magnate Howard Hughes. El film era una interesante biografía centrada en algunos años de la excéntrica vida del mítico Howard Hughes (Humble, Texas, 1905- Houston, Texas, 1976), multimillonario del petróleo, aviador, ingeniero aeronáutico, emprendedor empresario, fundador de la compañía aérea TWA, productor y director de cine. En él se mostraban escenas en blanco y negro de films producidos y dirigidos por él, como el que nos ocupa: Ángeles del infierno (Hell’s Angels, 1930), o la célebre El forajido (The Outlaw, 1943), censurado por mostrar (tapados) los pechos de Jane Russell. El aviador no profundizaba en el Hughes galán, ni en sus líos de faldas, pese a que aparecen algunas de sus amantes más conocidas, Katharine Hepburn, Ava Gardner o Jean Harlow. (También mantuvo affaires con Bette Davis, Olivia de Havilland o Ginger Rogers, entre muchas otras, y se caso con la actriz Jean Peters, su tercera y última esposa). Era la descripción de una obsesión por el control y la manipulación por parte de un personaje enérgico, legitimante ambicioso pero ególatra y autodestructivo hasta el punto de perder la perspectiva de su trabajo y la línea que lo separaba de su vida privada (lo que puede interpretarse como una metáfora de la condición creadora del cineasta, símil presente en casi toda la obra scorsesiana). La parte más interesante del film es la que reconstruye la obsesión de Hugues por llevar a buen puerto Ángeles del infierno, un film atípico desde cualquier punto de vista. Y es que el rodaje de esta película fue un quebradero de cabeza de tal calibre que se podría hacer una película o escribir un libro sólo tratando de describir aquella proeza. Nada de transparencias, ni maquetas de aviones, Hugues empleó todos sus recursos técnicos, humanos y económicos para rodar las escenas aéreas más impresionantes filmadas hasta la fecha. El tema de la aviación militar durante la I Guerra Mundial sigue la estela de la mítica producción silente Alas (Wings, 1927), de William A. Wellman, cineasta que rodaría para Paramount Pictures otras obras centradas en la aviación, La legión de los condenados (The Legion of the Condemned, 1928) y Aguiluchos (Young Eagles, 1930). Cuando Universal Pictures aceptó el arriesgado y ambicioso proyecto de Hugues, lo que realmente buscaba era seguir la senda iniciada por “Wild” Wellman para la Paramount. La moda de films de aviación proseguiría en Hollywood con la reputada El águila y el halcón (The Eagle and the Hawk, 1933), de Stuart Walker, con Cary Grant y Carole Lombard –que no he visto- y, años más tarde, The Down patrol (1938), de Edmund Goulding, con Errol Flynn.

Hoy día los cinéfilos recordamos a Howard Hughes por ser un productor importante –financió la obra maestra Scarface, el terror del hampa (Scarface, 1932, Howard Hawks), entre otra maravillas- y por ser el propietario de la añorada RKO hasta que esta productora, la menor de todas las majors, quebró en 1957. [De todas formas la película más interesante producida por Hugues es, a mi juicio, la extraña Las fronteras del crimen (His Kind of Woman, 1951), dirigida por John Farrow y por Richard Fleischer (no acreditado). Y digo extraña porque la historia protagonizada por Robert Mitchum y Jane Russell (otra novia de Hugues) comienza por ser un film noir al uso y acaba por ser una estrafalaria farsa cómica con la entrada en escena de Vincent Price. Parece como si hubiese sido dirigida por dos cineastas muy diferentes, como así fue; aunque no se sepa a ciencia cierta qué secuencias rodó Farrow y cuáles Fleischer. En definitiva se trataba de una película muy querida por Hugues y algunas fuentes incluso le atribuyen una colaboración en el guión.] Cuando en 1929 Hugues emprende el proyecto de Hell’s Angels estamos en los albores del cine sonoro, que, como es sabido, se había iniciado en 1927 con El cantor de jazz (The Jazz  Singer), de Alan Crosland. En 1929 el sonoro ya es una realidad en Estados Unidos, pero por ejemplo en Europa las cosas iban algo más despacio. La primera película sonora española se estrena el 11 de enero de 1930: El misterio de la Puerta del Sol, producción de Feliciano Vitores dirigida por Francisco Elías. Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930), de René Clair es la primera película sonora francesa. El primer film hablado alemán es El ángel azul (Der blaue Angel, 1930), del austriaco Josef von Sternberg. Al igual que en estas películas, el sonido en Ángeles del infierno es un elemento importante, pero no decisivo, la fuerza reside en la innovación formal de sus imágenes. Lo mismo ocurre con los diálogos, se podría prescindir de ellos y optar por intertítulos y el argumento no se resentiría un ápice. (De hecho en la secuencia del zeppelín con diálogos en alemán, Hugues recurre a intertítulos en inglés para traducirlos en lugar de optar por subtítulos. Una herencia clara del período silente.) Pero que duda cabe que Ángeles del infierno, con sus altibajos, es una de las primeras grandes películas del cine sonoro norteamericano. Fue la primera película sonora producida por Hugues, quien ya había financiado cinco films mudos: Swell Hogan (1926, Ralph Graves), Everybody’s Acting (1926, Marshall Neilan), Hermanos de armas (Two Arabian Knights, 1927, Lewis Milestone), The Racket (1928, Lewis Milestone) y The Mating Call (1928, James Cruze). Tras el rodaje de Ángeles del infierno Hugues produjo la primera versión de la obra teatral “Primera plana”, de Ben Hecht y Charles MacArthur, The Front Page (1931), dirigida por Lewis Milestone. La carrera como productor de Howard Hugues se consolidó con veintiocho films en casi tres décadas, sin disminuir su pasión por los aviones. De hecho su último film producido antes de fallecer fue Amor a reacción (Jet Pilot, 1957), de Josef von Sternberg, historia de aviación en la que John Wayne interpretaba al piloto militar Jim Shannon que se enamora de la bella piloto rusa Anna Marladovna (Janet Leigh).

Respecto al reparto, decir que frente a unos irregulares Ben Lyon (1901-1979), en el papel de Monte Rutledge, James Hall (1900-1940) encarnando a Roy Rutledge y John Darrow (1907-1980) como el joven germano Karl Armstedt, sobresale una resplandeciente Jean Harlow (1911-1937), -acreditada como Jean Harlowe-, por entonces amante de Howard Hugues. De verdadero nombre Harlene Carpenter, la rubia dorada (un precedente de Marilyn) interpretó su primer papel protagonista, el de Helen, una chica mona de alta sociedad (papel que le iba como anillo al dedo, pues en la vida real formaba parte de una acaudalada familia del Medio Oeste), después de haber deambulado en más de una quincena de películas mudas, muchas de ellas olvidadas (incluidas las comedias de Laurel y Hardy). Gracias a su relación con Hugues su fama se extendió, convirtiéndose en la rubia platino más importante del Hollywood de los años treinta, hasta su prematura y fatídica muerte en 1937, en el rodaje de Saratoga (1937, Jack Conway), cuando sólo contaba con veintiséis años. Jean Harlow fue el primer sex-symbol femenino del cine sonoro.

La película

Ambientada en la Gran Guerra, iniciada en 1914, Ángeles del infierno cuenta la vida de dos hermanos que, por diferentes motivos, se alistan en la Real Fuerza Aérea británica (RFC: Royal Flying Corps, germen de la célebre RAF, Royal Air Force). El film comienza con un prólogo en Munich en el que el joven inglés Monte Rutledge (Ben Lyon) se tiene que batir en duelo con el Barón von Krantz (Lucien Prival), un oficial alemán, por deshonrar a su esposa, la baronesa von Krantz (Jane Winton), a quien el barón ha cogido in fraganti besándose con el joven inglés. El inicio del film peca de cierto estatismo, planos medios y americanos o ¾ que se intercalan sin apenas movimientos de cámara. Sin embargo, sorprendentemente, la escena del duelo a pistola, filmada en plano contexto al contraluz del amanecer, la línea nocturna del horizonte cortando el plano y un árbol en medio separando a los dos contendientes, está filmada con un talento expresionista desbordante (ignoro si la escena fue dirigida por Whale, Hugues o Goulding), epítome de los desequilibrios de un film dirigido por tres directores diferentes y que contó con cuatro operadores de fotografía. La trama argumental da un salto brusco a Inglaterra. Meses más tarde, en la Universidad de Oxford, vemos en su habitación a Monte Rutledge con su hermano Roy (James Hall) y su amigo común el alemán Karl Armsted (John Darrow). Los tres mozos hablan de la guerra que se acaba de declarar entre Alemania y Francia. Una carta dirigida a Karl indica que debe incorporarse a filas. Karl se lamenta y dice que nunca podrá disparar contra sus amigos británicos (Reino Unido era aliado político de Francia en aquella época). Él mismo se siente un poco británico. Monte se alista voluntario en la Real Fuerza Aérea, pero Roy, más pragmático no lo hace. El destino le jugará una mala pasada: en un puesto callejero, al besar a una jovencita que otorga kisses a quien se comprometa a alistarse en la RFC, es incorporado a filas sin más miramientos. Días más tarde en un baile en un lujoso palacio los hermanos Rutledge flirtean con Helen (Jean Harlow), una chica rubia a quien Roy toma por novia, aunque ésta está más interesada en Monte. Éste la acompaña a casa y se acuesta con ella, aunque cuando Monte regresa al barracón se limita a decirle a Roy que Helen es una chica que no le conviene, sin contarle la verdad acerca de la traición fraternal que acaba de cometer. A diferencia de estas escenas precedentes y consecuentes la secuencia del baile está filmada en color, un color primitivo, tricromo, poco contrastado, que recuerda y anticipa The Trail of the Lonesome Pine [El camino del pino solitario, 1936], de Henry Hathaway, primer Technicolor tricromo rodado en exteriores de la Historia del Cine. Resultan admirables las escenas nocturnas del zeppelín alemán, filmadas en un azulón intenso. Un zeppelín que sobrevuela los cielos nublados de Londres ocultándose de los radares gracias a la niebla, con intención de bombardear Trafalgar Square. Cuando el aparato aéreo es detectado por los ingleses salta la alarma, las luces se apagan sumiendo Londres en una oscuridad sepulcral (un gran plano general soberbio, con el Támesis serpenteando la capital). Los aviones ingleses despegan para interceptar el zeppelín alemán, que ha desplegado una barquilla observadora tripulada por ¡Karl Armsted! El joven, movido por sus recuerdos británicos, se ve incapaz de dar correctamente la posición para arrojar las bombas, y deliberadamente indica el río para salvar las vidas de miles de londinenses. El teniente von Bruen (Frank Clarke) no se percata del engaño. [Llama la atención que pese ser un film sonoro hablado en inglés los diálogos en alemán no están subtitulados, sino que se insertan intertítulos al modo del cine mudo.] Cuando son atacados por cuatro aviones británicos el comandante alemán (Carl von Haartman) observa que la barquilla dirigida por Karl Armsted retrasa la velocidad del dirigible y decide sacrificar la vida del joven, cortando con unas enormes tenazas el cable que une la barquilla al zeppelín. Aun así, pese al lastre liberado, no consiguen ascender lo suficiente como para evitar los disparos de los aviones, por lo que parte de la tripulación germana se ve obligada a tirarse al vacío, uno por uno, en fila, disciplinadamente, apelando al honor, la patria y el káiser. Este suicidio colectivo, ritual, patético, filmado en plano cenital, es una de las críticas más mordaces y sangrantes de la época a esa estupidez llamada militarismo. Uno a uno, siguiendo las órdenes de su superior, los soldados van dejándose caer al vacío. Sus vidas, creen ellos, servirán para salvar las de sus compañeros. Pero están errados. Lo absurdo de la acción se pondrá de manifiesto instantes después, pues el zeppelín será finalmente alcanzado y derribado. Envuelto en un mar de llamas, el enorme aparato desciende de los cielos negros. Mientras, los hermanos Rutledge han sido derribados en la reyerta, pero consiguen aterrizar su avión sanos y salvos. Desde el suelo Monte y Roy verán caer las incandescencias rojas y amarillas en medio de un azul oscuro brutal, generando una imagen de inusitado cromatismo y de enorme carga icónica. Así finaliza la primera parte, con una cartela que reza: Intermision: ten minutes.

La segunda parte del film comienza en el frente francés. En la “Cantina de Lady Randolph”, en donde Helen, dependiendo tras la barra, conversa con algunos oficiales. Roy entra en el bar y se sorprende de verla tonteando con un botarate presuntuoso, el capitán Redfield (Douglas Gilmore). Esa noche, en el barracón del escuadrón vemos a los pilotos cenando. Se insinúa que un compañero ha fallecido en el aire por sustituir a Monte Rutledge, a quien tachan de cobarde. Me permito insertar el vigoroso discurso de Monte, uno de los alegatos antibélicos más fuertes, sinceros y valientes que recuerdo haber escuchado en una película: “No es verdad, no soy un cobarde. Puedo ver las cosas como son, eso es todo. Y estoy harto de este negocio bestial. Tontos. ¿Por qué permitís que os maten así? ¿Por qué estáis peleando? Patriotismo. Deber. ¿Estáis locos? ¿No os dais cuenta que son sólo palabras? Palabras acuñadas por políticos y buitres para conseguir que peleen por ellos. ¿Qué es una palabra comparada con la vida? La única vida que tenéis. Os daré una palabra. ¡Asesinato! Eso es ésta podrida guerra de los políticos. ¡Asesinato! Vosotros lo sabéis tan bien como yo. ¿Cobarde yo? ¡Vosotros sois los cobardes! ¡Yo tengo agallas para decir lo que pienso! ¡Vosotros tenéis miedo de decirlo! ¡Tanto miedo de que os llamen cobardes que preferís que os maten primero! Tontos. Infelices y estúpidos tontos.” El comandante del escuadrón (Wyndham Standing) recrimina a Monte por su falta de patriotismo y sentido del deber y le ordena que regrese a su cuarto. Pero por razones del destino el Mayor del regimiento (William B. Davidson) solicita dos voluntarios para una misión casi suicida. Monte se apunta en seguida para demostrarles a los demás –y a sí mismo- que no es un cobarde. Roy le secunda y ambos son aceptados para un plan que pasa por volar con bombas unos tanques que contienen el combustible de la aviación alemana. Esa noche Monte y Roy se divierten en la cantina, pero el hermano recto, moralista y valeroso no deja de pensar en Helen. Le deja una carta –“te amo más que nada en el mundo”-, pero luego decide verla, acude a un local nocturno y la encuentra besándose con Rendfield. Los dos están ebrios y Helen le increpa que ella no es la puritana que él cree, que nunca le ha amado y que es un tonto mojigato. Los cimientos morales de Roy se desmoronan. Los dos hermanos se van, comienzan a beber y pasan borrachos la noche en compañía de dos fulanas. Saben que sólo les aguarda la muerte. Al día siguiente vuelan en un avión alemán para evitar ser reconocidos (el aeroplano había sido interceptado antes por los británicos) y cumplen con su objetivo, pero son alcanzados por los aviones alemanes. Milagrosamente sobreviven al accidente. Son apresados y conducidos al máximo responsable del ejército germano. Cual es su sorpresa cuando se topan con el barón Von Kranz, ante el asombro de Monte. Ambos se reconocen. Von Krantz les dice que su sabotaje haciéndose pasar por alemanes desde el avión constituye un acto de espionaje y que todos los espías son fusilados. Sólo salvarán sus vidas si confiesan dónde y cuando van a atacar los británicos. Les deja diez minutos en la celda para que se lo piensen. Monte intenta hablar pero Roy le dispara por la espalda para evitarlo. Le abraza y llora. Monte, moribundo, le dice que ha hecho lo correcto. Roy será fusilado, pero la aviación británica tiene el camino despejado para acabar con el enemigo.

A medio camino entre el antimilarismo más descarnado y el militarismo más conservador –apela al honor, la patria y el deber cumplido- Ángeles del infierno es una obra ambigua, en la que el espectador no sabe exactamente qué cartas elegir, si tomar partido por el heroísmo de Roy o por el pragmatismo racional de Monte. Las dos tipologías de personajes representan dos mundos, dos ideologías casi contrarias, y la modernidad, sutil modernidad, del film radica, precisamente, en este vaivén moral al que están abocados los personajes. Si en otros aspectos el film ha envejecido y es deudor de una época –no en vano el mundo, la sociedad y la geopolítica han cambiado lo suyo en los últimos ochenta años-, en cambio, en su tesis es de una contemporaneidad apabullante. Aunque al espectador de hoy en día, el que tiene entre sus manos esta joya felizmente recuperada en su edición en DVD, quizá lo que más le atraiga sean las batallas aéreas, auténticas sinfonías de puntos negros sobro fondo blanco, un ballet de aviones de la época que revolotean como mosquitos o avispas a la espera de asestar el golpe definitivo. La audacia técnica de Hugues, la maestría compositiva de los cameramen surcando los cielos para captar unas imágenes insólitas, la profusión de planos, en suma el talento visual colectivo, son, sencillamente, dignos de nuestros mayores elogios. A modo de conclusión decir que en este interesante film sobresale la fotografía del gran operador Tony Gaudio, al tiempo que se intuye qué secuencias fueron rodadas por dos artesanos excelentes Edmund Goulding y James Whale, a los que Hugues recurre para salvar sus carencias como creador de una puesta en escena sugerente (su exclusión de los títulos de crédito obedece a razones nunca del todo aclaradas, pero habituales en la carrera como productor de Hugues). Goulding y James Whale fueron dos cineastas algo olvidados, sobre todo el primero, a los que desde aquí conviene reivindicar, a la espera de que muchas de sus obras inéditas en DVD en España sean recuperadas para su edición y el disfrute de los amantes del gran cine clásico norteamericano.

Diego Moldes
diegomoldes@hotmail.com

ESCRITOR (Pontevedra, 1977). 15 libros publicados como autor (ensayo, poesía y novela). 50 libros como coautor. Doctor en Ciencias de la Comunicación Historiador de cine.

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