
09 Mar Pánico en la escena (Stage Fright, 1950)
Una vieja máxima mía dice que, cuando se ha descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad.” (Sherlock Holmes)
“La aventura de la diadema de aguamarinas”, Arthur Conan Doyle.
Incluyo aquí el más célebre aforismo holmesiano debido a un momento de Pánico en la escena que me ha hecho rememorarlo, y que da la pista más sutil de este amorfo y batrácico whodunit hitchcockiano, aquél en el que uno de los personajes, la señora Gill (Sybil Thorndike) al ver tocar el piano al Detective Inspector Wilfred Smith (Michael Wilding) afirma absorta: “¡Es igual que Sherlock Holmes con su violín, un torrente de agradables sonidos y, de repente, brota la solución!” El símil no es baladí. Ni mucho menos. Es una pista, como he dicho. Un hallazgo. Advierte al espectador que nada es lo que parece, que reflexione sobre lo visto, porque, al igual que Sherlock Holmes, nunca hay que descartar ninguna probabilidad. Aunque ésta sea la de un flashback falso. Un triple flashback falso para ser exacto. Me explico. El film se inicia in media res con dos personajes charlando en un descapotable, Jonathan Cooper (Richard Todd) y Eve Gill (Jane Wyman). Cooper le cuenta una historia de un asesinato. Hitchcock visualiza la historia mediante un flashback en el que la famosa actriz teatral Charlotte Inwood (Marlene Dietrich) se introduce en la casa del joven con un vestido blanco ensangrentado, afirmando que ha asesinado a su marido. Cooper la ayuda y se convierte en cómplice del asesinato. Volvemos al presente. Eve oculta a su novio (¿o amigo?) en la casa costera de su padre, el estrambótico Comodoro Gill (Alastair Sim). Eve trata de encontrar las pruebas que culpabilicen a Charlotte Inwood y se hace pasar por la sustituta de su doncella. A partir de aquí, transcurridos no más de treinta minutos, el film comienza a dar bandazos y argumentalmente ya nada se sostiene. No obstante, Hitchcock sabe mantener la atención del espectador por medio de otras armas poderosas: la puesta en escena y el humor.
En el final en el teatro, cuando se descubre que Cooper sí es el asesino, el espectador se siente engañado, defraudado. El flashback le ha hecho ver algo que, en sentido estricto, nunca ha sucedido, es pura invención del personaje. El buen cine aplica la máxima latina res non verba, esto es, “hechos, no palabras”. Hitchcock la emplea siempre, en todos sus films, en los que es la acción la que determina el sustrato narrativo -y no los diálogos-; el problema aquí radica en que visualiza en imágenes unas palabras falsas, por lo que el prólogo inicial es inexistente, puro humo, una gran mentira, algo que el público no suele ni puede tolerar.
Pánico en la escena no pasa por ser una de las mejores películas de Hithchcock, más bien todo lo contrario, casi todos los especialistas la señalan como un film fallido, empezando por el mismo Hitchcock. El genial cineasta inglés se quejó siempre de las incongruencias argumentales de un guión que, analizado con detalle, se caía por su propio peso.[1] En el tantas veces citado, pero ineludible, “El cine según Hitchcock” cuando Truffaut le comenta que la historia no interesa porque no hay ningún personaje realmente en peligro el maestro le responde sintetizando el error principal del film: “Yo me di cuenta de eso antes de terminar la película, pero en un momento en que ya no podía hacer nada para remediarlo. ¿Por qué ningún personaje está realmente en peligro? Porque contamos con una historia en la que los malos son los que tienen miedo. Es la gran debilidad del film, que va contra la gran regla: cuanto más logrado sea el retrato del malo, más lograda será la película. He aquí la gran regla fundamental, pero en esa película, el retrato del malo no estaba conseguido.” En efecto, el personaje de Jonathan Cooper está mal escrito, no encaja en la acción, porque apenas interviene en ella, además su aspecto no es amenazante (ello estropearía el giro narrativo final y la sorpresa de que él es el verdadero asesino) y el actor que lo interpreta, Richard Todd, es de una mediocridad indigna de un film Hitchcock. Nunca un malo hitchcockiano fue tan malo. Bromas aparte, tampoco la otra posible culpable del film, Charlotte Inwood, inspira miedo, ni tampoco ternura. Más bien nos provoca indiferencia. Quizá su única frase profunda es aquella en la que confiesa los motivos de su complicidad en el asesinato de su marido: “Cuando yo doy todo mi amor y recibo odio a cambio, es como si mi madre me escupiera a la cara.” De todas formas Marlene Dietrich se limitó a posar como una diva y Jane Wyman, intentando estar a la altura, tampoco salvó los papeles. En definitiva, ni los actores ni el guión son dignos de una mente tan lúcida e inteligente como la de Hitchcock.
¿Qué es entonces lo que hace tan estimable el film? El talento de su director, en especial en su dominio absoluto del plano subjetivo. La puesta en escena es aún clásica, basada en planos largos de acompañamiento, travellings en plano americano o planos medios (verbi gratia, el ya habitual plano-secuencia hitchcokiano de entrada en una casa en travelling de avance por una puerta: la cámara cruza el umbral se introduce en el hall siguiendo al personaje –Cooper- y sube por la escalera encuadrando la balaustrada hasta entrar en el dormitorio del primer piso ¡sin ningún tipo de corte!), pues Hitchcock aún no había explotado la fragmentación del montaje, que se acentuaría en Psicosis y films sucesivos, la denominada etapa post-clásica, que yo sitúo a partir de 1959, tras el rodaje de Vértigo. En Pánico en la escena el whodunit no interesa, y ese es un error imperdonable cuando tampoco es un film de suspense. Ausentes la intriga y también el suspense (casi siempre antagónicos), ¿cómo definir la película? A mi juicio es una comedia de enredo, en la que el whodunit no es más que un McGuffin, un pretexto. En mi libro ensayo “La huella de Vértigo” (2004), escribí que: “el cineasta inglés nunca ha estado interesado en el whodunit (como es sabido, contracción en argot del ¿Who’s done it?: ¿Quién lo ha hecho? –identificación del culpable-) , tan arraigado en la novela detectivesca -Simenon, Chesterton, Christie-, sino por las motivaciones psicológicas que desencadenan la acción, aunque no necesariamente el crimen, de ahí su admiración por E.T.A. Hoffman, Edgar Allan Poe o, en menor grado, Patricia Highsmith, escritores que al igual que “el Gordo” parecen más interesados en la atmósfera que en la trama.” Aquí tampoco parece interesarle el aspecto psicológico del asesino, pues nada sabemos de él. Lo que a Hitchcock le interesa de Pánico en la escena es, en primer lugar, el mundo del teatro, las bambalinas, no en vano Eve, la actriz, “interpreta” el papel de su vida cuando debe hacerse pasar por una ficticia criada llamada Doris, y, en segunda instancia, los toques cómicos, de tono muy british, tanto en los diálogos como en las actitudes. Así es, los interludios humorísticos son extraordinarios y justifican per se el visionado del film, en especial el de la caseta de tiro de feria, en la que el Comodoro Gill, apuntando con su escopeta a unos patitos de goma móviles, protagoniza una secuencia desternillante. El touch humorístico no desaparece ni en las secuencias más tensas del teatro, cuando la Dietrich afirma que “¡el único asesino que hay aquí es el director de orquesta!” Simplemente genial.
He abierto este breve comentario con Holmes y con Holmes lo cierro. ¿Cómo muere el asesino Cooper? Seccionado por la caída fortuita del telón metálico del escenario. (Así Hitchcock “cierra el telón” de esta farsa.) No la justicia humana, ni la policía, ni el detective Smith, ni Eve Gill, ni Charlotte Inwood, sino la justicia poética (o divina), el azar o el destino dan muerte al criminal. Como en los mejores relatos de Arthur Conan Doyle.
Dirección y producción: Alfred Hitchcock. Guión: Whitfield Cook, Alma Reville, James Bridie y Ranald MacDougall, a partir de la novela “Man Running” de Selwyn Jepson. Fotografía: Wilkie Cooper. Música: Leighton Lucas. Dirección Artística: Terence Verity. Vestuario: Christian Dior, Milo Anderson.Montaje: Edward B. Jarvis. Intérpretes: Jane Wyman, Marlene Dietrich, Michael Wilding, Richard Todd, Alastair Sim, Sybil Thorndike, Kay Walsh, Miles Malleson, Hector MacGregor, Joyce Grenfell, André Morell, Patricia Hitchcock, Ballard Berkeley, Alfie Bass, Cyril Chamberlain, Susanne Gibbs, Helen Goss, Everley Gregg, Irene Handl, Alfred Hitchcock, Arthur Howard. Nacionalidad: EEUU, Reino Unido. Duración: 110 min. Blanco y negro.
[1] El guión se basa en una novela que había gustado a Hitchcock, titulada “Man Running”, de Selwyn Jepson (1899-1989), hijo del también escritor Edgar Jepson. Hitchcock afirma que se la recomendaron desde Inglaterra porque era ideal para que le adaptase, pero lo cierto es que parece más propia de Agatha Christie. Se dice que Selwyn Jepson fue agente secreto en la II Guerra Mundial, empleando el pseudónimo de Mr.E. Potter. Este novelista, guionista, dialoguista y argumentista desarrolla una amplia actividad para el cine inglés, e incluso escribe el guión televisivo de un episodio de la serie The Alfred Hitchcock Hour (1962). Además en algunas filmografías suyas se cita que dirigió para la compañía británica L.C. Beaumont una película, Toilers of the Sea (1936), basada en la novela de Victor Hugo “Les travailleurs de la mer”.
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