
09 Mar CON LA MUERTE EN LOS TALONES
Roger O. Thornhill (Cary Grant): What’s wrong with men like me? (¿Qué es lo malo de los hombres como yo?)
Eve Kendall (Eva Marie Saint): They don’t believe in marriage. (Que no creen en el matrimonio.)
R.O.T.: I’ve been married twice. (He estado casado dos veces.)
E.K.: See what I mean? (¿Ves lo que quiero decir?)
Sinopsis
Tras dejar a su madre en un taxi, el apuesto ejecutivo publicitario Roger O. Thornhill (Cary Grant) es confundido en el neoyorquino Hotel Plaza con un espía llamado George Kaplan. Cuando se dirige al edificio de las Naciones Unidas asesinan a un alto mandatario en su presencia; al socorrerle y extraerle un cuchillo de la espalda los visitantes y funcionarios le confunden con el asesino. Siguiendo una pista acaba visitando la mansión del matrimonio Townsed, en realidad refugio del espía extranjero Phillip Vandamm (James Mason). Secundado por sus secuaces, en especial el esbirro Leonard (Martin Landau), Vandamm emborracha a Thornhill y éste a punto está de perecer con su auto por un acantilado. Tras sucesivas peripecias Thornhill descubrirá que el tal George Kaplan con el que le confunden no existe, es un señuelo inventado por un profesor ((Leo G. Carroll) que trabaja para los servicios secretos gubernamentales (¿la CIA?). Tras varias viajes accidentados Thornhill conocerá a la hermosa rubia Eve Kendall (Eva Marie Saint), a quien en principio toma por novia del villano Vandamm pero que, en realidad, es la verdadera espía del gobierno.
Comentario
Siendo en apariencia un mero entretenimiento comercial Con la muerte en los talones es, de facto, una obra de suma complejidad, resultado de toda una serie de experiencias cinematográficas durante más de treinta años en el cine de suspense y, más concretamente, en el gran MacGuffin que era para Hitchcock el cine de espías. Un cine de espionaje que el maestro siempre supo combinar con unas elevadas dosis de humor, dramatismo, sentido del ritmo narrativo y suspense creciente, ora en su etapa británica, ora en la norteamericana. En la primera sobresalen de esta temática Sabotage, El agente secreto, El hombre que sabía demasiado (de la que hay dos versiones, la inglesa de 1934 y la estadounidense de 1956), Alarma en el expreso y 39 escalones, mientras que en la segunda destacan la injustamente minusvalorada Enviado especial, Sabotaje (Saboteur, de 1942, no confundir con el film de 1934 – Sabotage- retitulado en España como Sabotaje), Encadenados, Con la muerte en los talones, Cortina rasgada y Topaz. Prueba del interés por este tipo de cine son los proyectos de cine de espías –The Long Night y Los tres rehenes– que Hitchcock preparaba cuando le sorprendió la muerte en 1980. A diferencia de cualquier otro cineasta, el cine de espías no es para él un cine de trama (algo que, nunca se cansó de indicar, no le interesaba lo más mínimo) sino una manera de enlazar las secuencias más inverosímiles y audaces con una tensa verosimilitud. El resultado es aquí apabullante. Y la mejor prueba de ello es el catálogo de secuencias absolutamente geniales en su audacia, planteamiento y resolución que es esa maravilla del arte del entretenimiento que responde al nombre de North by Northwest. Es obvio que Hitchcock creó películas más complejas y más importantes desde una perspectiva artística, pero sin duda ésta es la más divertida y trepidante de cuantas rodó, se puede ver cuantas veces se quiera y el resultado es el mismo, la atención se fija en todos y cada unos de los fotogramas con idéntica sensación gratificante. Y eso sólo está al alcance de algunos filmes, muy pocos en realidad. Hitchcock siempre manifestó que nunca le interesó la trama de sus filmes, ni nada por el estilo, lo que le importaba es la situación de un hombre común, de a pie, enfrentado a una situación extraordinaria. En este caso es el tema recurrente del falso culpable llevado un paso más allá, el de un hombre que tiene que demostrar ser quien no es en realidad: George Kaplan, nombre inventado por la CIA para actuar de señuelo de los espías. El problema aquí radica en que para Roger O. Thornhill el hacerse carne y hueso le lleva a convertirse en carne de cañón casi sin saberlo. Para colmo, al enamorarse de Eve Kendall, que tampoco es quien dice ser –ni para Thornhill ni para Vandamm, los dos son engañados sucesivamente en aras del interés gubernamental-, su situación se vuelve más peligrosa y vertiginosa. El enfrentamiento con Vandamm (interpretado por el inglés James Mason, uno de los actores más grandes y más minusvalorados de la historia del cine) le conducirá a una trepidante concatenación de huidas y persecuciones que culminará en la casa de estilo moderno (inspirada en la arquitectura de Frank Lloyd Wright) de la montaña y en el famoso final del monte Rushmore, trepando por los rostros esculpidos en piedra de los presidentes estadounidenses (secuencia en realidad reconstruida en estudio). El catálogo de secuencias geniales resueltas con una praxis narrativa digna de nuestras mayores loas es memorable, verbigracia: el asesinato en la ONU, la visita a la casa de Mrs. Townsed (Josephine Hutchinson) y Lester Townsed (Philip Ober) siendo Thornhill emborrachado a la fuerza, la secuencia del juzgado y la llamada telefónica a su madre ebrio, en general todos los diálogos humorísticos entre éste y su madre, la fuga en el tren, la avioneta fumigadora persiguiendo a Thornhill, la absurda puja en la casa de apuestas, la evasión de la estación ferroviaria confundiéndose Thornhill, maleta en mano, con el resto de mozos de gorras rojas, el momento en que Thornhill se barbea en el baño de la estación para ocultar su rostro a la policía, etcétera. Todo un cúmulo de situaciones resueltas con el mayor ingenio posible. El film encierra, además, toda una serie de análisis del espacio escénico, la forma expositiva, la planificación de los planos y el tempo narrativo de todas las secuencias que la convierten en una obra maestra sin precedentes. Forma parte además del período más fecundo de la etapa norteamericana del maestro inglés, unos diez años, desde La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) hasta Marnie, la ladrona (Marnie, 1964). Con la muerte en los talones fue realizada además, justo después de concluir De entre los muertos / Vértigo (Vertigo, 1958) –para muchos, entre los que me incluyo, el mejor film de la historia- y antes de iniciar Psicosis (Pycho, 1960), otra absoluta obra maestra. Pero no todo el mérito hay que atribuírselo a Hitchcock, el cine es un arte colectivo y sus habituales colaboradores en aquellos años también son merecedores de nuestros elegios más sinceros: el compositor Bernard Herrmann, autor de una partitura adecuadísima, el operador Robert Burks, a mi juicio el mejor director de fotografía con el que ha colaborado Hitchcock, el montador George Tomasini, el acertado elenco de actores… Además, el punto de partida es algo con lo que siempre hay que contar, un guión prodigioso, obra del escritor Ernest Lehman, que había saltado a la fama por el libreto de Sabrina (1954, Billy Wilder) y luego por Dulce pájaro de juventud (Sweet Smell of Success, 1957, Alexander Mackendrick). Cuenta la leyenda que cuando le preguntaron al gran John Ford qué tres cosas eran necesarias para hacer un buen film respondió: “Lo primero un buen guión, lo segundo un buen guión y lo tercero un buen guión.” A buen seguro Hitch suscribiría estas palabras.
Título original: North by Northwest. Año: 1959. Dirección: Alfred Hitchcock. Guión: Ernest Lehman. Fotografía: Robert Burks. Música: Bernard Herrmann. Producción: Herbert Coleman y Alfred Hitchcock (no acreditado), para Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Intérpretes: Cary Grant, Eva Marie Saint, James Mason, Leo G. Carroll, Martin Landau, Josephine Hutchinson, Philip Ober, Adam Williams, Edward Platt, Robert Ellenstein. Nacionalidad: Estados Unidos. Duración: 136 minutos. Color.
Alfred Hitchcock
<<En la edición definitiva de “Le cinéma selon Hitchcock” François Truffaut escribió: “(…) la riqueza y complejidad tanto del hombre como de la obra son tales que, antes del fin de siglo, probablemente se le dedicarán tantas obras como las que hoy existen sobre Marcel Proust.” Ahora, a comienzos del siglo XXI, lo que parecía un desatino se ha convertido en un vaticinio casi exacto: en la actualidad Hitchcock no sólo es el cineasta sobre el que más se ha escrito, sino que, muy probablemente, se publican más obras sobre el cineasta inglés que las referidas al genial escritor galo. Hitchcock (Leytonstone, Londres, 1899-Los Ángeles, 1980) es, en palabras de Bertrand Tavernier, “un maestro del pensamiento exacto y de la forma abstracta.”>> Así comencé mi libro “La huella de Vértigo” (Madrid, 2004) que he incluido aquí no por afán de repetirme sino porque creo que esas dos citas resumen a la perfección el carácter indispensable de uno de los creadores de formas más audaces, innovadores y brillantes que nos ha legado el siglo XX. En efecto, a lo largo de su vasta filmografía –que incluye medio centenar de películas en un arco que abarca desde inicios de los años veinte a mediados de los setenta- Hitchcock ha dado sobrada muestra de su inmenso talento, unido a una mente dotada de una lucidez y clarividencia asombrosas. En abril de 1999, al cumplirse un siglo del nacimiento de Alfred Hitchcock, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) montó una exposición que abría nuevos caminos a la interpretación de su obra, relacionándola con otras obras artísticas de las que se nutrió durante unas seis décadas. Poco después Guy Cogeval y Dominique Païni, recogieron el testigo del MoMA y montaron una impresionante exposición en el Centro Pompidou (posterior a una similar en el Museo de Bellas Artes de Montreal) durante el verano de 2001. En la retrospectiva se mostraban formas que influyeron directamente en la composición de muchos planos y secuencias de sus films, formas procedentes de artistas muy dispares: Turner, Rodin, Munch, Magritte, Rossetti, Millais, Ernst, Klee, Khnopff, Spilliaert, Hopper, De Chirico, Beardsley, Valloton, Duchamp, Dalí, Man Ray, etc., si bien es cierto que aquella exposición destacaba el simbolismo y el surrealismo como los dos movimientos que más influyeron en la formación estética de Hitchcock. Cinco fueron los temas de lo hitchcockiano: la mujer, el deseo y el doble, los lugares generadores de inquietud, el terror y el espectáculo. Cuento esto para que el lector se percate de que viendo cualquier obra de Hitchcock está haciendo algo más que ver una película, está paladeando una obra de arte. Hitchcock no sólo ha sido el cineasta más relevante e influyente de la Historia del Cine, sino que ha sido uno de los artistas más grandiosos de la modernidad. Hitchcock es al cine lo que Picasso o Kandinsky a la pintura, Cervantes a la literatura o Mozart a la música. Con en aquellos y otros maestros, su corpus creativo nunca se agota, medra y medra sin cesar a cada nuevo visionado, como un caudal inagotable de suprema sabiduría y conocimiento de la diversas psiques humanas. Poder volver a disfrutar de sus admirables películas en DVD (perfectas como un mecanismo de relojería de precisión suiza), cómodamente sentados en el salón de nuestra casa, es uno de los ejercicios más estimulantes a los que puede aspirar una mente despejada y cultivada.
Eva Marie Saint
Nacida en Newark, Nueva Jersey, en 1924, Eva Marie Saint cursó estudios de magisterio. Por fortuna para el cine antes de que comenzase a ejercer como profesora se cruzó en el camino un grupo de teatro amateur. A la chica le picó el gusanillo y se matriculo en los cursos de interpretación del célebre Actor’s Studio, en el que el legendario Lee Strasberg formaba a sus alumnos siguiendo la metodología del teórico ruso del teatro: Konstantin Stanislavsky. Tras algunos papeles en piezas dramáticas y series radiofónicas entra en la televisión en 1947, debutando junto al gran actor teatral John Carradine en una adaptación dickensiana, A Christmas Carol, para la cadena de segunda fila DuMont Television Network. Se va labrando un nombre y hasta 1953 interviene en más de una docena de telefilms y episodios televisivos de “teatro filmado”. Es descubierta para el cine por Elia Kazan en el papel de Edie Doyle, la chica de la que se enamora Marlon Brando en la memorable La ley del silencio (On the Waterfront, 1954). Lejos de abandonar la televisión sigue sin abandonar el medio catódico e interviene en muchas series, compaginadas con algunas películas poco importantes, en papeles secundarios –Mi mejor amigo (That Certain Feeling, 1956, Melvin Frank, Norman Panama), Un sombrero lleno de lluvia (A Hatful of Rain, 1957, Fred Zinnemann), El árbol de la vida (Raintree County 1957, Edward Dmytryk)- hasta que Hitchcock la reclama para el papel de su vida: Eve Kendall en Con la muerte en los talones, compartiendo planos con el gran Cary Grant. La década de los sesenta la abre interpretando a Kitty Fremont en Éxodo (Exodus, 1960), en donde Otto Preminger adaptaba en Israel el novelón de Leon Uris, sobre un guión de Dalton Trumbo. Su pareja en este film era Paul Newman. En Su propio infierno (All Fall Down, 1962, John Frankenheimer) Eva Marie es Echo O’Brien, junto al galán Warren Beatty. Regresa a la televisión pero aún actúa en algunas películas más: 36 horas (36 Hours, 1965, George Seaton), con James Garner, Castillos en la arena (The Sandpiper, 1965, Vincente Minnelli), junto a la pareja Elizabeth Taylor & Richard Burton, The Russians Are Coming the Russians Are Coming (1966, Norman Jewinson), Grand Prix (1966, John Frankenheimer), La noche de los gigantes (The Stalking Moon, Robert Mulligan), Loving (1970, Irvin Kershner) o Cancel My Reservation (1972, Paul Bogart). Supo que había perdido su sitio en las carteleras de cine y orientó su carrera hacia sus primeros medios, el teatro y la televisión. En los últimos años, ya anciana, ha sido redescubierta para el cine, por cineastas tan prestigiosos como Hugh Hudson, Wayne Wang o Win Wenders; incluso aparece en Superman Returns (2006), de Bryan Singer. Eva Marie Saint nunca fue una estrella y nunca lo pretendió. Tan sólo fue una gran actriz, de belleza amable y mirada intensa, a la que la industria del cine quizá no supo extraerle todo su talento. A excepción de aquel genio de oronda figura que respondía al apellido Hitchcock.
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